martes, 12 de octubre de 2010

LA CRUELDAD DE LA ESTOLIDEZ INDIVIDUAL Y SOCIAL


(La saturación y la mediación no vocacional -exactamente lo que ahora ocurre- son el caldo de cultivo idóneo para la estupidez.)


La idiotez o la estupidez tienen muy difícil solución conforme a que dependen, velis nolis, de la porfía, de la egotendencia, de la terquedad de tu impulso genético; pero, en cambio, la estolidez ya es más flexible a la voluntad y se determina por tus vinculaciones con el discurso social de tu época -incluso puede ser, a un mismo tiempo, con un discurso contigo mismo de tus libros leídos- que has adquirido culturalmente, que te han educado -a modo inamovible- para una mayor o menor eficacia de consecución coherente de los valores éticos. He ahí que la estolidez (de "stolidus") es una derivación o un producto de “prejuicios” en la consideración de que, un prejuicio, es la asimilación por el entendimiento -por el juicio personal- de sinrazones por simple ignorancia y, también, de sinrazones establecidas como válidas para unos intereses predominantes.

Sí, ante el estólido no hay más justificación que “eso es así y, si es así -sin que haya reacción sensata o en inamovilidad-, no hay por qué reparar en alguna responsabilidad; de tal manera que no hay escrupulosidad, ni empatía ni autocorrección: no hay contraposición a lo establecido, sino complacencia y, en único dirigismo, indiferencia institucionalizada (a través de unos “modales de comportamiento” no más que justificadores de esa falta de respeto hacia lo que el otro es verdaderamente en dignidad, por los daños que se le causan).

Al respecto, con la mujer durante siglos se aplicó, a saber, esa modalidad de la injusticia; pues, como las vejaciones de su desigualdad, eran tan habituales y tan “normales” al uso y costumbre de lo que tanto se consentía, no había por qué advertir que tales vejaciones, ésas, significaran algún sufrimiento. Y, en la actualidad, cuando se trata de la ablación del clítoris o de maltratar a un animal, es lo mismo: es el prejuicio (que no se encuentra en los genes), sin duda, es la estolidez, lo que se establece en estulto como "inmovible".

Tras eso aclarado, bien, para que tú sepas “lo que has hecho” siempre te has de dar cuenta primero de tu proceder sensato o acorde a unos principios éticos, los cuales se han demostrado sólo racionalmente y, desde ahí, con unos modales u otros -con tu carácter definido y tus recursos limitados-, promoverlos y defenderlos para que se practiquen. Tal cual, y que nunca sean unos modales que te hayan educado interesadamente o que sean unos cruelmente pasivos o hipócritas ante tu responsabilidad ética -e intraicionable- de lo que se hace o ocurre.

Cierto, sin caer en conveniencias sectarias o en positivismos en manos de la desatención ética, si un hombre viola a un niño con sentido del humor ES EL IDÉNTICO DAÑO que si ese niño no tuviera sentido del humor, si unos vetan la dignidad de esfuerzo al señor X es el idéntico daño que si ese señor X fuera homosexual o negro o “con otra forma de sentir”, si un marido a su esposa le rompe un brazo es el idéntico daño si su esposa fuera optimista o antipatriótica, si una familia impide un derecho o que se realice como persona un hijo es el idéntico daño que si ese hijo es introvertido o extrovertido, etc.

El negacionismo del daño por una cómoda y prepotente impunidad es lo más característico del depravado o del destructor de lo ético; pues justifica un hecho "que hace" totalmente injustificable por... algo, por su crueldad, cuando no se debe justificar POR NADA tal hecho.


José Repiso Moyano

martes, 5 de octubre de 2010

LA VALENTÍA


No se puede decir que algo es lo que no es; pues eso es confundir y, en su consecuencia, manipular.
La valentía es sólo la aplicación del ánimo que, estrictamente siendo volitivo -o por esfuerzo-, produce una eficacia en vencer los problemas o sus miedos.

Demostraciones de que es eso:

– La valentía es hacer un frente a lo que ocurre, a los hechos, a las cosas; es, pues, un afrontarlas, es una actitud. Sí, se puede tener cierto vigor genético pero, éste, primario -sea el que sea-, se ha de guiar obligatoriamente con ese conocimiento que se adquiere de las cosas, porque se afronten realmente tras conocerlas; o sea, es una decisión -con conocimiento de causa- ante las cosas.
– Así, siendo una actitud, también ha de ser ética o sustentada en unos principios; claro, con una autoridad cívica porque no tenga daños innecesarios en los demás (o que no sea una valentía sólo egoísta o perversa o cínica; por ejemplo: la valentía de suicidarse, la de matar a un niño para que no sufra, etc.).
– Y, desde ahí, siendo una actitud ética -ineludible en un contexto social por mejorar con prudencia las cosas- debe de ser la valentía constante, perseverante -o, al menos, en todo un hecho-; es decir, mantener su entereza porque una finalidad de mejora se consiga. He ahí que es, en esencia, un esfuerzo honesto, un aliento, una estimulación propia, una contraposición o una resistencia ante algo para que cambie. ¡Siempre!; es evidente, si no te contrapones a una situación o a algo por defender una óptima situación, ¿qué has puesto entonces de tu parte porque sea algo mejor?

Más claro, cuando quieres salvar a una persona de un incendio, en verdad no paras, no te detienes -perseverante- hasta que la salvas; y recurres a todos los esfuerzos tuyos posibles, en un arrojo sin apenas miedos habituales (porque tal valor, tal atrevimiento, lo vas afrontando primero en ti mismo venciendo... miedos), en un encararte -de corazón o de buena fe- con el peligro de la situación y, a él, ganarle. En eso, bien sabes que para ganarle con una eficaz valentía, has de tener unos cuidados necesarios y prudentes, los imprescindibles; cierto, has de tener una valentía inteligente, no de “matar moscas a cañonazos”, no de malograr esa valentía que tú únicamente, ahí, has decidido. Y es que, a veces, puede ocurrir que una valentía no sea la más prudente, la que se esperaba -o no sea una valentía debidamente prudente- pero, eso, no significa que no sea desde el principio una de buena intención, esa que intentaba... algo mejor.

En resumidas cuentas, el que es valiente utiliza su naturaleza (aptitud genética), su voluntad (aptitud cognoscitiva) y su ánimo (actitud cognoscitiva) para serlo en o ante un hecho que le “choca” o que le supone un obstáculo por defender algo, el cual quiere cambiar (actitud intencionada). Bien, si lo intenta cambiar con unos principios, ya es una valentía ética; y será prudente por cuanto se esfuerce en ser consecuente o coherente -al mínimo riesgo- para sus principios.

De sabido es que el no decir la verdad o el despreciarla, claro, es lo primero que atenta a todos los principios; pues los encauza directamente hacia la mentira, o los invalida en su ejercimiento o en su práctica, en coherencia. Sí, siempre se miente por una estrategia que, antes, es consciente aunque haya recurrido a cierta inconsciencia; y sólo es una estrategia del tener miedo por una protección interesada (no se miente si todo va bien o ya no si se quiere esconder algo por un miedo). Y, así, para vencer ese “tener miedo en las estrategias de la mentira” se necesita nada más que digno valor o una mínima valentía. Si no, la esencia, la virtualidad o la credibilidad de sus principios es un “agua de borrajas”.


José Repiso Moyano

jueves, 31 de diciembre de 2009

LA VERDAD ES INHERENTE A LO MUCHO QUE LA ADQUIERE


Dos seres humanos pueden adquirir la misma verdad; pero pueden defenderla de diferente manera, pueden UTILIZARLA para dos intereses -según su subjetividad-, sí, acercados por una conveniencia -consensual- o incluso, por el contrario, totalmente opuestos.

Una verdad sólo existe porque un ser HA CONOCIDO algo; entonces, la verdad la ha conocido -ese ser-: ESTÁ en ese ser, está ahí, es ya su base, puesto que imposiblemente no puede estar en nada.
Así pues, ESTANDO AHÍ, no puede estar en lo abstracto, en la inexistencia, en el no-ser, sino en un ser -de muchos- que siempre presenta una capacidad de... ella.
Es decir, todo ser YA -en inherencia- conlleva verdad; lo niegue o no lo niegue, le guste o no le guste, se vaya a donde se vaya.

La verdad (las causas y efectos de la realidad -considerando que los seres están formados de realidad- o los hechos, sin duda, permitidos por causas) sólo es determinada por el conocimiento; por lo tanto, no, no de un ente único que la dicta -a sí mismo o a nadie-, sino inevitablemente por muchos seres -o varios, en el “una cosa conoce a otra”- con la capacidad “del conocer”. Y ésos nunca, absolutamente nunca con o por medio de “una perspectiva imaginada” que los imposibilita o los exime del constituirla -y así no ser nada-, sino con capacidades o consecuciones de ella.

De ahí se agranda el gran problema incoherente, lleno de ligereza y de facilismo, profundamente gratuito, que ha creado el recurrente perspectivismo. Claro, son muchos seres “los que conocen” y no uno para tener FIJADO “lo verdadero” (lo que implicaría que todos, en consecuencia, llegarían a las mismas conclusiones; y, de ahí, se excluirían las demás capacidades: la “del sentir”, la “del decidir”, la “del protestar”, la “del gustar”, la “del progresar”-esto es, todo sería inmóvil a merced de un ente único que ya lo da todo hecho y, si lo da todo hecho e inmóvil, en efecto, no existe evidentemente verdad, ni... nada-).

No, no nos engañemos con tales tonterías -sin apenas algún fundamento o sin alguna demostración-, ese “fantástico perspectivismo” no existe (sí en lo subjetivo, pero eso es subjetivismo o el producto de la emocionalidad con sus prejuicios), sino sólo existen consecuciones del saber con las capacidades que, por él -por el saber-, poseen los seres vivos -o, en nuestro caso, los seres humanos-: Un ser sabe que inhalar aire contaminado le está dañando y otro ser no, un ser sabe que un alimento en concreto le está curando una enfermedad y otro ser no lo sabe, etc. Conque cada uno tiene sus consecuciones de verdad, no más.

Ahora bien, por otra parte, en la sociedad se mueven muchos intereses personales o grupales; y, para defenderlos a todo coste -en competición, para salir ganando-, únicamente es eficaz la retórica -que intenta, sin poderlo eludir, adecuar verdades con mentiras-.
Ahí, pues, está la retórica política -en unos niveles más altos o menos altos de verdad-, la retórica patriótica, la retórica del arte, la retórica religiosa, la retórica económica, etc. (en cuanto a que son intereses -de competitividad social-, antes que otra cosa, la política, la patria, el arte, la religión, la economía -social-, etc.; e intereses, claro, que se han convenido sobre o a partir de conocimientos).
En esta predisposición social no es que existan perspectivas por errónea deducción; lo que existen, en probación, son capacidades del conocer condicionadas por unos obsesivos o apasionantes intereses (que conocen perfectamente, sí; pero, a la hora de reconocer, en ese momento, reconocen LO QUE LES INTERESA). Y... una retórica interesa porque aventura una confrontación a otra retórica -de distinta opción social-.

Por ejemplo: Para construir una bicicleta no hacen falta retóricas -ninguna-, sino estrictamente verdades conseguidas por el conocimiento, unas en concreto que se precisan para construir ésa bicicleta -tanto en un mundo como en otro mundo-; pero, en cambio, ¡ah!, para venderla , siempre sí, ¿se comprende ahora mejor?


José Repiso Moyano

martes, 22 de diciembre de 2009

LO QUE NO HAY QUE HACER DE FONDO


Todo se adapta irremediablemente (sea cual sea el riesgo y el coste) ante una crisis económica o ante cualquier situación; es decir, con los recursos que tiene INTENTA (inconscientemente por instinto de supervivencia o conscientemente por defender unos propios intereses) UNA ADAPTACIÓN.
Dicho eso, de que el proceso de adaptación es siempre seguro e insoslayable, lo que sí se puede evitar es el riesgo y el coste de una adaptación para unos organismos y, en el contexto de la sociedad, para unas personas en concreto; pues no todos presentan por igual unos recursos para hacer frente a una adaptación forzada o causada únicamente por los seres humanos (es el caso de la efectividad de la tecnología tanto en lo beneficioso como en lo perjudicial -ya que, evidentemente, los dos efectos produce- ante un medio ambiente, base o garantía de una diversidad y de una necesaria, sí, calidad en su equilibrio convivencial).
Por ello, una gran parte de la humanidad se encuentra incapacitada para adaptarse con prosperidad ante los estragos de un mal medio ambiente, o sea, deteriorado; pues, como todo el mundo sabe, las cosas se deterioran o no son propicias o "hermosas" para la vida tras inútiles acciones: cortar los árboles del Amazonas, producir ilimitadamente CO2 a ver si a la “atmósfera biológica” le gusta o, también, contaminar el agua -caldo de cultivo de todos los seres vivos- por si eso es gracioso o justificable ya echándoles las culpas a la misma naturaleza, a los dioses, a la mala suerte o al destino.
Así que, en el gran problema del hambre, en ése, habiendo demasiadas personas que lo pasan, no es la ocurrente solución el cómodo adaptarse que pueden hacer unas personas que siempre contarán con unos recursos de supervivencia, no, sino el evitar que realicen ésa adaptación inútil a la miseria mortal o que se proceda con tal adaptación. Claro, aquí se trata de evitar la enfermedad, no de -como no es un gran asunto de los privilegiados- que “se adapten a la enfermedad”, y ¡allá ellos!
Lo mismo ocurre con el detrimento de las libertades y de los derechos humanos; porque no hay que adaptarse a las dictaduras, a los totalitarismos, a las “patentes de corso” que determinan las guerras, a los fundamentalismos o a las cerradas imposiciones sólo religiosas, al abuso de poder de las multinacionales ni, siquiera, al particular “dirigismo” de muchos medios de comunicación. Es lógico, lo que hay que hacer es protestar y menoscabar tales presiones, “pararles los pies” como se suele decir, siempre en beneficio de que cualquier ser humano SE ENCUENTRE LIBRE para decidir por él y por la sociedad (por supuesto, así utilizará bien su responsabilidad y se hará consciente y juicioso sobre lo que hay de verdad que hacer, en cuanto que al fin se sentirá capaz y útil).

La humanización ética es eso, y ya no habrá que gastar tantos recursos en “fronterismos” de tantas recelosas patrias, en publicidad -en propagandas- o en mimar sobrecompetencias y en preparar o en hacer guerras u otras “locuretas” por crear miedos como actualmente se hace.
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jueves, 5 de noviembre de 2009

DE LA CRISIS

El mundo está en crisis porque HAY UNA RECESIÓN (nunca una desaceleración, sino un real retroceso en las actividades económicas mundiales). Y no hay aquí fórmulas mágicas, ni siquiera "ánimos especiales" para evitar que unos cuantos años más arrastren los efectos de esta global crisis.
Por error, hay algunos que "creen" que, cuanto más se hable de crisis, más crisis tendremos; y no es así.

Veamos, toda economía, de cualquier país, esté o no esté en crisis, se basa únicamente en una imprescindible -y creciente si ha de progresar- ESTABILIDAD DEL TRABAJO que, realmente, desencadena o produce CONSUMO; y éste consumo -además de ser el mínimo o el de supervivencia o el que no se puede evitar diariamente- es el que, como sólo producto del trabajo, favorece la INVERSIÓN.

Esquemáticamente sería:

TRABAJO - CONSUMO (consumo de supervivencia + consumo de inversión)

Por lo que siempre determina una crisis un consumo no consecuente con las actividades de un trabajo o de una producción; sí, es éste un "consumo ficticio", incoherente -el que se ha hecho-, de inversiones especulativas, sin expectativas a largo plazo: sólo oportunista para enriquecer rápidamente a unos cuantos. Y es el que... crea la DEUDA.
Es decir, aquí "se cree" o "se hace creer" que el TRABAJO cubrirá o indemnizará un gasto excesivo (siendo sólo "una creencia" que globalmente sugestiona al MERCADO para favorecer oportunidades del enriquecimiento de unos especuladores; claro, con la "vista gorda" de unos gobiernos y de los que supuestamente controlan el mercado).

Así, ningún economista ha de obsesionarse con abusar de esa fibra sensible del CONSUMO; puesto que debe ser consecuente por obligado con una necesaria ESTABILIDAD DEL TRABAJO que racionalmente lo respalde. De lo contrario, ahí está el mayor riesgo, el de la deuda, como una tela de araña que envolverá a todas las expectativas económicas; incluso puede menoscabar hasta el "consumo de supervivencia" de todos los seres humanos (por cuanto que es el mínimo o ése que no se puede prescindir: ése que igualmente puede dejar a muchos en largo tiempo sin mera posibilidad de invertir en... algo y, asimismo, de crear o de crearse trabajo).
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¿Medidas ante la crisis?
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Pues muchas, nunca el hacer pocas.
Algunas: Nunca el subir los impuestos a la mayoría (que puede desahuciar a los más pobres que ya han perdido demasiado), el crear incentivos (tanto de subvenciones como de ventajas fiscales) a todas las empresas por dar un empleo nuevo (pues se debe defender más bien no que una empresa se enriquezca, sino que tenga sobre todo una finalidad laboral), congelar en lo posible el sueldo de los funcionarios (porque su sueldo subió conforme a una oferta frente a una mayor demanda de productos, en una riqueza, con su concreta inflación -o "devaluación"- monetaria que ya no existe), una tasa global a las transacciones financieras y el crear una financiación del gobierno, para todo eso, limpia y prioritaria (eliminando muchos gastos que son innecesarios).
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Advierto que el "modelo alemán", en el cual el gobierno subsidia media jornada al trabajador, requiere un país sin muchos desempleados -porque esos desempleados seguirán desempleados al no haber nuevas empresas o inversiones- y un gobierno sin defícit o "solvente" -para eso, para esa medida- que lo que bien quiere, como resultado o como finalidad -también de esa medida-, es el que no hayan, sobre todo, despidos.

domingo, 21 de junio de 2009

HIPÓTESIS SOBRE INTERACCIÓN O INTUICIÓN PARASICOLÓGICA


No conocemos un espacio-nada, sino un espacio influido ininterrumpidamente por fuerzas (principios) que condicionan algo que se desarrolla siempre en un contexto y nunca con total improvisación en tanto y en cuanto asume la carga de lo precedente, sucede o continúa con un desarrollo ante un "presente interactivo" que, sí, se improvisa ya por una "casi infinita" probabilidad de hechos o de interacciones.

Así pues, el presente evolucionista no obedece ni puede obedecer a una simple deriva por acabar sorprendiéndose a sí mismo, en un estado de confusión para sí o para nada, a medida que va transcurriendo de modo tal que, un universo, podría llegar al "¿y ahora qué hago?".
No, cualquier evolución no puede llegar a un "punto tonto"(inconsecuente, incoherente) , de final apocalíptico, de "apaga y vámonos", de principio y fin, de "esto se borra y no quedan ya huellas ni principios" (la materia no se destruye, ni menos los principios ligados a ella).
Eso, pues, lo ha inventado el ser humano porque engendra intenciones, "sus intenciones", y éstas sí acaban; pero no son las intenciones de un universo las suyas o, mejor, ni siquiera un universo “padece” de la propiedad del intento, del " a ver si lo logro, si no, fracaso o me regañarán y... se acabará todo".

Digamos que, el ser humano, por afrontar intenciones, depara siempre unos acabamientos, de "dónde estará un origen y, si lo encuentro porque lo busco o me lo invento, entonces, ya hay un final en decepción" por ejemplo; conque cree muy a veces que, el fracaso o no de sus intenciones, incidirá en el universo o se detendrá algo con aforo a sus temores, a su concepción antropomórfica del infinito.

Frente a ese gran prejuicio, ninguna evolución transmite un final de película, sino más bien sigue lo que ya está, en otra transformación, siguiendo ciclos, siguiendo “lo que sabe hacer”; o sea, cada transformación salvaguarda su entelequia en modo alguno, pero no puede evitar todo lo demás (sus presituaciones y principios), el encontrarse condicionada en tanto transcurre al lado de mucho, por lo que sucede, sigue sucediendo y, perdonen, importan un pimiento aquí las intenciones de un bicho raro llamado “ser humano”.
Así, con eso, el darwinismo no es un proceso de automatismo simplemente que decide un medio -o un biotopo- a pleno capricho o con resultados a su dictamen, no, sino como sostuvo Driesch cada evolución supone incluso una sobrecarga de lo precedente, un seguimiento de un "agente individualizante", que no pretende un final pero que sólo se entrevé o se identifica o se remite a no soslayar ese seguimiento; claro, lo que ocurre es que el medio lo adapta, no podría ser menos, pues es el medio un conjunto de estos "agentes individualizantes", de tales elementos que lo complementan (el medio ayuda a complementar cada elemento a los demás elementos suyos, muy suyos).

Bien, ya he dicho “en otros escritos” que la inercia no es una aptitud de deriva de nada, de condenación hacia un final (inercia no es exactamente... deriva), ni siquiera hacia una “apatía” o hacia la suspensión con intencionado decreto de algún principio; la inercia, pues, en este sentido, no existe.
Y es casi cómico el escuchar por ahí que el Universo, nuestro universo, se expande a la deriva como “el que se fue a Cuba y se perdió”. No, la energía no va al "atontamiento", a “sorprenderse a sí misma en el antiella”, en los antiprincipios, en la finalidad, porque no tiene finalidad, sino está en el seguimiento cíclico de sus propios principios en virtud de que no va a gestionar con intención ser lo que es para, luego, no ser nada o para ya, ¡ahora mismo! -en una tabla rasa-, estar condicionada a... nada.

En pro de eso, el ser humano teatraliza una dirección demiurga de todo: instala puntos, instala o conviene orígenes, coloca por aquí o por allá centros, determina que ante esos centros gira todo o, así, lo imagina dictando o decretando que una cosa se mueve porque se mueve otra, o sea, que Juan piensa porque piensa Pedro, que un león se muere porque se muere un gato en ya una hilazón o concepción muy ofuscada que termina encerrándose a sí misma en sinrazón, mezclándolo todo al uso y costumbre del... prejuicio.

Así, en ese error, existe ya un punto establecido y, si todo debe estar al lado o detrás de éste, el pensamiento racional se "aniquila", pues, termina en la locura o en el absurdo por obligado, en la innegable estupidez también -por mi demostrada- de un espacio-tiempo referencial einstiano.

A ver, argumento el porqué: detrás de un punto existirá otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro llegando infinitamente a un otro que, por lógica espacial, tendrá siempre detrás “otro” otro y tras éste otro y tras éste otro y tras éste otro… también; por lo que se advierte, indudablemente, que la razón aquí ha utilizado algo, digamos, mal. Y este mal es el empezar con una “estupidez”: el establecer puntos donde no hubo ni comas, dicho en claro.

No obstante, la razón únicamente nos da nociones prácticas para el contexto donde es consecuente la razón, quiero decir, es una razón del reconocer (reconoce los principios, o la ley de que “con mayor temperatura hay mayor dilatación” por ejemplo), pero no puede instalar al capricho orígenes o centros o cosas ya por su dictado o por un dictado irracional, no, no puede considerar que incide o se condiciona el universo a "su" centro: eso es una paranoia o un prejuicio.
La razón, así es, reconoce el hecho que “se hace” porque se le verifican efectos coherentes a unos principios, es “lo que ocurre”, o bien – por ejemplo - que una persona está condicionada al clima y que, esto, es un factor que sí incide en sus actos o hechos, en la concreción.
Luego, la razón es contextual y, en ello, podría estar la razón -con error- fuera de contexto en otro contexto, al no serle propia; dado que las reglas en ese otro contexto se adecuan o son consecuentes o corresponden a ese otro contexto.

Sí, sólo, sólo conocemos lo que podemos “conocer”, y eso no es determinante más que para lo que es posible que lo sea en reconocimiento, por lo que ocupa o llena un lugar o contexto en un ciclo (un lugar-estado en el espacio, no el espacio); y ese lugar es una situación, una situación no sólo con respecto al espacio físico, sino además con respecto a un estado de condicionamientos, de ya un seguimiento de un desarrollo.

Todo se encuentra situado como "agente individualizante" que... desarrolla: una célula "dentro" de cualquier organismo, ese organismo "dentro" de un ecosistema o de un medio ambiente, ese medio ambiente "dentro" de un planeta, etc.
En tal clarificación, una célula "trabaja" o “se ve determinada” para la racionalidad de ese organismo que ella complementa o “habita”, significando esto que -de otro aspecto- no entiende ni le atañe siquiera qué es una estrella; porque sencillamente “ella sola” no presenta una mínima capacidad para acceder a esa información, ni por "muy suya" o por muy fuerte que se imponga.
Por el contrario, la capacidad de una asociación de "agentes individualizantes de la misma índole” sí llega, sin duda, a un resultado de una mayor información de lo externo y, por lo tanto, comprende una mayor realidad. Y así, si la comprende, la asimila como información, se adapta -por afrontarla- "telepática-intuitivamente" hacia ella.

Un mosquito sólo se adapta a lo que se adapta; pero, si el ser humano conoce más, se adapta de seguida a... un mayor conocimiento, pues lo considera ya y lo considerará, se deja condicionar por él.

Tengamos en cuenta que, eso, sólo es posible con la visualización-memorización mental del medio o del espacio, sí, por obligado o en consecuencia con ese mayor conocimiento el ser humano “trabaja” o se realiza con un detallismo mental del medio. Lo que, al momento, permite una mayor capacidad de organizarse “sobre él”, de "anticiparse" y “de decidirse sobre él” o de proexistirse o de ejecutarse o de tener una mayor voluntad sobre él.
Nace, así, una inevitable “conciencia de extender o de prolongar su organismo mentalmente u organizativamente sobre... lo externo”.
Quiero decir, el ser humano es un ser vivo que “ha aprendido a crear una visualización” (aquí no tiene nada que ver con el sentido de la vista, sino con todas sus capacidades, sentidos y primordialmente con el sentido espacial) mental del espacio; o sea, es capaz de visualizar y de "llevar consigo" el mapa -al igual que se lleva un mapa genético que... condiciona- o todos los elementos, detalles, de una habitación personal, por ejemplo).

Eso "lo lleva" indudablemente; es, por ello, algo singular tal capacidad por conocer y transmitir el detalle, de "llevarlo" organizado o cohesionado en su contexto y, además, coherente con todos los otros detalles de su contexto, hecho que comporta que sea más orientativo para acceder a un mayor número de conocimientos. He ahí que “ya” se sitúa, además, atrevidamente frente a las estrellas.
Pero las estrellas, algo lejano, "trabajan" por otra razón o no tienen por qué comportar “lo mismo” o ni siquiera acarrear con la misma utilidad de la razón en otro contexto.

Digamos que la racionalidad, en el ser humano, sólo es un “pasaporte” o una capacidad con sus limitaciones o restricciones que determina un... contexto. No, no puede extralimitarse a más: conoce cualquier cosa en función de lo que conoce, no de lo que no conoce, no de lo que no puede conocer. El ser humano conoce los procedimientos -unos- que conoce, no los que no conoce.

Retomando lo anterior, el mapa mental de la habitación en la cual vivimos lo “llevamos”, desde luego, a otro sitio y, en ese otro sitio, en la ya distancia, sabemos qué le "duele", “qué proceder será intuitivo” (porque poseemos tal capacidad intuitiva), es decir, qué se deshabitúa a ella, si le hemos dejado una puerta abierta y, así, le entra aire frío o humedad o, asimismo, si le hemos dejado un cuadro mal colocado. Entonces, el ser humano “nota” algo “en la distancia”, “siente en la distancia de lo que... le ha complementado y, por tanto, es suyo para transverlo”.

La habitación, por su parte, “nota” una carencia porque, si en la naturaleza -en todo- ocurre que sí, que la naturaleza influye y condiciona en dondequiera que esté a un ser vivo, entonces, en otro nivel ¿por qué no?
A ver, el ser humano antedicho es, sin duda, un elemento “de ella” como lo puede ser, asimismo, la puerta abierta, ¡sin discriminaciones!, por lo que la habitación, “lo que ha significado”, "echa de menos" su elemento complementario, pues "se siente... incompleta".


Otro ejemplo: Un señor habitúa a su coche nuevo a un rodaje "suyo", por lo que el coche ya no es un coche cualquiera, sino posee “ese” condicionamiento progresivo, o sea, "lo lleva". Pues bien, si en un momento otro señor lo conduce, el coche "se da cuenta", “nota”, claro, en la "dimensión lógica suya de su contexto" o... advierte tal intrusión.

Otro ejemplo: Cuando un señor tiene una mascota, un perro, "lo hace" con unos hábitos. Pues bien, el perro, conforme a esos hábitos, está siempre (pre)sintiendo el desarrollo de los estados de ánimo de su dueño porque sencillamente... ésos influyen a un “seguimiento complementario” o a un trato de él sobre sus hábitos, los cuales le condicionan.
El perro “advierte”, en efecto, unos niveles de intrusión con respecto a esos hábitos, en tanto y en cuanto su amo u otra persona se apegan o se desapegan, se ciñen o no, a los hábitos que "lo han hecho".
Sí, el perro siempre “afronta una susceptibilidad” a través de una comunicación "telepática o intuitiva" con su dueño o con el entorno. El perro “lleva” consigo toda esa parte en la que prolonga su vida y su cuerpo y, por lo tanto, se comunica inevitablemente con ella, “extiende su comunicación en la distancia”, algo que propicia que unos sentimientos lleguen en cierta manera a coincidir en sentidos contrarios, o a remitirse a sí mismos en la distancia.

En fin, no determino el que exista una comunicación sobrenatural, no, no es esa mi tarea ni la de este ensayo, sino “sostengo” y reconozco la más sencilla, pero de la cual sólo dependen contextos de comunicación diferentes a los que ya se han reconocido.

(Artículo escrito en 2004)


José REPISO MOYANO

jueves, 16 de abril de 2009

ALGUNOS PENSAMIENTOS PUBLICADOS ANTES DE 2005


Un sentido primordial para la inteligencia es el sentido de la “vergüenza”, del ridículo mental (tal conciencia) ante los problemas reales que sufren unos y otros. Por eso, cuando el que lo posee piensa, advierte el contrasentido o no teórico-práctico al propugnar sus planteamientos.

Un político o cualquier otro ser humano que intenta gobernar debería, por supuesto, pasar por esta prueba: ¿lo que pienso sobre este problema lo pensaría igual si el problema lo tuviera mi hijo?, y ¿además lo pensaría si el problema lo tuviera quien odia a mi hijo? Porque, en el fondo, es algo que evita prejuicios”.

Sobre el respeto:
Éste está en el ámbito de lo afectivo. Nadie puede decir que respeta a todos en la misma medida (sin embargo sí en los baremos que “se han convenido” de justicia social, que bien deberían ser para todos igual, en... derechos humanos), a un asesino como al que no ha matado aún "una mosca", a un desconocido como a una madre, a un dictador como a un trabajador humilde; es decir, hay “muchos respetos” en función de qué se “hace”, de cuál es la responsabilidad de cada uno y, también, de unos afectos propios (apegos afectivos), ineludibles. Esto significa que la “forma de respetar” ya queda determinada a ser más benevolente por simpatías o intereses personales.

Tras eso, los conceptos de amor, esperanza, angustia, consuelo, ternura, empatía, etc., son muy difíciles -por no decir imposibles- de cambiar porque no son constituibles, o sea no dependen de convenciones sociales, son vitales, "de toda la vida", son inherentes o consubstanciales al hecho del vivir, existen en cuanto... se viva. Sin embargo, algo muy distinto ocurre con nación, matrimonio, trabajo, estado, ciudad, etc., que sí son constituibles, o sea que se pueden diseñar de la manera que más convenga en virtud de un progreso lo más justo posible, sin discriminar a nadie”.

Así, son los únicos que van a producir todos los conflictos internacionales en el futuro, los que garantizarán que permanezcan las guerras -a nivel internacional y no civil- y los enfrentamientos entre civilizaciones: EE.UU., Irán, Corea del Norte, Israel, Pakistán, algunos países del Este, algunos países del sudeste asiático.”

Cada persona en sus derechos humanos es respetable, no cabe duda; y como persona. Pero igualmente una flor como flor, una piedra como piedra, una melodía como melodía, un león como león, etc. El problema surge cuando se quiere considerar una flor como símbolo nazi, una piedra como instrumento o arma para matar, una melodía para solapar una guerra o un león sin más para que jueguen los niños con él.
O sea, cada cosa se respeta de un modo diferente, por lo cual ya se ha discernido o clarificado su ámbito -su delimitación- de respetabilidad, ya se ha advertido que el respeto no es un juego de irresponsables, que no es confundir, que no se puede usar para tendenciosas incoherencias o justificaciones incoherentes.
En eso, no, no se puede justificar un respeto a una persona cuando los hechos demuestran lo contrario, un respeto a las víctimas del terrorismo con reticencias a un proceso de tolerancia para erradicar con diálogos crispaciones u odios -que siempre alimentan el terrorismo-. Sobre la base de que sólo encarcelar a los terroristas no garantiza que no siga el terrorismo, y sí la culturización de los motivos de la no-violencia y la distensión -con el diálogo- y la no-opresión -con no reprimir libertades o autodeterminaciones personales-”.

"Pureza", este concepto es un concepto ideal de la voluntad; pensemos: ¿sería puro el haber evolucionado con dos ojos o con uno que hiciera la función de los dos?, ¿sería puro que en vez de utilizar la vista, porque ésta no existiera, utilizáramos un sentido de la captación de calor y únicamente por éste nos orientásemos?, etc. Es decir, podemos intentar instalar tal referencia, la de la "pureza", pero siempre lo hace la voluntad y además de forma... ideal, o sea, corrigiendo a la naturaleza.

Pero hablemos de voluntad, ¿es un don o desarrollo acaso sólo humano?; pensemos: los animales también eligen "a su forma" primigenia o instintiva, cada ave en la anidación -por ejemplo- recoge la materia prima de la naturaleza que a ella le parece mejor según sus capacidades físicas -fortaleza o endeblez- y según la influencia de sus más cercanos depredadores; es decir, también... eligen, pero de un modo menos sofisticado -podríamos decir- porque, si no, no podría ser posible la evolución, cierto margen de libertad o de autoconducción de cada cosa, en ese caso de un ser vivo.

Sí, la comunicación lingüística del ser humano hace un “idioma concertado” por la voluntad, desde luego, y se libera demasiado o al menos algo de lo natural o de la supeditación que acarrea. Pero pensemos, otra vez, en los animales; por ejemplo, supongamos que las aves se despegaran de construir tan supeditadamente "a lo natural" nidos y decidieran -ya con voluntad- construir nidos de colores, con adornos para expresar sus grandeza, etc., y así, en adelante, consiguieran un idioma al igual o dependiente, además, de la voluntad como el de los seres humanos. Pues, eso, no quitaría nunca que partieron o se apoyaran de lo primigenio para, luego, añadir un lenguaje o idioma... más complejo y, en tal complejidad, más superfluo; es decir, más subjetivo de "esas añadiduras menos esenciales" que la voluntad presenta.
Por ello, los diferentes tipos de comunicación están interconectados, sí, en la realidad hay como un gran "Internet", en donde todos los lenguajes interaccionan; de tal forma que lo elemental se viste de complejidad, ya sea por la voluntad, ya sea por la características de un medio o de un contexto en concreto. Y la complejidad, al final, vuelve a lo elemental (tanta complejidad del ser humano llegará a lo más elemental al final, al polvo, al éter, a la energía)”.

La ciencia en sí misma es soberbia -en el plano intelectual- frente a lo que ha dejado atrás que, quizás, sin duda en gran parte, tenía más humildad si lo entendemos por no creerse "tanto”, con más recelos que los de ahora; pero, ese no posicionarse claramente por lo que se demuestra -sin tabúes-, ese no atreverse al conocimiento con determinación provoca que todo se eche a perder y no existe así ningún progreso, ni ético siquiera.
Pensar coherente, ser civil, ser ético, ser lo menos cruel significa, en esencia, sostener a largo plazo principios (también unas mismas reglas para todos, no aceptándose que el demostrar sea válido “para unos y para otros no”, al ser antipáticos por ejemplo). Y defenderlos de modo personal: no dejarte sobornar para que los renuncies, no dejarte “tomar el pelo” por los que quieren pasar una cosa por otra o simplemente taparla (la injusticia se basa en tapar)”.

La intolerancia sólo existe si aplicas recursos tuyos o públicos para que el “otro” no pueda conseguir algo o lo que le corresponde en su dignidad prioritaria (en el debido reconocimiento) al ser también ser humano; por lo tanto, se lleva a cabo cuando “actúas” así -sólo con modos de censurar, de silenciar y de impedir una particular realización- , nunca porque tú digas lo que digas, ni porque tú seas fiel a lo que digas, ni porque sostengas un rigor antedicho”.

La especulación inmobiliaria en España ha sido una de las más inmorales que han existido en la historia. Sí, ya se puede hablar de millones de inmigrantes, éstos necesitan una vivienda forzosamente y, los que del sucio negocio viven, se las han subido ya el triple en poco para que la paguen los que ganan el pan a sudor seguro -mientras que los especuladores con una decisión en unos minutos, pero esos beneficios a miles ¿se acordarán luego que los ganaron así?-. Asimismo, la mayor parte de la prostitución que hay en España es ya de explotación inmigrante, de disfrute de esos que lo callan, de negocio de las debilidades de los débiles y... etcétera (esa inmigración "prostituida" ¿se recuperará alguna vez tras el consentimiento inmoral de un país sin responsabilidades e ignorando sus daños?)”.

Si los que reciben una injusticia no se “sienten víctimas” de tal injusticia, ¿qué justicia no recibida van a reclamar?”

La sociedad, en masa, siempre se identifica con "un poderoso en algo" (admira a tal cantante que ya tiene poder de influencia, de mediación, de dinero, etc.); por lo tanto, la sociedad nunca ayudó de verdad a una persona íntegra en valores en vida (¿a quién?). La sociedad, en masa, sólo ayuda al que ya tiene un apego de consentimiento -o de complicidad-, un poder o un sobreprivilegio social”.

Únicamente sufre quien inevitablemente recuerda sufrimiento -o injusticia- del que se le ha causado”.
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viernes, 2 de enero de 2009

LO ESENCIAL

Si una mujer tuviera unas medidas corporales bastante proporcionadas, y de una altura de 175 centímetros pero, sin descartar, que fuese muy sensible, muy reflexiva, muy analítica y muy ingeniosa, entonces, sería un resultado de una mujer completa, perfecta con respecto a todas”.

¡Ah!, de entrada, esto no es más que un enunciado de los que, a veces, “se deciden” o se construyen -claro, por la lógica- como axiomas o reglas matemáticas; porque, esta ciencia, sí, atiende primero a una lógica de los números y de las proporciones, como base, en operaciones para todos sus posibles resultados armónicos o... ideales.

Por ejemplo: Una esfera es un resultado sólo, sólo matemático y resulta, asimismo, ideal (perfecto) o lo que supone o señala, por igual, un triángulo equilátero; por cuanto que ya resultan perfectamente armónicos así -en elección o en volición-, mediante la utilización de axiomas “perfeccionadores” -en lógicas- que, “inevitablemente”, se dirigen hacia esa armonía “deseable”, esté o no esté en algún lugar, exista o no exista.

Con eso dicho, desde luego, un teorema o una regla matemática puede ser la verificación de que se cumple algo con unas concretas mediciones o, por otro lado, la pretensiosa traslación de que algo debe cumplirse con los mismos elementos de esa verificación; esto es, lo que se supone que puede ser verificable, aún no siéndolo (más claro: se busca un resultado en vez limitarse a encontrar un resultado).

La lógica, que “siempre se ha entendido” como matemática -de hecho, es su sustento-, fue propugnada o enseñada por Platón y Aristóteles estableciendo, para el conocimiento en general, ya un procedimiento analítico o pensamiento analógico; es decir, de unívocos o de semejanzas, de interconexiones, en la prioridad de relacionar cosas porque, como consideró anteriormente la escuela de Mileto, existe antes que nada -por evidencia en la realidad- una “homogeneidad entre la causa y el efecto” (si la realidad de las cosas es física, sus causas también).

Pero, aun así, por una concreción, ¿qué es lo esencial para la lógica?
Para Anaximandro y Anaxímenes -epígonos de Mileto-, era la naturaleza como “causa última”; posteriormente, en el pensamiento cartesiano, era una “causa primera” o suficientemente sólida en la lógica, aunque fuese ésa -que puede pasar por algo solipsista- del “pienso, luego existo”; y, más actual, en el pensamiento paradigmático de Kuhn, son unos patrones de pensamiento asertóricos que se siguen, aunque siempre sobre sus valores anteriores.

Para Kant, a tenor de eso, lo esencial... era la intuición del ser que se traslada en el tiempo, que trasciende con su “a priori” intuitivo e inesquivable; y, para Hegel, sólo las ideas de cualidad, las cualidades, definen qué es el ser, porque ya lo dintinguen, lo diferencian, lo exponen (o sea, a cada ser con y por sus atributos).

La lógica, sí, es -en resumidas cuentas- la consideración evidente de las posibles relaciones entre las cosas -con sus propiedades- y sus resultados que se dan por seguro ante unos principios o reglas más o menos pretensiosas; conque lo esencial, para la lógica, es todo principio demostrado por la práctica, en la experiencia (por ejemplo: el principio hidrostático de Arquímedes) y no, no todas las reglas que “se deciden lógicas” para “resultados lógicos”, también “decididos”, en incorporeidad, como... “ideales lógicos”.
De manera que, un principio, no es ni plenamente significa una regla; ambas cosas están separadas por... la experimentación, por la “praxis”, por la verificación práctica.

Un “silogismo”, un axioma, con ello, desde luego, pueden ser independientes de la realidad; a ver, estos conllevarían, sí, unos efectos perfectamente lógicos pero ante unas proposiciones (causas) no realmente lógicas, sino idealizantemente lógicas, o ésas, “las que se han de esperar”, no siendo aún.

Lo esencial de algo, la propiedad que se le distingue -a él- tras una comprobación física, no tiene por qué ser esencial para otro algo; conforme a que no -como primero-, no le constituye, o conforme a que ni siquiera los dos pueden hallarse en unos contextos análogos o que se relacionen.

Las matemáticas, éstas congeniando todo tipo de resultados numéricos y proponiendo, en esa lógica o lógicas, resultados muy armoniosos, a veces se separan de eso tan sólo que es esencial, de eso ya... comprobado, ya posible. Quiero decir, no rotundamente una esfera está demostrada como real, sino es -”de antemano”- lo que “se sueña” ante proposiciones “idílicamente perfectas” como idealidades matemáticas; y es muy improbable en la realidad cuando, ciertas linealidades matemáticas continuas, son imposibles en un espacio interactivo, éste siempre impidiendo o “rompiendo” una fija o íntegra o deseable -en fija continuidad- armonía.

Además, algunas “puras lógicas” o “sublimaciones numéricas” o resultados axiomáticos ya utilizan unos elementos “desacreditados” o no comprobados como reales.

De la multiplicación de 2 por 1, todos pueden ver a DOS COSAS que se multiplican por UNA para obtener -lógicamente- un resultado correcto, el que le corresponde; por el contrario, de la multiplicación de 1 por 0, todos pueden ver a UNA COSA pero no pueden ver, nunca, a la otra con la cual se multiplica.
Es así, es un “supuesto lógico-matemático, una “referencia idealizante”, útil a eso, pero no real, no comprobable.

Un triángulo equilátero, al igual, representa no más que una proporcionalidad buscada mediante las aplicaciones, sin limitación real, de los números; o, más claro, estos tienen todas las licencias pero, en particular, ninguna, ninguna limitación de las que ya la realidad -o la experimentación- obligatoriamente presenta para que sea como tal, sujeta a su mismo o a su concreto contexto, a su interacción en su carácter posible, a su “ontogenia” sólo posible, o a sus consecuentes principios.
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sábado, 27 de diciembre de 2008

PRINCIPALES CONDICIONES DEL YO EMOCIONAL


Al “yo-solo” construido emocionalmente siempre le dominará la duda o la insatisfacción (1) por alcanzar una compañía complaciente, un tú seguro que no le falle, que sea el que le comprenda en todas sus dimensiones y, así al lado, incondicional, le consuele.

Entonces, busca el “yo-solo”, por entre todos los avatares de la vida, a quien de forma más convincente le demuestre ser el “tú-encontrado”; porque lo buscará -como un mandato de su instinto de supervivencia- incluso aunque no quiera o lo hará, siempre, su subconsciente.

Pero el ser humano no es nunca sólo consecuente consigo mismo, sino con unos seres de una colectividad que les han transmitido intuitivamente que sienten “lo mismo” en el fondo de ese contexto –pues, también la emoción se ha educado socialmente, y se ha transferido al menos en su carácter social-, o sea, que como miembros de su hecho social son copartícipes de tal “angustia”, digamos, que busca o desea una solución.
Deduciendo eso la permanencia de un valor existencial “de conjunto”, claro, de especie social que continúa con esa condición, que trasciende en usufructo de lo que comparte (2).

En el fondo, también es una cuestión -intelectivamente- de dignidad humana a pleno riesgo hasta más allá de su conciencia, apoyada en que el ser humano se habituó a acompañar y a ser acompañado: cada “algo” que conocía le significaba una compañía "productiva" de sentimientos y de intimidad –valoración de sí mismo- (3) y, por empatía, acompañaba -en un momento "presencial"- a eso que representaba realmente lo que ya había conocido.
Con esto, defiende esta acción social en su individualidad, en su individualidad no aprehendida como sola, frente a todo límite, frente a cualquier terminación que no quiere concebir –ni siquiera puede hacerlo- emocionalmente (4); tal como Sócrates, en rectitud virtuosa, se enardeció -para sí mismo en convencimiento- fuerte contra la adversidad (5), construyéndose o preparándose muy seguro en su interior (el “conócete a ti mismo” le servía de escudo protector, y nada es más cierto).

El yo, con lo dicho, quiere al final descontaminarse, depurar su ciclo con una terapia de encuentro (saudade), o ser lo más fiel a “su origen” o a sus raíces pero, antes, sin despreciar su única y sobrevalorada conciencia: su esencia de irreductibilidad, su ego ya tanto sobrevivido –“luchado”- y a él sólo confiado, su sentirse separado -lo cual le provoca una alerta- de lo que no es (6).
Así, su telos es su propia conciencia inesquilmable, una gnosis del yo en cuanto que no procura únicamente disolverse en el todo que lo “protegerá” con... todo, sino que se siente un complemento particular -especial-, forjado, conformado (7), trascendido y, como tal, trascendente –un “camino de vuelta”-, una entelequia que se revela al final con una apropiación del yo –ya mirando hacia atrás- y, aun, con una remisión de él hacia la sinapsis del todo.


(1) Según la teoría pascaliana, la idea emocional es un “esprit de finesse” (corazón), un sentimiento de finitud que crea, por tanto, insatisfacción.
(2) Según Hegel, la ideación del yo se proyecta fuera también en el paso del tiempo; semejante es la teoría del “tiempo creativo” de Bergson. En Stendhal, nostalgia por valores interiores que, por supuesto, trasciendan.
(3) No existe intimidad ni valoración de uno mismo sin “el otro” como pretendida compañía social.
(4) El sentimiento de angustia “por desesperar de sí mismo”, porque tiene el ser humano el dilema ambicioso de “César o nada” defendido por Kierkegaard.
(5) Al final, en la proximidad de la muerte, se busca la reconciliación con todo, se anhela la paz, se anhela un destino liberador: el presentimiento -o la escucha de una voz “panteísta” que siempre llama- de Conrad.
(6) Heidegger propugnaba la irreductibilidad del ser que, eso precisamente, lo caracteriza ya como diferente, como un luchador de su diferencia.
(7) El “sentimiento” o el comportamiento de componer es la nemónica (memoria) de la naturaleza.
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Nota.-
El enlace que he elegido a "dignidad" da sólo una definición etimológica y, ésta, para ser coherente, debe completarse con la actual que ya corresponde a un merecimiento -de "valor"- con respecto a unos principios morales "de ahora" y, también, con respecto a unos derechos humanos.
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viernes, 12 de diciembre de 2008

SARTRE Y EL EXISTENCIALISMO


El existencialismo fue una corriente intelectual que se generó por y a raíz de una sociedad en crisis, como la de principios del siglo XX, con unas ideas de volver o de refugiarse en lo más humano, en el "buen salvaje" de Rousseau, en el ser "que se vive" de Kierkegaard, en el grito emocional más que racional: el cual despierta o hace al ser humano ser consciente de sus sometimientos.

Era un posicionamiento crítico, anárquico, rebelde; era el vuelco de la historia a favor de un ser humano en concreto, señalado con el dedo de la revaloración, ahí, esperando que su situación de angustia ontológica sea tenida en cuenta, esperando ser escuchado, esperando que la humanidad no progrese sin él, sin su sentimiento... desahuciado.

Este posicionamiento lo defendieron: Heidegger, Sartre, Marcel y Camus, entre otros.
Sus reivindicaciones se expresaron con la duda, con la lamentación de un existir humillado o sometido (por "el todo de puertas cerradas"), con el pesimismo, con el subrayar constantemente la carencia de un "sentido justo" ante tanto horror que, en el mundo, recibe y protagoniza el ser humano.

Por eso, por ese aspecto de quitar cadenas y de liberalización, se puede considerar como el primer grupo intelectual "de compromiso" con la esencia del ser humano puesto que, si los ilustrados lo incitaron a que se librara por medio del conocimiento de la obediencia ciega a los poderes fácticos, los existencialistas promovían su propia conciencia crítica frente a la sociedad y frente a sí mismo, para librarse dentro de sí mismo incluso, ya consciente de toda clase de miseria por dirigirse, así, a la necesidad de ser solidario o de comprender a los demás.

Sartre (París, 1905-80) sostuvo que cada uno de nosotros somos un ser libre, en ciertas direcciones que podemos o no elegir; pero, en contra, eso supone también una condena, una "fatalidad" de ser... siempre libertad: No podemos elegir no ser libres, no podemos elegir no desear, por lo que el ser humano está claramente condenado, condenado a una "pavorosa" libertad.

Es cierto -porque posee voluntad-, dentro y no alrededor de este cerco, de lo que hay, sólo se puede vivir; en tanto que, siempre, se vivirá de lo posible, desde unas inesquivables raíces "de lo vivido" pero, sobre todo, de ese contexto que posibilitó a tales raíces el desarrollarse o el que formaran algo.
Al lado de esta angustia, él creyó en el ser humano, y lo concebió como un proyecto semejante a una aspiración contenida o constituida por valores, en cuyo centro se encuentra la intención, el menos vano de los valores: el intentar siquiera, con autenticidad, el crearse uno a sí mismo o el dirigirse, con eso, a su felicidad.

Es evidente que, esta digna aspiración, sugiere seguir irremediablemente a un humanismo que ya no es abstracto, sino que es algo concreto y necesario, un humanismo que no es el que, de forma renacentista, se defendía por liberar a individuos mediante mitos o fijaciones para un "ideal del yo", claro, con referencias o encasillamientos que “provoca” en la historia.
Aquí, en cambio, es un humanismo del aprovechamiento de la libertad para construir o simplemente avanzar, es un humanismo que no quiere siquiera orientarse de su pasado, que aun niega definirse “por naturaleza”: una verdadera utopía (procura, así es, dar un sentido... a la misma existencia).

Algo de virtuoso es tal propósito, pero su error fundamental se decanta en que sólo es un propósito, uno que abusa quizás de proposición cuando, en realidad -porque es realidad lo que ya somos antes de nada, o de un propósito-, el ser humano debe seguir obligatoriamente a unas reglas o “referencias” (mejor: desarrollos o ciclos) no elegibles, sino condicionantes, condicionantes porque a él lo han hecho y porque, así, pueda existir.

Los principios condicionan para que, algo, consista precisamente en algo.
Es el mismo error que cometió Heidegger y en grado tal que, el ser humano, no es un "ser-ahí" tan sólo, advertido de golpe: además la realidad ya lo ha permitido "hasta ahí"; por lo que no es ese "ser-ahí" mágico u ofrecido en un "abracadabra", no el ser abandonado supuestamente por la realidad, sino es el ser que se acumuló y aún se acumula de realidad y de elementos reales.

Desde luego, lo que bien se puede hacer es “modular” ciertas de esas acumulaciones o rechazar las que son posibles en adelante rechazar -como los valores creados desde la sinrazón o desde la ignorancia o no consubstanciales al ser humano, en cuanto que no nació para establecer definitivamente un prejuicio-.
Se tendrá, con ello, que hacer lo posible y eso no es un absurdo o una inutilidad, no, sólo es conformidad real de adaptación: el aceptar la realidad útil para su todo que progresa, no para la conveniencia del antropocentrismo de turno -un prejuicio-.

Porque, cuando este antropocentrismo de forma exagerada pide para sí más, "quita" o ignora entonces a otra parte de la realidad sus posibilidades -de éstas tenerse en cuenta con el conocimiento y de ser, para el ser humano, más fiables condicionantes-; acaso desde una coherente o natural... humildad.

Sartre, en fin, deseaba una terapia para su condición existencial y, de entrada, significó sin duda el existencialismo una de las mejores terapias -basada en la impostura o en el “atrevimiento emocional”- de las inculcadas hasta el siglo XX; porque ya se sabe que, todo, se debe intentar -cuando es humanitario-, incluso lo imposible, tan sólo por usar otros recursos o reconocer o darse, al menos, cuenta de hasta dónde se puede llegar para comprender más lo que somos; y, en ese digno intento, se aprende y se rectifica: he ahí ya un auténtico humanismo.

Lectura recomendada de Sartre: "La náusea", 1938.

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martes, 2 de diciembre de 2008

EL DOGMATISMO

El ser humano una vez que vive en sociedad no puede ser libre "a sus mismas reglas", en cuanto a que está sujeto a leyes y éstas las protege un Estado o un poder organizativo que, socialmente, siempre existirá.
Por eso piénsese: esa supeditación permanecerá porque, a toda organización social, le es inherente un orden activo que, sin tregua, es ejercido de unos sobre otros y, por representar el poder, de esos primeros sobre ellos mismos –aunque con más libertad en desproporción o en injusticia, ya que ellos deciden las leyes que salvaguardan sus privilegios-.

Desde luego, el poder tal como es se engendra así como "dogma": en pro de beneficiar “siempre” a los que se encuentran vinculados a las instituciones y, al resto, en la medida en que se pueda. A unos “siempre sí” de una forma incontestable; en cambio, a aquél, a ése, en algo, en la medida que él se deje ver o pueda presionar o pueda escandalizar públicamente a esos que “siempre sí”.
El dogma es lo que se resiste a presentar cambio o progreso ante la razón; y, en cuanto se trata de algo que se refiere a la costumbre o a la fe, más se resiste, más se retuerce obsesivamente hacia un único fin.

Con esas premisas, la sociedad se vaticinará –mientras exista- en suma para ser sociedad con... leyes; sin embargo, han de modelarse y evolucionar de una manera tan proporcional como la sociedad en sí misma cambia. Si no, heredará o arrastrará sus injusticias; pero, ahora, frente a un portento más evolucionado de la razón, por lo que "ésta" -la supuesta por la sociedad- puede acostumbrarse a justificarlas, a vivir con ellas, a consentirlas, a dogmatizarse o ser seudo-razón.
Sí, ya sabemos que un científico en este tiempo descubre racionalmente algo –utilizando por fuerza la razón que otros le han facilitado-; no obstante, sólo es razón escindida si prescinde de una coherencia. La razón que adquiriría un adolescente con el aprendizaje de todas las nuevas técnicas de la manipulación genética entregado en su “torre de marfil” para unos beneficios “inculcados” o dogmatizados porque, del mismo modo que no se comportaban plenamente racionales los médicos que trabajaban para los nazis o para otras causas erróneas –aunque lograsen descubrimientos científicos-, en la actualidad intelectuales hay que se hallan alineados para sobreproteger, para sobrealimentar, para justificar ciertas conveniencias racionales o un adoctrinamiento.

Incluso durante la Restauración francesa (1814-1830), por intenciones de Royer-Collar y partidarios (Guizot, Rémusat, etc.), se adoctrinó el liberalismo contra el absolutismo, cuyos resultados convenían en verdad directamente sólo a una parte del pueblo o a la burguesía; pero, sin duda, demuestra eso que es una constancia, que el dogma es y será utilizado con todos sus variantes: para una religión en donde unos se enriquecen desmedidamente con él y para un movimiento social –como el marxismo- en donde se acaba al final disolviendo la posición crítica o la razón (*).

Hoy en día lo que ocurre es que la mayoría de los intelectuales –la mayoría que no quiere decir todos- se saturan de información y no la eligen, o no saben elegirla en tanto que el corporativismo o la omnipresente “grupalidad” ya les delibera o les especula todo lo que tiene que ver con “una” línea en concreto; así que, sugestionados por tal “linealidad” en su amplia extensión superflua, no atienden sólo a la razón –con una exigida independencia- venga de donde venga. Eso es, no asumen un código ético de… reconocer lo que es racional, advirtiéndolo y valorándolo en su justa medida.

No es extraño el darse cuenta de que, un intelectual o un científico, ahora suele decir antes “trabajo en ese proyecto”o “empresa” –lo cual le dará prestigio- que “trabajo para la ciencia” o “por una coherencia”.

Por ello, en todo caso, lo que se debe evitar -y bien- es cualquier dirigismo en contra de la razón, o un dirigismo de la censura.
El intelectual –porque sea coherente- tiene el imperativo moral de denunciar los abusos de poder que benefician o engrandecen a unos pocos, las medidas de autoridad inservibles u opresoras, la “unipersonalidad nacional” o un exceso de patriotismo que aúna los odios para el aislamiento social o para la guerra (en todos los aspectos: el integrismo).
En claro, el odio de una persona no llega a ninguna parte –no es tan relevante-, empero, un odio social sí escudándose o ayudándose de muchos para desestabilizar un país a favor de la crispación, de la violencia.

Aquí, en el mundo, las leyes ejercidas deben ser leyes prácticas, no leyes divinas o sublimadas por el capricho de cuatro iluminados para la alineación o para la manipulación irracional; luego, lo "supremo", será el derecho facilitado o permitido –distribuido-, la dignidad humana –para cualquier poder en el contexto ejecutivo- conforme a que, ya lo íntimo, no se impone, es algo "personal", como se sobreentiende en el arte o en el ideal político.
He ahí la base: el antidogmatismo, la concepción responsable de que existen seres humanos iguales en derechos con la necesidad, sobre todo, de recursos prácticos, no de dogmas.

En derredor nuestro, el dogma se nutre de la sinrazón, del “porque sí” irracional, de la justificación injustificable, del consentimiento útil a la censura y no al sentido crítico, de la hipocresía, de la inculcación del miedo o del amor ficticio –el de moda que responde a unos cánones que incentivan la marginación-, de la mentira.
Al dogma, a ultranza, le agrada el quietismo, la optimación manipuladora, el “todo va bien, el “Dios lo ha querido así”, la resignación.

En lo más íntimo –cuando se impone- provoca la ignorancia puesto que, por definición, significa restringir la razón, acotarla (mientras que el conocimiento –o la razón- descubre, el dogma se paraliza, fija y, así, encubre o tergiversa lo demás).
Aposta, el dogmático, después de demostrado un error –o una sinrazón- sigue con él y, encima, sigue con el truco de “tengo la conciencia tranquila” (ningún sinvergüenza poderoso renunció a recurrir a este truco), por lo que infunde mentiras, confunde; porque sin dogma, sin él, pierde imagen o pierde el prestigio adquirido con… seudosantismo.

Y es que la razón cuesta mucho el defenderla en detrimento de simpatías o de máscaras (¿cómo responder con conveniencias y no con lo que se debe decir guste o no guste?) pero, al instante que se usa, ya choca contra el quietismo de uno, contra el chovinismo de otro, contra el involucionismo religioso de un asceta o contra el ideal de “superhombre” o de "supernación"de tal o cual inoportuno sabiondo.
En eso, si uno demuestra algo con bastantes pruebas, para el corporativismo de turno aferrado al error no importa nada: servirse de lo más miserable dialécticamente –o con la censura- es su fuerte.
Claro, con la imagen y con el prestigio miserable celebran sus fiestas de sinrazón demasiados intelectuales y… ¡a callar! Quienes se esfuerzan sólo y únicamente con la demostración, ¡a callar!

Sin tapujos, la coherencia con censuras es nada, así de sencillo; por razón de que sólo le es válida la razón, no la confusión, no el amiguismo, no la sugestión, no la influencia mediática -que juegan interesadamente con las injusticias pues, no estando en igualdad "contra todas", hacen bandera en un interés de unas sólo discriminando las demás: las utilizan-, no la presión del “¿qué dirán?”, no el chantaje económico, no el seguir un proyecto doctrinario, no lavándoles caras y caras a maestros al margen de una plena disposición racional.

Porque, sí, hablan demasiados ya de ecología, pero se gastará hasta la última reserva de petróleo, hasta la última gota: se gastará; hablan y hablan, sí, demasiados, pero se venderá hasta el último coche que se fabrique, o se buscará hasta el último cliente que pueda encontrarse aún por fabricar un coche más: por fabricarlo.


(*) En China, la doctrina “Cheng-ming” rectificó los nombres o las palabras para unos objetivos político-religiosos. Para Confucio suponía la base de una reforma social: controlar lo que decían sus conciudadanos.

En la Europa del siglo XVII, el jansenismo, exagerando las doctrinas de San Agustín, limitó el libre albedrío a los predestinados por leyes divinas.
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lunes, 1 de diciembre de 2008

EL UNIONISMO


Desde la noche de los tiempos el unionismo ha estado ligado a la asunción de poder; primero de las tribus, luego de los pueblos -en el sentido regional- y, después, de las naciones que condujo al vasallaje del imperio, es decir, a una dependencia feudataria que permitía, además, ese arrimar hombros para proteger y endiosar a una nación.

Por eso, por cierto y por verdad, el unionismo es una herencia de la supeditación convenida, que ha escudado a las grandes naciones más allá de una consideración por lo estrictamente local; y, desde hace unos pocos siglos, ha sido una forma de reafirmar sus economías (el nacimiento de grupos comerciales, o la asociación de empresas: "trust"), de potenciar sus estructuras políticas, aun de levantar a unas frente a otras -por lo que se desahucian las más débiles, se excluyen-.

Si ahora vivimos tiempos más civilizados, por la consecución de derechos y por la división de poderes que propugnaba Montesquieu, tal asociación de países no es un error si buscara intereses más globalizadores de fraternidad o solidaridad; pero eso no se realiza porque, en el fondo, rigen las machacadoras y codiciosas reglas del mercado no perdonando, en cuestión, a nada: las riquezas se obtienen de injusticias, son el resultado de desvenjadas, de presiones de grandes intereses económicos establecidos ya como poder injustificable para la igualdad -de los recursos en pro de una mínima supervivencia- y de la acumulación no regulada o limitada dignamente.

Sí, de forma brillante se habla de seguridad como si, la seguridad, fuera “estar a la defensiva” siempre ante los marginados por las economías cada vez más enriquecidas, más asentadas con poder desproporcionado y más depravadas frente a las que... ni siquiera se tienen en cuenta.
Pero, ¿seguros de qué quieren estar, por firme?, ¿de quiénes y para qué quieren estar seguros estos asociacionismos de riquezas?, ¿acaso de no mirar o de no afrontar la miseria que provocan?, ¿qué consideran que es la responsabilidad?

En un mundo global, refortalecer a Europa sí, pero ¿frente a qué y para qué? Está claro que, según los fines -que suelen ser de refortalecer el “eterno” y provechoso “occidentalismo”-, se instigará más pobreza o desigualdad o no.

Por ello, si se habla de humanidad, es más que indispensable el desmarcarse con unas pautas éticas contra ese “histerismo” economicista del poder; e inculcar, también, un modelo que no, no menoscabe aún más a los excluidos porque, sus carencias -en todos los sentidos-, no son amenazas nunca ante la egoísta seguridad de los que están con mucha riqueza que no corresponde a una digna supervivencia humanitaria, sino son “un resultado” de que están así, porque sólo “sobreviven o sólo se desesperan” de una forma lógica en la miseria.

La emigración, el trabajo infrahumano o clandestino -caldo de cultivo de la explotación- o el crear conflictos sociales de “delincuencia”, a veces son caminos inevitables para los que sólo recurren a sus dignos derechos para sobrevivir o, sin poderlo eludir, con sus mínimas necesidades, no conocen cualquier otro camino.

Así que, lo que es la nueva sociedad, debe atender a eso, a un análisis más social, menos peyorativo frente “a los que recogen las migajas de sus excesos y vicios”, de su “seudobienestar; y, también, se debe pensar que, la mayoría de los países pobres, no son los que especulan o embaucan “a todo riesgo” con plusvalías y con usuras en sus mercados, sino los que no quieren estar al margen de lo que les corresponde mínimamente, y lo exigen -ya sea por manifestaciones pacíficas o violentas-.
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LA IRREVERSIBLE DIFERENCIA EN JACQUES DERRIDA


La “estructura” es para Jacques Derrida un organismo no completamente ontológico sino presente, funcional. Ésta va naciendo junto a la cultura, junto al lenguaje, junto al desarrollo social de los seres humanos y, desde fuera, no es posible determinar el momento preciso pues, tal complejidad, supone una creación en parte deslindada entre la relación ser humano-naturaleza. Digamos que, la “estructura”, obedece a un “centro” de utilidad epistemológica o referencial pero, al mismo tiempo, no evita ni puede evitar las infinitas transformaciones posibles de los conceptos que derivan al acontecimiento desde el cual “se mira”, o sea, “se mira” aun con una nostalgia de ideal o de mito tal “centro de la totalidad” de la “estructura”, que no es sino una equivalencia a la realidad fluyente.

Así pues, un acontecimiento y otro, se encuentran “encima” –de una forma irreversible- de todas las conformaciones –transformaciones- dadas, “encima” para seguir “un mismo juego de desprendimiento” aunque, a su vez, de “redoblamiento” referencial (“las transformaciones quedan cogidas en una historia del sentido cuyo origen siempre puede despertarse en forma de la presencia”).

Ante esta ausencia de un “origen” concreto, de una falta de fijación de lo que se desarrolla, Derrida se posiciona escéptico considerando prejuzgadamente que, los conceptos, debieran estar inmóviles para “alumbrar” ese origen, esa identidad que, para él –en un último término-, es inalcanzable.
Sí, el prejuicio deviene ora por la influencia de Nietzsche, ora por la influencia de Heidegger –mayormente-; en uno los conceptos de verdad se sustituyen por los de “juego interpretativo” (1), en otro se destruyen –por una egolatría existencialista-ontológicamente.

Al signo anarquizante le transfiere, él, la causa de esta desvirtuación del conocimiento; puesto que, el signo significante, se remite a su significado diferente y, así, no puede superar la oposición entre lo sensible y lo inteligible.
Éste se presenta como el gran problema, eso es, el no lograr borrar la diferencia entre significante y significado (y Derrida “inventa” el gran obstáculo del lenguaje: en el fondo, la diferencia entre naturaleza y cultura).

Por analogía discursiva “su” prejuicio nace ahí, en que la naturaleza-cultura ya no puede ser una “estructura”, no, sino que es lo que él “elucubra”, lo que a él -a mejor decir- le “conviene” filosóficamente: obsesivamente el hecho cultural.

Y dicho eso, ahora bien, el hecho cultural –que para esto sí conceptúa- ¿dónde está?, ¿en un mundo?, ¿en este mundo?, ¿en qué mundo?
Se puede afirmar sin duda que se refiere a este mundo, que está hecho “aquí”, en esto que llamamos mundo en general, lo que corresponde a “asentar” sin titubeos que es en esta realidad o… en esta naturaleza.
Sí, claro, es una ya evolucionada relación ser humano-naturaleza la cultura y, por tanto, el lenguaje “espontáneamente” lo corrobora; de ahí que, éste, sea “libre” derivando siempre de ese hecho-relación y, ¿cómo no?, adaptándose también a todos los “nuevos” acontecimientos.

Cierto es que, por este concreto camino, el lenguaje es una conformación inteligible –un orden por sí mismo- pero, siempre, “inferida” por una suma de conocimientos, quiero decir, “inferida” por cierta maduración de la experiencia del ser humano con y en su entorno.

Por eso el lenguaje no, no nace “al lado” –como compañero o amigo- de la realidad “inventándola”, jugando a “crear” realidad –como un dios- o interpretándola, no, sino –desde un principio e... inevitablemente- conforme a la realidad, viviéndola; por lo que, la realidad, más bien “interpreta” al lenguaje al ser, ella, quien de verdad “lo protagoniza” o “lo vive” o “lo deriva”, sobre la base evidente de que está la realidad “antes” del lenguaje y ella y sólo ella, digamos, “lo permite”.

En efecto, existe esa condición y sobreexiste, además, un progreso innegablemente en ella misma; en cuanto que el lenguaje no conoce, el lenguaje no vive, el lenguaje no experimenta nada (2) -el lenguaje no se va “de paseo”-.
De hecho, el lenguaje, podría sí él interpretar si se adaptara a un guión original o a una referencia “fija” o estable –porque se interpreta sobre lo que “ya” se encuentra determinado o hecho-, pero no es así. Lo que razonablemente existe es que, el lenguaje, evoluciona al par o con la realidad; luego es inmanente a ella considerando, asimismo, que en ella “está” el ser humano -no al margen-.

En este sentido, por aclaración, se interpreta lo que es esquivable -lo que sí o no con voluntad se puede interpretar-; y, tal hecho, no ocurre con la misma vida pese a quien pese puesto que, la vida, es una acción fehaciente del vivir la realidad, un estar ya en ella, un ser ella misma -más en claro-.

Derrida –con respecto a lo que sostuvo o aprobó Lévi-Strauss- habla de la vida, en incoherencia, como si fuese una exclusión del hecho esencial, como si fuese un dilema naturaleza-cultura que sólo eso consigue, en efecto, disociar los elementos que la esencializan, infravalorando el mismo soporte gnoseológico: el que “reconoce” que la vida es… conocimiento “se tire por donde se tire” y, en correspondencia, cultura, “pura” cultura o “modelo de una organización natural” –que ya ha de partir y sobrellevar lo natural-.

Bien, con esto delimitado, los conceptos no emulan sino lo que se vive; los conceptos “viven” y, por ser “más vida”, justifican a corto o largo plazo un cambio o una adaptación ineludible, pues tienen por obligado que conformar o actualizar más conocimientos o mejores conocimientos debido a, o por razón de, que no son unos “logotipos” sobre algo que se encuentra plenamente dado -no son guiones en los cuales lo vivido ya está hecho, señalado o preestablecido por... un desenlace-.

Un concepto, eso, un “resultante”, es una expresión vital –no inerte- que cuenta con que es vital de un modo extendido, y no se proyecta él mismo como un ente interreal, únicamente lo proyecta la realidad –desde un principio-. Por lo tanto, “beber” y “bebida”, y lo que suponen, entrambos, son “elementos” o “componentes” de una acción vital; ya se digan de una forma o ya se digan de otra, pero existen “evolutivamente” con una adquisición de un nivel de conciencia.

También, habló Derrida del método con “escepticismo”; luego conceptuaba sin darse cuenta “una acción vital”, de la cual se engendraba su pensamiento o filosofía. Así es, reconocía -ni más ni menos- ese concepto como insoslayable, como existencial; no obstante, ya lo extrapoló a otra concepción vital, a la del “ser es diferencia”, “advertencia” que conllevaba o implicaba una conciencia –en suma- de la realidad.

Quizás el principal error de Derrida haya consistido en eso, en esa manida u obsesiva búsqueda hacia atrás, en su afán por estructurar “de igual manera” –haciendo tabla rasa- lo que antes se determinaba como más primario para el ser humano y lo que “ahora” es “en complejidad” o es “en su natural complejidad”.

Sí, cierto es que, todo signo, ha tendido hacia una sobreabundancia de significados; lo que ocurre es que, esa tendencia, es un hecho natural con la misma naturalidad que los seres vivos, sin remedio, han tendido hacia la hibridación (las primeras células comportaban un significado que nunca “ahora” podrán comportar, porque la realidad “de vida” es más compleja).
Ese prejuicio, el de Derrida, radica en... acopiar conceptos para estructurarlos –o pretender estructurarlos- en una realidad que ha progresado -y progresa-, que “ahora” es distinta en gran parte.
Claro, esto no excluye al concepto mismo ni lo niega, sino al forzado acomodo racional que se pretende.

Y este error, reiterado así, lo muestra también contundentemente Lévi-Strauss: “Cualesquiera que hayan sido el momento y las circunstancias de su aparición en la escala de la vida animal, el lenguaje sólo ha podido nacer todo de una vez”.
Ante esto, es deducible cierta visión “mesiánica” o “de abracadabra” -algo imposible en la realidad- que “revirtió” en el hilvanado pensamiento estructuralista hasta nuestros días.


(1) Para interpretar, primero ha de existir un guión original o un hecho ya delimitado para interpretar y, puesto que ese guión no existe de forma estable en la vida –en cuanto a su “multitud de estados o circunstancias y condiciones” de libertad que las varían-, el ser vivo “vive” la realidad.

(2) Siempre se interpreta lo que ya está al lado, lo que nos exige una guía a voluntad, una interpretación; en cambio, la vida –y el conocimiento intrínseco en ella- “vive”, no es una exigencia ni mucho menos, ni siquiera algo esquivable como lo es toda interpretación.
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