jueves, 30 de octubre de 2008

LA IMAGINACIÓN


El nivel de inteligencia de los animales -excluido el del ser humano- se encuentra condicionado o limitado por el instinto, porque corresponde a mínimas acciones y repetitivas, es decir, no se crea más necesidades (necesidades creadas) para actuar y, además, no atiende al entorno en general, a demasiada amplitud; así es, se interesa por cosas muy concretas.
Lo primero que se sabe es, por ello, que posee una reducida y suficiente atención: la que deriva más de su instinto de supervivencia y es asegurada, repetida una y otra vez -a través no de una memoria ampliamente significativa, sino mecánica-, a impulsos instintivos.

Está claro que si un ser vivo tuviera una necesidad vital ajena a esa impulsiva conllevaría una atención mayor al entorno; porque al momento se relacionaría con respecto a él no en función de "lo que le sobrevive", sino de lo que añade por él mismo (por voluntad), contempla, y adquiriría lo imprescindible en el hecho intelectivo: la capacidad voluntariosa de recordar.

Desde eso, sólo una nueva situación biológica-medio habría de provocarle la no-repetición de funciones a algunos de sus miembros orgánicos (con la ayuda probablemente del medio que le eliminaba o le sustituía el resultado a tales funciones) a favor de la búsqueda de otras.
Por ejemplo, que su nuevo medio careciera de árboles y dos de sus extremidades habituadas a treparlos le sirvieran luego, durante un largo tiempo, a una función "más creativa" y también como defensa contra sus depredadores.
El caso es que el erguimiento, la bipedestación, ha sido el único recurso viable -ya es un hecho- por el cual un ser vivo entre tantos fue capaz de iniciar experiencias: por él mismo, por voluntad.
El suceso, tal hecho ayudado por otras particulares circunstancias, consiguió inevitablemente que él ahí prestase más atención a lo que le rodeaba y, eso, significa que se motivaría por seguir experimentándose con el entorno ya de forma decidida, lúdica.

Pues bien, una actividad lúdica duradera no puede por menos que desarrollar otro tipo de memoria menos "mecánica", menos mecánicamente causa-efecto, y más generativa de una percepción sobre el diferente uso de las cosas, esto es, incentivadora de una conciencia que experimenta -para sí- la utilidad, el valor nuevo -el afecto o el sentimiento creado-, la empatía por las cosas -el participar con sus existencias-.

Y eso no es sólo simbólico, es algo más que simbólico; y no es sólo lenguaje o comunicación, es primero autolenguaje o autocomunicación: es un darse cuenta o, mejor, es el sentido de que algo puede ser útil en deteminadas maneras que él mismo maneja (con las manos), que él mismo manipula y descubre.
He ahí que adquiere la capacidad del descubrir, a su voluntad, utilidades para una u otra necesidad y, desde eso, aun para necesidades nuevas.

El ser humano es el único ser vivo que "vive" lo que se encuentra a kilómetros de él; y sólo porque... lo ha retenido de un modo muy particular -propio- en su mente: es capaz de recordar más en suma. Pero, ¿porque? Pues por imágenes, es decir, lo que ve o toca o huele relacionado o referenciado por conceptos, por símbolos -de una u otra índole- significativos -aquellos que no corresponden a la memoria instintiva- que utiliza para recordar.

La memoria significativa o simbólica o intelectiva se basa en que se reproduce una experiencia relacionándose con un símbolo que la hace ser almacenada y, luego, coherente o conectiva a través del mismo o de un parecido estímulo simbólico, se evoca a una experiencia en general.
Por lógica, es de esta manera más probable y en parte ya probada, el recuerdo se "almacena" para ser evocado simbólicamente o referenciado a una experiencia presente o conciencia, como propugnaba Bergson; mientras, está a la espera, en la inconsciencia, para ser después convertido en imagen que provocará asimismo un estímulo simbólico o conceptual.

Se recuerda, de seguida, lo que guarda conexión hasta un presente, pero sólo existe conexión con una obligatoria relación; y una imagen no puede estar conectada en la mente sino por sólo conceptos que son los instrumentos que "recogen" cada imagen.
Por ejemplo: Sobre una mesa hay miles de fotografías -representando a la inconsciencia- y, donde se recoge una o varias que corresponde a lo que se ha vivido en ese instante, es en la construida conciencia a través de la imaginación; y, en efecto, puede rescatarlas porque existe una conexión, un gancho, una capacidad de relación o de identificación, una vía, una simbología constante -un orden simbólico- que le permite "llegar rápido", "encontrar rápido" esas precisas que corresponden a lo que está viviendo en ese instante.
No es "un recoger" sin sentido (o sea, sólo por voluntad), sino sujeto a un sentido simbólico, trascendental en el contexto también intuitivo.

En claridad, la imaginación es la que se remite por ella misma a una coherencia, a la razón; aunque otro aspecto de la imaginación es que puede deformar voluntariamente la realidad fantaseándola: recurrir a construirse como no son las cosas porque eso causa emociones nuevas en un beneficio de huir o de evasión de lo que le daña la realidad y porque la imaginación también ya idealiza, proyecta al futuro ideas deseadas. Eso, pues, es más o menos lo que llamamos fantasía.


Notas.-

El ser humano no recibe información, sino que conecta directamente a su simbología -de su experiencia general- experiencias y, de esa conexión, ya hace información; pero cuando las experiencias las personaliza o las impregna además con su propia simbología. La imagen simbólica no es sólo imagen visual, sino imagen conceptual; en los invidentes es estrictamente conceptual.

La imaginación es, por definición, lo que evoca una memoria organizada o desorganizada pero, en la conciencia, siempre si es organizada con respecto a la realidad puesto que es más o menos entendimiento; y es su instrumento.
La conciencia es lo evocado con un entendimiento, lo organizado -entendido- como memoria simbólica con respecto a lo real, el resultado presente de la atención más o menos voluntaria al medio, o sea, aquél conseguido desde unas experiencias iniciadas para ser resueltas por el mismo sujeto (conciencia implica también siempre algo de autoconsecución); el cual ha contemplado sus nuevas y continuadas funciones orgánicas provocadas en y por el medio.

El recuerdo es la evocación misma, la evocación de experiencias-imágenes llevadas hasta la conciencia; donde interviene el apto consciente del instante (“el apto de un actualizar”) porque sea real (en la imaginación no, pues ésta se encuentra también en los sueños donde grados de inconsciencia reducen que el recuerdo sea real y no deformado).


Lecturas recomendadas: Henri Bergson ("Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia", "La evolución creadora"), John Dewey ("La escuela y el niño"), el cual experimenta que, cuando conscientemente se decide el cambiar una organización de vida en beneficio del progreso intelectivo, el ser humano recurre a todo su potencial imaginativo.