jueves 5 de noviembre de 2009

DE LA CRISIS

El mundo está en crisis porque HAY UNA RECESIÓN (nunca una desaceleración, sino un real retroceso en las actividades económicas mundiales). Y no hay aquí fórmulas mágicas, ni siquiera "ánimos especiales" para evitar que unos cuantos años más arrastren los efectos de esta global crisis.
Por error, hay algunos que "creen" que, cuanto más se hable de crisis, más crisis tendremos; y no es así.

Veamos, toda economía, de cualquier país, esté o no esté en crisis, se basa únicamente en una imprescindible -y creciente si ha de progresar- ESTABILIDAD DEL TRABAJO que, realmente, desencadena o produce CONSUMO; y éste consumo -además de ser el mínimo o el de supervivencia o el que no se puede evitar diariamente- es el que, como sólo producto del trabajo, favorece la INVERSIÓN.

Esquemáticamente sería:

TRABAJO - CONSUMO (consumo de supervivencia + consumo de inversión)

Por lo que siempre determina una crisis un consumo no consecuente con las actividades de un trabajo o de una producción; sí, es éste un "consumo ficticio", incoherente -el que se ha hecho-, de inversiones especulativas, sin expectativas a largo plazo: sólo oportunista para enriquecer rápidamente a unos cuantos. Y es el que... crea la DEUDA.
Es decir, aquí "se cree" o "se hace creer" que el TRABAJO cubrirá o indemnizará un gasto excesivo (siendo sólo "una creencia" que globalmente sugestiona al MERCADO para favorecer oportunidades del enriquecimiento de unos especuladores; claro, con la "vista gorda" de unos gobiernos y de los que supuestamente controlan el mercado).

Así, ningún economista ha de obsesionarse con abusar de esa fibra sensible del CONSUMO; puesto que debe ser consecuente por obligado con una necesaria ESTABILIDAD DEL TRABAJO que racionalmente lo respalde. De lo contrario, ahí está el mayor riesgo, el de la deuda, como una tela de araña que envolverá a todas las expectativas económicas; incluso puede menoscabar hasta el "consumo de supervivencia" de todos los seres humanos (por cuanto que es el mínimo o ése que no se puede prescindir: ése que igualmente puede dejar a muchos en largo tiempo sin mera posibilidad de invertir en... algo y, asimismo, de crear o de crearse trabajo).
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¿Medidas ante la crisis?
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Pues muchas, nunca el hacer pocas.
Algunas: Nunca el subir los impuestos a la mayoría (que puede desahuciar a los más pobres que ya han perdido demasiado), el crear incentivos (tanto de subvenciones como de ventajas fiscales) a todas las empresas por dar un empleo nuevo (pues se debe defender más bien no que una empresa se enriquezca, sino que tenga sobre todo una finalidad laboral), congelar en lo posible el sueldo de los funcionarios (porque su sueldo subió conforme a una oferta frente a una mayor demanda de productos, en una riqueza, con su concreta inflación -o "devaluación"- monetaria que ya no existe), una tasa global a las transacciones financieras y el crear una financiación del gobierno, para todo eso, limpia y prioritaria (eliminando muchos gastos que son innecesarios).
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Advierto que el "modelo alemán", en el cual el gobierno subsidia media jornada al trabajador, requiere un país sin muchos desempleados -porque esos desempleados seguirán desempleados al no haber nuevas empresas o inversiones- y un gobierno sin defícit o solvente que lo que bien quiere, como resultado o como finalidad -también de esa medida-, es el que no hayan, sobre todo, despidos.

domingo 21 de junio de 2009

HIPÓTESIS SOBRE INTERACCIÓN O INTUICIÓN PARASICOLÓGICA


No conocemos un espacio-nada, sino un espacio influido ininterrumpidamente por fuerzas (principios) que condicionan algo que se desarrolla siempre en un contexto y nunca con total improvisación en tanto y en cuanto asume la carga de lo precedente, sucede o continúa con un desarrollo ante un "presente interactivo" que, sí, se improvisa ya por una "casi infinita" probabilidad de hechos o de interacciones.

Así pues, el presente evolucionista no obedece ni puede obedecer a una simple deriva por acabar sorprendiéndose a sí mismo, en un estado de confusión para sí o para nada, a medida que va transcurriendo de modo tal que, un universo, podría llegar al "¿y ahora qué hago?".
No, cualquier evolución no puede llegar a un "punto tonto"(inconsecuente, incoherente) , de final apocalíptico, de "apaga y vámonos", de principio y fin, de "esto se borra y no quedan ya huellas ni principios" (la materia no se destruye, ni menos los principios ligados a ella).
Eso, pues, lo ha inventado el ser humano porque engendra intenciones, "sus intenciones", y éstas sí acaban; pero no son las intenciones de un universo las suyas o, mejor, ni siquiera un universo “padece” de la propiedad del intento, del " a ver si lo logro, si no, fracaso o me regañarán y... se acabará todo".

Digamos que, el ser humano, por afrontar intenciones, depara siempre unos acabamientos, de "dónde estará un origen y, si lo encuentro porque lo busco o me lo invento, entonces, ya hay un final en decepción" por ejemplo; conque cree muy a veces que, el fracaso o no de sus intenciones, incidirá en el universo o se detendrá algo con aforo a sus temores, a su concepción antropomórfica del infinito.

Frente a ese gran prejuicio, ninguna evolución transmite un final de película, sino más bien sigue lo que ya está, en otra transformación, siguiendo ciclos, siguiendo “lo que sabe hacer”; o sea, cada transformación salvaguarda su entelequia en modo alguno, pero no puede evitar todo lo demás (sus presituaciones y principios), el encontrarse condicionada en tanto transcurre al lado de mucho, por lo que sucede, sigue sucediendo y, perdonen, importan un pimiento aquí las intenciones de un bicho raro llamado “ser humano”.
Así, con eso, el darwinismo no es un proceso de automatismo simplemente que decide un medio -o un biotopo- a pleno capricho o con resultados a su dictamen, no, sino como sostuvo Driesch cada evolución supone incluso una sobrecarga de lo precedente, un seguimiento de un "agente individualizante", que no pretende un final pero que sólo se entrevé o se identifica o se remite a no soslayar ese seguimiento; claro, lo que ocurre es que el medio lo adapta, no podría ser menos, pues es el medio un conjunto de estos "agentes individualizantes", de tales elementos que lo complementan (el medio ayuda a complementar cada elemento a los demás elementos suyos, muy suyos).

Bien, ya he dicho “en otros escritos” que la inercia no es una aptitud de deriva de nada, de condenación hacia un final (inercia no es exactamente... deriva), ni siquiera hacia una “apatía” o hacia la suspensión con intencionado decreto de algún principio; la inercia, pues, en este sentido, no existe.
Y es casi cómico el escuchar por ahí que el Universo, nuestro universo, se expande a la deriva como “el que se fue a Cuba y se perdió”. No, la energía no va al "atontamiento", a “sorprenderse a sí misma en el antiella”, en los antiprincipios, en la finalidad, porque no tiene finalidad, sino está en el seguimiento cíclico de sus propios principios en virtud de que no va a gestionar con intención ser lo que es para, luego, no ser nada o para ya, ¡ahora mismo! -en una tabla rasa-, estar condicionada a... nada.

En pro de eso, el ser humano teatraliza una dirección demiurga de todo: instala puntos, instala o conviene orígenes, coloca por aquí o por allá centros, determina que ante esos centros gira todo o, así, lo imagina dictando o decretando que una cosa se mueve porque se mueve otra, o sea, que Juan piensa porque piensa Pedro, que un león se muere porque se muere un gato en ya una hilazón o concepción muy ofuscada que termina encerrándose a sí misma en sinrazón, mezclándolo todo al uso y costumbre del... prejuicio.

Así, en ese error, existe ya un punto establecido y, si todo debe estar al lado o detrás de éste, el pensamiento racional se "aniquila", pues, termina en la locura o en el absurdo por obligado, en la innegable estupidez también -por mi demostrada- de un espacio-tiempo referencial einstiano.

A ver, argumento el porqué: detrás de un punto existirá otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro y detrás de ése otro llegando infinitamente a un otro que, por lógica espacial, tendrá siempre detrás “otro” otro y tras éste otro y tras éste otro y tras éste otro… también; por lo que se advierte, indudablemente, que la razón aquí ha utilizado algo, digamos, mal. Y este mal es el empezar con una “estupidez”: el establecer puntos donde no hubo ni comas, dicho en claro.

No obstante, la razón únicamente nos da nociones prácticas para el contexto donde es consecuente la razón, quiero decir, es una razón del reconocer (reconoce los principios, o la ley de que “con mayor temperatura hay mayor dilatación” por ejemplo), pero no puede instalar al capricho orígenes o centros o cosas ya por su dictado o por un dictado irracional, no, no puede considerar que incide o se condiciona el universo a "su" centro: eso es una paranoia o un prejuicio.
La razón, así es, reconoce el hecho que “se hace” porque se le verifican efectos coherentes a unos principios, es “lo que ocurre”, o bien – por ejemplo - que una persona está condicionada al clima y que, esto, es un factor que sí incide en sus actos o hechos, en la concreción.
Luego, la razón es contextual y, en ello, podría estar la razón -con error- fuera de contexto en otro contexto, al no serle propia; dado que las reglas en ese otro contexto se adecuan o son consecuentes o corresponden a ese otro contexto.

Sí, sólo, sólo conocemos lo que podemos “conocer”, y eso no es determinante más que para lo que es posible que lo sea en reconocimiento, por lo que ocupa o llena un lugar o contexto en un ciclo (un lugar-estado en el espacio, no el espacio); y ese lugar es una situación, una situación no sólo con respecto al espacio físico, sino además con respecto a un estado de condicionamientos, de ya un seguimiento de un desarrollo.

Todo se encuentra situado como "agente individualizante" que... desarrolla: una célula "dentro" de cualquier organismo, ese organismo "dentro" de un ecosistema o de un medio ambiente, ese medio ambiente "dentro" de un planeta, etc.
En tal clarificación, una célula "trabaja" o “se ve determinada” para la racionalidad de ese organismo que ella complementa o “habita”, significando esto que -de otro aspecto- no entiende ni le atañe siquiera qué es una estrella; porque sencillamente “ella sola” no presenta una mínima capacidad para acceder a esa información, ni por "muy suya" o por muy fuerte que se imponga.
Por el contrario, la capacidad de una asociación de "agentes individualizantes de la misma índole” sí llega, sin duda, a un resultado de una mayor información de lo externo y, por lo tanto, comprende una mayor realidad. Y así, si la comprende, la asimila como información, se adapta -por afrontarla- "telepática-intuitivamente" hacia ella.

Un mosquito sólo se adapta a lo que se adapta; pero, si el ser humano conoce más, se adapta de seguida a... un mayor conocimiento, pues lo considera ya y lo considerará, se deja condicionar por él.

Tengamos en cuenta que, eso, sólo es posible con la visualización-memorización mental del medio o del espacio, sí, por obligado o en consecuencia con ese mayor conocimiento el ser humano “trabaja” o se realiza con un detallismo mental del medio. Lo que, al momento, permite una mayor capacidad de organizarse “sobre él”, de "anticiparse" y “de decidirse sobre él” o de proexistirse o de ejecutarse o de tener una mayor voluntad sobre él.
Nace, así, una inevitable “conciencia de extender o de prolongar su organismo mentalmente u organizativamente sobre... lo externo”.
Quiero decir, el ser humano es un ser vivo que “ha aprendido a crear una visualización” (aquí no tiene nada que ver con el sentido de la vista, sino con todas sus capacidades, sentidos y primordialmente con el sentido espacial) mental del espacio; o sea, es capaz de visualizar y de "llevar consigo" el mapa -al igual que se lleva un mapa genético que... condiciona- o todos los elementos, detalles, de una habitación personal, por ejemplo).

Eso "lo lleva" indudablemente; es, por ello, algo singular tal capacidad por conocer y transmitir el detalle, de "llevarlo" organizado o cohesionado en su contexto y, además, coherente con todos los otros detalles de su contexto, hecho que comporta que sea más orientativo para acceder a un mayor número de conocimientos. He ahí que “ya” se sitúa, además, atrevidamente frente a las estrellas.
Pero las estrellas, algo lejano, "trabajan" por otra razón o no tienen por qué comportar “lo mismo” o ni siquiera acarrear con la misma utilidad de la razón en otro contexto.

Digamos que la racionalidad, en el ser humano, sólo es un “pasaporte” o una capacidad con sus limitaciones o restricciones que determina un... contexto. No, no puede extralimitarse a más: conoce cualquier cosa en función de lo que conoce, no de lo que no conoce, no de lo que no puede conocer. El ser humano conoce los procedimientos -unos- que conoce, no los que no conoce.

Retomando lo anterior, el mapa mental de la habitación en la cual vivimos lo “llevamos”, desde luego, a otro sitio y, en ese otro sitio, en la ya distancia, sabemos qué le "duele", “qué proceder será intuitivo” (porque poseemos tal capacidad intuitiva), es decir, qué se deshabitúa a ella, si le hemos dejado una puerta abierta y, así, le entra aire frío o humedad o, asimismo, si le hemos dejado un cuadro mal colocado. Entonces, el ser humano “nota” algo “en la distancia”, “siente en la distancia de lo que... le ha complementado y, por tanto, es suyo para transverlo”.

La habitación, por su parte, “nota” una carencia porque, si en la naturaleza -en todo- ocurre que sí, que la naturaleza influye y condiciona en dondequiera que esté a un ser vivo, entonces, en otro nivel ¿por qué no?
A ver, el ser humano antedicho es, sin duda, un elemento “de ella” como lo puede ser, asimismo, la puerta abierta, ¡sin discriminaciones!, por lo que la habitación, “lo que ha significado”, "echa de menos" su elemento complementario, pues "se siente... incompleta".


Otro ejemplo: Un señor habitúa a su coche nuevo a un rodaje "suyo", por lo que el coche ya no es un coche cualquiera, sino posee “ese” condicionamiento progresivo, o sea, "lo lleva". Pues bien, si en un momento otro señor lo conduce, el coche "se da cuenta", “nota”, claro, en la "dimensión lógica suya de su contexto" o... advierte tal intrusión.

Otro ejemplo: Cuando un señor tiene una mascota, un perro, "lo hace" con unos hábitos. Pues bien, el perro, conforme a esos hábitos, está siempre (pre)sintiendo el desarrollo de los estados de ánimo de su dueño porque sencillamente... ésos influyen a un “seguimiento complementario” o a un trato de él sobre sus hábitos, los cuales le condicionan.
El perro “advierte”, en efecto, unos niveles de intrusión con respecto a esos hábitos, en tanto y en cuanto su amo u otra persona se apegan o se desapegan, se ciñen o no, a los hábitos que "lo han hecho".
Sí, el perro siempre “afronta una susceptibilidad” a través de una comunicación "telepática o intuitiva" con su dueño o con el entorno. El perro “lleva” consigo toda esa parte en la que prolonga su vida y su cuerpo y, por lo tanto, se comunica inevitablemente con ella, “extiende su comunicación en la distancia”, algo que propicia que unos sentimientos lleguen en cierta manera a coincidir en sentidos contrarios, o a remitirse a sí mismos en la distancia.

En fin, no determino el que exista una comunicación sobrenatural, no, no es esa mi tarea ni la de este ensayo, sino “sostengo” y reconozco la más sencilla, pero de la cual sólo dependen contextos de comunicación diferentes a los que ya se han reconocido.

(Artículo escrito en 2004)


José REPISO MOYANO

jueves 16 de abril de 2009

ALGUNOS PENSAMIENTOS PUBLICADOS ANTES DE 2005


Un sentido primordial para la inteligencia es el sentido de la “vergüenza”, del ridículo mental (tal conciencia) ante los problemas reales que sufren unos y otros. Por eso, cuando el que lo posee piensa, advierte el contrasentido o no teórico-práctico al propugnar sus planteamientos.

Un político o cualquier otro ser humano que intenta gobernar debería, por supuesto, pasar por esta prueba: ¿lo que pienso sobre este problema lo pensaría igual si el problema lo tuviera mi hijo?, y ¿además lo pensaría si el problema lo tuviera quien odia a mi hijo? Porque, en el fondo, es algo que evita prejuicios”.

Sobre el respeto:
Éste está en el ámbito de lo afectivo. Nadie puede decir que respeta a todos en la misma medida (sin embargo sí en los baremos que “se han convenido” de justicia social, que bien deberían ser para todos igual, en... derechos humanos), a un asesino como al que no ha matado aún "una mosca", a un desconocido como a una madre, a un dictador como a un trabajador humilde; es decir, hay “muchos respetos” en función de qué se “hace”, de cuál es la responsabilidad de cada uno y, también, de unos afectos propios (apegos afectivos), ineludibles. Esto significa que la “forma de respetar” ya queda determinada a ser más benevolente por simpatías o intereses personales.

Tras eso, los conceptos de amor, esperanza, angustia, consuelo, ternura, empatía, etc., son muy difíciles -por no decir imposibles- de cambiar porque no son constituibles, o sea no dependen de convenciones sociales, son vitales, "de toda la vida", son inherentes o consubstanciales al hecho del vivir, existen en cuanto... se viva. Sin embargo, algo muy distinto ocurre con nación, matrimonio, trabajo, estado, ciudad, etc., que sí son constituibles, o sea que se pueden diseñar de la manera que más convenga en virtud de un progreso lo más justo posible, sin discriminar a nadie”.

Así, son los únicos que van a producir todos los conflictos internacionales en el futuro, los que garantizarán que permanezcan las guerras -a nivel internacional y no civil- y los enfrentamientos entre civilizaciones: EE.UU., Irán, Corea del Norte, Israel, Pakistán, algunos países del Este, algunos países del sudeste asiático.”

Cada persona en sus derechos humanos es respetable, no cabe duda; y como persona. Pero igualmente una flor como flor, una piedra como piedra, una melodía como melodía, un león como león, etc. El problema surge cuando se quiere considerar una flor como símbolo nazi, una piedra como instrumento o arma para matar, una melodía para solapar una guerra o un león sin más para que jueguen los niños con él.
O sea, cada cosa se respeta de un modo diferente, por lo cual ya se ha discernido o clarificado su ámbito -su delimitación- de respetabilidad, ya se ha advertido que el respeto no es un juego de irresponsables, que no es confundir, que no se puede usar para tendenciosas incoherencias o justificaciones incoherentes.
En eso, no, no se puede justificar un respeto a una persona cuando los hechos demuestran lo contrario, un respeto a las víctimas del terrorismo con reticencias a un proceso de tolerancia para erradicar con diálogos crispaciones u odios -que siempre alimentan el terrorismo-. Sobre la base de que sólo encarcelar a los terroristas no garantiza que no siga el terrorismo, y sí la culturización de los motivos de la no-violencia y la distensión -con el diálogo- y la no-opresión -con no reprimir libertades o autodeterminaciones personales-”.

"Pureza", este concepto es un concepto ideal de la voluntad; pensemos: ¿sería puro el haber evolucionado con dos ojos o con uno que hiciera la función de los dos?, ¿sería puro que en vez de utilizar la vista, porque ésta no existiera, utilizáramos un sentido de la captación de calor y únicamente por éste nos orientásemos?, etc. Es decir, podemos intentar instalar tal referencia, la de la "pureza", pero siempre lo hace la voluntad y además de forma... ideal, o sea, corrigiendo a la naturaleza.

Pero hablemos de voluntad, ¿es un don o desarrollo acaso sólo humano?; pensemos: los animales también eligen "a su forma" primigenia o instintiva, cada ave en la anidación -por ejemplo- recoge la materia prima de la naturaleza que a ella le parece mejor según sus capacidades físicas -fortaleza o endeblez- y según la influencia de sus más cercanos depredadores; es decir, también... eligen, pero de un modo menos sofisticado -podríamos decir- porque, si no, no podría ser posible la evolución, cierto margen de libertad o de autoconducción de cada cosa, en ese caso de un ser vivo.

Sí, la comunicación lingüística del ser humano hace un “idioma concertado” por la voluntad, desde luego, y se libera demasiado o al menos algo de lo natural o de la supeditación que acarrea. Pero pensemos, otra vez, en los animales; por ejemplo, supongamos que las aves se despegaran de construir tan supeditadamente "a lo natural" nidos y decidieran -ya con voluntad- construir nidos de colores, con adornos para expresar sus grandeza, etc., y así, en adelante, consiguieran un idioma al igual o dependiente, además, de la voluntad como el de los seres humanos. Pues, eso, no quitaría nunca que partieron o se apoyaran de lo primigenio para, luego, añadir un lenguaje o idioma... más complejo y, en tal complejidad, más superfluo; es decir, más subjetivo de "esas añadiduras menos esenciales" que la voluntad presenta.
Por ello, los diferentes tipos de comunicación están interconectados, sí, en la realidad hay como un gran "Internet", en donde todos los lenguajes interaccionan; de tal forma que lo elemental se viste de complejidad, ya sea por la voluntad, ya sea por la características de un medio o de un contexto en concreto. Y la complejidad, al final, vuelve a lo elemental (tanta complejidad del ser humano llegará a lo más elemental al final, al polvo, al éter, a la energía)”.

La ciencia en sí misma es soberbia -en el plano intelectual- frente a lo que ha dejado atrás que, quizás, sin duda en gran parte, tenía más humildad si lo entendemos por no creerse "tanto”, con más recelos que los de ahora; pero, ese no posicionarse claramente por lo que se demuestra -sin tabúes-, ese no atreverse al conocimiento con determinación provoca que todo se eche a perder y no existe así ningún progreso, ni ético siquiera.
Pensar coherente, ser civil, ser ético, ser lo menos cruel significa, en esencia, sostener a largo plazo principios (también unas mismas reglas para todos, no aceptándose que el demostrar sea válido “para unos y para otros no”, al ser antipáticos por ejemplo). Y defenderlos de modo personal: no dejarte sobornar para que los renuncies, no dejarte “tomar el pelo” por los que quieren pasar una cosa por otra o simplemente taparla (la injusticia se basa en tapar)”.

La intolerancia sólo existe si aplicas recursos tuyos o públicos para que el “otro” no pueda conseguir algo o lo que le corresponde en su dignidad prioritaria (en el debido reconocimiento) al ser también ser humano; por lo tanto, se lleva a cabo cuando “actúas” así -sólo con modos de censurar, de silenciar y de impedir una particular realización- , nunca porque tú digas lo que digas, ni porque tú seas fiel a lo que digas, ni porque sostengas un rigor antedicho”.

La especulación inmobiliaria en España ha sido una de las más inmorales que han existido en la historia. Sí, ya se puede hablar de millones de inmigrantes, éstos necesitan una vivienda forzosamente y, los que del sucio negocio viven, se las han subido ya el triple en poco para que la paguen los que ganan el pan a sudor seguro -mientras que los especuladores con una decisión en unos minutos, pero esos beneficios a miles ¿se acordarán luego que los ganaron así?-. Asimismo, la mayor parte de la prostitución que hay en España es ya de explotación inmigrante, de disfrute de esos que lo callan, de negocio de las debilidades de los débiles y... etcétera (esa inmigración "prostituida" ¿se recuperará alguna vez tras el consentimiento inmoral de un país sin responsabilidades e ignorando sus daños?)”.

Si los que reciben una injusticia no se “sienten víctimas” de tal injusticia, ¿qué justicia no recibida van a reclamar?”

La sociedad, en masa, siempre se identifica con "un poderoso en algo" (admira a tal cantante que ya tiene poder de influencia, de mediación, de dinero, etc.); por lo tanto, la sociedad nunca ayudó de verdad a una persona íntegra en valores en vida (¿a quién?). La sociedad, en masa, sólo ayuda al que ya tiene un apego de consentimiento -o de complicidad-, un poder o un sobreprivilegio social”.

Únicamente sufre quien inevitablemente recuerda sufrimiento -o injusticia- del que se le ha causado”.
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viernes 2 de enero de 2009

LO ESENCIAL


Si una mujer tuviera unas medidas corporales bastante proporcionadas, y de una altura de 175 centímetros pero, sin descartar, que fuese muy sensible, muy reflexiva, muy analítica y muy ingeniosa, entonces, sería un resultado de una mujer completa, perfecta con respecto a todas”.

¡Ah!, de entrada, esto no es más que un enunciado de los que, a veces, “se deciden” o se construyen -claro, por la lógica- como axiomas o reglas matemáticas; porque, esta ciencia, sí, atiende primero a una lógica de los números y de las proporciones, como base, en operaciones para todos sus posibles resultados armónicos o... ideales.

Por ejemplo: Una esfera es un resultado sólo, sólo matemático y resulta, asimismo, ideal (perfecto) o lo que supone o señala, por igual, un triángulo equilátero; por cuanto que ya resultan perfectamente armónicos así -en elección o en volición-, mediante la utilización de axiomas “perfeccionadores” -en lógicas- que, “inevitablemente”, se dirigen hacia esa armonía “deseable”, esté o no esté en algún lugar, exista o no exista.

Con eso dicho, desde luego, un teorema o una regla matemática puede ser la verificación de que se cumple algo con unas concretas mediciones o, por otro lado, la pretensiosa traslación de que algo debe cumplirse con los mismos elementos de esa verificación; esto es, lo que se supone que puede ser verificable, aún no siéndolo (más claro: se busca un resultado en vez limitarse a encontrar un resultado).

La lógica, que “siempre se ha entendido” como matemática -de hecho, es su sustento-, fue propugnada o enseñada por Platón y Aristóteles estableciendo, para el conocimiento en general, ya un procedimiento analítico o pensamiento analógico; es decir, de unívocos o de semejanzas, de interconexiones, en la prioridad de relacionar cosas porque, como consideró anteriormente la escuela de Mileto, existe antes que nada -por evidencia en la realidad- una “homogeneidad entre la causa y el efecto” (si la realidad de las cosas es física, sus causas también).

Pero, aun así, por una concreción, ¿qué es lo esencial para la lógica?
Para Anaximandro y Anaxímenes -epígonos de Mileto-, era la naturaleza como “causa última”; posteriormente, en el pensamiento cartesiano, era una “causa primera” o suficientemente sólida en la lógica, aunque fuese ésa -que puede pasar por algo solipsista- del “pienso, luego existo”; y, más actual, en el pensamiento paradigmático de Kuhn, son unos patrones de pensamiento asertóricos que se siguen, aunque siempre sobre sus valores anteriores.

Para Kant, a tenor de eso, lo esencial... era la intuición del ser que se traslada en el tiempo, que trasciende con su “a priori” intuitivo e inesquivable; y, para Hegel, sólo las ideas de cualidad, las cualidades, definen qué es el ser, porque ya lo dintinguen, lo diferencian, lo exponen (o sea, a cada ser con y por sus atributos).

La lógica, sí, es -en resumidas cuentas- la consideración evidente de las posibles relaciones entre las cosas -con sus propiedades- y sus resultados que se dan por seguro ante unos principios o reglas más o menos pretensiosas; conque lo esencial, para la lógica, es todo principio demostrado por la práctica, en la experiencia (por ejemplo: el principio hidrostático de Arquímedes) y no, no todas las reglas que “se deciden lógicas” para “resultados lógicos”, también “decididos”, en incorporeidad, como... “ideales lógicos”.
De manera que, un principio, no es ni plenamente significa una regla; ambas cosas están separadas por... la experimentación, por la “praxis”, por la verificación práctica.

Un “silogismo”, un axioma, con ello, desde luego, pueden ser independientes de la realidad; a ver, estos conllevarían, sí, unos efectos perfectamente lógicos pero ante unas proposiciones (causas) no realmente lógicas, sino idealizantemente lógicas, o ésas, “las que se han de esperar”, no siendo aún.

Lo esencial de algo, la propiedad que se le distingue -a él- tras una comprobación física, no tiene por qué ser esencial para otro algo; conforme a que no -como primero-, no le constituye, o conforme a que ni siquiera los dos pueden hallarse en unos contextos análogos o que se relacionen.

Las matemáticas, éstas congeniando todo tipo de resultados numéricos y proponiendo, en esa lógica o lógicas, resultados muy armoniosos, a veces se separan de eso tan sólo que es esencial, de eso ya... comprobado, ya posible. Quiero decir, no rotundamente una esfera está demostrada como real, sino es -”de antemano”- lo que “se sueña” ante proposiciones “idílicamente perfectas” como idealidades matemáticas; y es muy improbable en la realidad cuando, ciertas linealidades matemáticas continuas, son imposibles en un espacio interactivo, éste siempre impidiendo o “rompiendo” una fija o íntegra o deseable -en fija continuidad- armonía.

Además, algunas “puras lógicas” o “sublimaciones numéricas” o resultados axiomáticos ya utilizan unos elementos “desacreditados” o no comprobados como reales.

De la multiplicación de 2 por 1, todos pueden ver a DOS COSAS que se multiplican por UNA para obtener -lógicamente- un resultado correcto, el que le corresponde; por el contrario, de la multiplicación de 1 por 0, todos pueden ver a UNA COSA pero no pueden ver, nunca, a la otra con la cual se multiplica.
Es así, es un “supuesto lógico-matemático, una “referencia idealizante”, útil a eso, pero no real, no comprobable.

Un triángulo equilátero, al igual, representa no más que una proporcionalidad buscada mediante las aplicaciones, sin limitación real, de los números; o, más claro, estos tienen todas las licencias pero, en particular, ninguna, ninguna limitación de las que ya la realidad -o la experimentación- obligatoriamente presenta para que sea como tal, sujeta a su mismo o a su concreto contexto, a su interacción en su carácter posible, a su “ontogenia” sólo posible, o a sus consecuentes principios.
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sábado 27 de diciembre de 2008

PRINCIPALES CONDICIONES DEL YO EMOCIONAL


Al “yo-solo” construido emocionalmente siempre le dominará la duda o la insatisfacción (1) por alcanzar una compañía complaciente, un tú seguro que no le falle, que sea el que le comprenda en todas sus dimensiones y, así al lado, incondicional, le consuele.

Entonces, busca el “yo-solo”, por entre todos los avatares de la vida, a quien de forma más convincente le demuestre ser el “tú-encontrado”; porque lo buscará -como un mandato de su instinto de supervivencia- incluso aunque no quiera o lo hará, siempre, su subconsciente.

Pero el ser humano no es nunca sólo consecuente consigo mismo, sino con unos seres de una colectividad que les han transmitido intuitivamente que sienten “lo mismo” en el fondo de ese contexto –pues, también la emoción se ha educado socialmente, y se ha transferido al menos en su carácter social-, o sea, que como miembros de su hecho social son copartícipes de tal “angustia”, digamos, que busca o desea una solución.
Deduciendo eso la permanencia de un valor existencial “de conjunto”, claro, de especie social que continúa con esa condición, que trasciende en usufructo de lo que comparte (2).

En el fondo, también es una cuestión -intelectivamente- de dignidad humana a pleno riesgo hasta más allá de su conciencia, apoyada en que el ser humano se habituó a acompañar y a ser acompañado: cada “algo” que conocía le significaba una compañía "productiva" de sentimientos y de intimidad –valoración de sí mismo- (3) y, por empatía, acompañaba -en un momento "presencial"- a eso que representaba realmente lo que ya había conocido.
Con esto, defiende esta acción social en su individualidad, en su individualidad no aprehendida como sola, frente a todo límite, frente a cualquier terminación que no quiere concebir –ni siquiera puede hacerlo- emocionalmente (4); tal como Sócrates, en rectitud virtuosa, se enardeció -para sí mismo en convencimiento- fuerte contra la adversidad (5), construyéndose o preparándose muy seguro en su interior (el “conócete a ti mismo” le servía de escudo protector, y nada es más cierto).

El yo, con lo dicho, quiere al final descontaminarse, depurar su ciclo con una terapia de encuentro (saudade), o ser lo más fiel a “su origen” o a sus raíces pero, antes, sin despreciar su única y sobrevalorada conciencia: su esencia de irreductibilidad, su ego ya tanto sobrevivido –“luchado”- y a él sólo confiado, su sentirse separado -lo cual le provoca una alerta- de lo que no es (6).
Así, su telos es su propia conciencia inesquilmable, una gnosis del yo en cuanto que no procura únicamente disolverse en el todo que lo “protegerá” con... todo, sino que se siente un complemento particular -especial-, forjado, conformado (7), trascendido y, como tal, trascendente –un “camino de vuelta”-, una entelequia que se revela al final con una apropiación del yo –ya mirando hacia atrás- y, aun, con una remisión de él hacia la sinapsis del todo.


(1) Según la teoría pascaliana, la idea emocional es un “esprit de finesse” (corazón), un sentimiento de finitud que crea, por tanto, insatisfacción.
(2) Según Hegel, la ideación del yo se proyecta fuera también en el paso del tiempo; semejante es la teoría del “tiempo creativo” de Bergson. En Stendhal, nostalgia por valores interiores que, por supuesto, trasciendan.
(3) No existe intimidad ni valoración de uno mismo sin “el otro” como pretendida compañía social.
(4) El sentimiento de angustia “por desesperar de sí mismo”, porque tiene el ser humano el dilema ambicioso de “César o nada” defendido por Kierkegaard.
(5) Al final, en la proximidad de la muerte, se busca la reconciliación con todo, se anhela la paz, se anhela un destino liberador: el presentimiento -o la escucha de una voz “panteísta” que siempre llama- de Conrad.
(6) Heidegger propugnaba la irreductibilidad del ser que, eso precisamente, lo caracteriza ya como diferente, como un luchador de su diferencia.
(7) El “sentimiento” o el comportamiento de componer es la nemónica (memoria) de la naturaleza.
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Nota.-
El enlace que he elegido a "dignidad" da sólo una definición etimológica y, ésta, para ser coherente, debe completarse con la actual que ya corresponde a un merecimiento -de "valor"- con respecto a unos principios morales "de ahora" y, también, con respecto a unos derechos humanos.
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viernes 12 de diciembre de 2008

SARTRE Y EL EXISTENCIALISMO


El existencialismo fue una corriente intelectual que se generó por y a raíz de una sociedad en crisis, como la de principios del siglo XX, con unas ideas de volver o de refugiarse en lo más humano, en el "buen salvaje" de Rousseau, en el ser "que se vive" de Kierkegaard, en el grito emocional más que racional: el cual despierta o hace al ser humano ser consciente de sus sometimientos.

Era un posicionamiento crítico, anárquico, rebelde; era el vuelco de la historia a favor de un ser humano en concreto, señalado con el dedo de la revaloración, ahí, esperando que su situación de angustia ontológica sea tenida en cuenta, esperando ser escuchado, esperando que la humanidad no progrese sin él, sin su sentimiento... desahuciado.

Este posicionamiento lo defendieron: Heidegger, Sartre, Marcel y Camus, entre otros.
Sus reivindicaciones se expresaron con la duda, con la lamentación de un existir humillado o sometido (por "el todo de puertas cerradas"), con el pesimismo, con el subrayar constantemente la carencia de un "sentido justo" ante tanto horror que, en el mundo, recibe y protagoniza el ser humano.

Por eso, por ese aspecto de quitar cadenas y de liberalización, se puede considerar como el primer grupo intelectual "de compromiso" con la esencia del ser humano puesto que, si los ilustrados lo incitaron a que se librara por medio del conocimiento de la obediencia ciega a los poderes fácticos, los existencialistas promovían su propia conciencia crítica frente a la sociedad y frente a sí mismo, para librarse dentro de sí mismo incluso, ya consciente de toda clase de miseria por dirigirse, así, a la necesidad de ser solidario o de comprender a los demás.

Sartre (París, 1905-80) sostuvo que cada uno de nosotros somos un ser libre, en ciertas direcciones que podemos o no elegir; pero, en contra, eso supone también una condena, una "fatalidad" de ser... siempre libertad: No podemos elegir no ser libres, no podemos elegir no desear, por lo que el ser humano está claramente condenado, condenado a una "pavorosa" libertad.

Es cierto -porque posee voluntad-, dentro y no alrededor de este cerco, de lo que hay, sólo se puede vivir; en tanto que, siempre, se vivirá de lo posible, desde unas inesquivables raíces "de lo vivido" pero, sobre todo, de ese contexto que posibilitó a tales raíces el desarrollarse o el que formaran algo.
Al lado de esta angustia, él creyó en el ser humano, y lo concebió como un proyecto semejante a una aspiración contenida o constituida por valores, en cuyo centro se encuentra la intención, el menos vano de los valores: el intentar siquiera, con autenticidad, el crearse uno a sí mismo o el dirigirse, con eso, a su felicidad.

Es evidente que, esta digna aspiración, sugiere seguir irremediablemente a un humanismo que ya no es abstracto, sino que es algo concreto y necesario, un humanismo que no es el que, de forma renacentista, se defendía por liberar a individuos mediante mitos o fijaciones para un "ideal del yo", claro, con referencias o encasillamientos que “provoca” en la historia.
Aquí, en cambio, es un humanismo del aprovechamiento de la libertad para construir o simplemente avanzar, es un humanismo que no quiere siquiera orientarse de su pasado, que aun niega definirse “por naturaleza”: una verdadera utopía (procura, así es, dar un sentido... a la misma existencia).

Algo de virtuoso es tal propósito, pero su error fundamental se decanta en que sólo es un propósito, uno que abusa quizás de proposición cuando, en realidad -porque es realidad lo que ya somos antes de nada, o de un propósito-, el ser humano debe seguir obligatoriamente a unas reglas o “referencias” (mejor: desarrollos o ciclos) no elegibles, sino condicionantes, condicionantes porque a él lo han hecho y porque, así, pueda existir.

Los principios condicionan para que, algo, consista precisamente en algo.
Es el mismo error que cometió Heidegger y en grado tal que, el ser humano, no es un "ser-ahí" tan sólo, advertido de golpe: además la realidad ya lo ha permitido "hasta ahí"; por lo que no es ese "ser-ahí" mágico u ofrecido en un "abracadabra", no el ser abandonado supuestamente por la realidad, sino es el ser que se acumuló y aún se acumula de realidad y de elementos reales.

Desde luego, lo que bien se puede hacer es “modular” ciertas de esas acumulaciones o rechazar las que son posibles en adelante rechazar -como los valores creados desde la sinrazón o desde la ignorancia o no consubstanciales al ser humano, en cuanto que no nació para establecer definitivamente un prejuicio-.
Se tendrá, con ello, que hacer lo posible y eso no es un absurdo o una inutilidad, no, sólo es conformidad real de adaptación: el aceptar la realidad útil para su todo que progresa, no para la conveniencia del antropocentrismo de turno -un prejuicio-.

Porque, cuando este antropocentrismo de forma exagerada pide para sí más, "quita" o ignora entonces a otra parte de la realidad sus posibilidades -de éstas tenerse en cuenta con el conocimiento y de ser, para el ser humano, más fiables condicionantes-; acaso desde una coherente o natural... humildad.

Sartre, en fin, deseaba una terapia para su condición existencial y, de entrada, significó sin duda el existencialismo una de las mejores terapias -basada en la impostura o en el “atrevimiento emocional”- de las inculcadas hasta el siglo XX; porque ya se sabe que, todo, se debe intentar -cuando es humanitario-, incluso lo imposible, tan sólo por usar otros recursos o reconocer o darse, al menos, cuenta de hasta dónde se puede llegar para comprender más lo que somos; y, en ese digno intento, se aprende y se rectifica: he ahí ya un auténtico humanismo.

Lectura recomendada de Sartre: "La náusea", 1938.

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martes 2 de diciembre de 2008

EL DOGMATISMO

El ser humano una vez que vive en sociedad no puede ser libre, en cuanto a que está sujeto a leyes y éstas las protege un Estado o un poder organizativo que, socialmente, siempre existirá.
Por eso piénsese: esa supeditación permanecerá porque, a toda organización social, le es inherente un orden activo que, sin tregua, es ejercido de unos sobre otros y, por representar el poder, de esos primeros sobre ellos mismos –aunque con más libertad, ya que ellos deciden las leyes que salvaguardan sus privilegios-.

Desde luego, el poder tal como es se engendra así como "dogma": en pro de beneficiar “siempre” a los que se encuentran vinculados a las instituciones y, al resto, en la medida en que se pueda. A unos “siempre sí” de una forma incontestable; en cambio, a aquél, a ése, en algo, en la medida que él se deje ver o pueda presionar o pueda escandalizar públicamente a esos que “siempre sí”.
El dogma es lo que se resiste a presentar cambio o progreso ante la razón; y, en cuanto se trata de algo que se refiere a la costumbre o a la fe, más se resiste, más se retuerce obsesivamente hacia un único fin.

Con esas premisas, la sociedad se vaticinará –mientras exista- en suma para ser sociedad con... leyes; sin embargo, han de modelarse y evolucionar de una manera tan proporcional como la sociedad en sí misma cambia. Si no, heredará o arrastrará sus injusticias; pero, ahora, frente a un portento más evolucionado de la razón, por lo que "ésta" -la supuesta por la sociedad- puede acostumbrarse a justificarlas, a vivir con ellas, a consentirlas, a dogmatizarse o ser seudo-razón.
Sí, ya sabemos que un científico en este tiempo descubre racionalmente algo –utilizando por fuerza la razón que otros le han facilitado-; no obstante, sólo es razón escindida si prescinde de una coherencia. La razón que adquiriría un adolescente con el aprendizaje de todas las nuevas técnicas de la manipulación genética entregado en su “torre de marfil” para unos beneficios “inculcados” o dogmatizados porque, del mismo modo que no se comportaban plenamente racionales los médicos que trabajaban para los nazis o para otras causas erróneas –aunque lograsen descubrimientos científicos-, en la actualidad intelectuales hay que se hallan alineados para sobreproteger, para sobrealimentar, para justificar ciertas conveniencias racionales o un adoctrinamiento.

Incluso durante la Restauración francesa (1814-1830), por intenciones de Royer-Collar y partidarios (Guizot, Rémusat, etc.), se adoctrinó el liberalismo contra el absolutismo, cuyos resultados convenían en verdad directamente sólo a una parte del pueblo o a la burguesía; pero, sin duda, demuestra eso que es una constancia, que el dogma es y será utilizado con todos sus variantes: para una religión en donde unos se enriquecen desmedidamente con él y para un movimiento social –como el marxismo- en donde se acaba al final disolviendo la posición crítica o la razón (*).

Hoy en día lo que ocurre es que la mayoría de los intelectuales –la mayoría que no quiere decir todos- se saturan de información y no la eligen, o no saben elegirla en tanto que el corporativismo o la omnipresente “grupalidad” ya les delibera o les especula todo lo que tiene que ver con “una” línea en concreto; así que, sugestionados por tal “linealidad” en su amplia extensión superflua, no atienden sólo a la razón –con una exigida independencia- venga de donde venga. Eso es, no asumen un código ético de… reconocer lo que es racional, advirtiéndolo y valorándolo en su justa medida.

No es extraño el darse cuenta de que, un intelectual o un científico, ahora suele decir antes “trabajo en ese proyecto”o “empresa” –lo cual le dará prestigio- que “trabajo para la ciencia” o “por una coherencia”.

Por ello, en todo caso, lo que se debe evitar -y bien- es cualquier dirigismo en contra de la razón, o un dirigismo de la censura.
El intelectual –porque sea coherente- tiene el imperativo moral de denunciar los abusos de poder que benefician o engrandecen a unos pocos, las medidas de autoridad inservibles u opresoras, la “unipersonalidad nacional” o un exceso de patriotismo que aúna los odios para el aislamiento social o para la guerra (en todos los aspectos: el integrismo).
En claro, el odio de una persona no llega a ninguna parte –no es tan relevante-, empero, un odio social sí escudándose o ayudándose de muchos para desestabilizar un país a favor de la crispación, de la violencia.

Aquí, en el mundo, las leyes ejercidas deben ser leyes prácticas, no leyes divinas o sublimadas por el capricho de cuatro iluminados para la alineación o para la manipulación irracional; luego, lo "supremo", será el derecho facilitado o permitido –distribuido-, la dignidad humana –para cualquier poder en el contexto ejecutivo- conforme a que, ya lo íntimo, no se impone, es algo "personal", como se sobreentiende en el arte o en el ideal político.
He ahí la base: el antidogmatismo, la concepción responsable de que existen seres humanos iguales en derechos con la necesidad, sobre todo, de recursos prácticos, no de dogmas.

En derredor nuestro, el dogma se nutre de la sinrazón, del “porque sí” irracional, de la justificación injustificable, del consentimiento útil a la censura y no al sentido crítico, de la hipocresía, de la inculcación del miedo o del amor ficticio –el de moda que responde a unos cánones que incentivan la marginación-, de la mentira.
Al dogma, a ultranza, le agrada el quietismo, la optimación manipuladora, el “todo va bien, el “Dios lo ha querido así”, la resignación.

En lo más íntimo –cuando se impone- provoca la ignorancia puesto que, por definición, significa restringir la razón, acotarla (mientras que el conocimiento –o la razón- descubre, el dogma se paraliza, fija y, así, encubre o tergiversa lo demás).
Aposta, el dogmático, después de demostrado un error –o una sinrazón- sigue con él y, encima, sigue con el truco de “tengo la conciencia tranquila” (ningún sinvergüenza poderoso renunció a recurrir a este truco), por lo que infunde mentiras, confunde; porque sin dogma, sin él, pierde imagen o pierde el prestigio adquirido con… seudosantismo.

Y es que la razón cuesta mucho el defenderla en detrimento de simpatías o de máscaras (¿cómo responder con conveniencias y no con lo que se debe decir guste o no guste?) pero, al instante que se usa, ya choca contra el quietismo de uno, contra el chovinismo de otro, contra el involucionismo religioso de un asceta o contra el ideal de “superhombre” o de "supernación"de tal o cual inoportuno sabiondo.
En eso, si uno demuestra algo con bastantes pruebas, para el corporativismo de turno aferrado al error no importa nada: servirse de lo más miserable dialécticamente –o con la censura- es su fuerte.
Claro, con la imagen y con el prestigio miserable celebran sus fiestas de sinrazón demasiados intelectuales y… ¡a callar! Quienes se esfuerzan sólo y únicamente con la demostración, ¡a callar!

Sin tapujos, la coherencia con censuras es nada, así de sencillo; por razón de que sólo le es válida la razón, no la confusión, no el amiguismo, no la sugestión, no la influencia mediática, no la presión del “¿qué dirán?”, no el chantaje económico, no el seguir un proyecto doctrinario, no lavándoles caras y caras a maestros al margen de una plena disposición racional.

Porque, sí, hablan demasiados ya de ecología, pero se gastará hasta la última reserva de petróleo, hasta la última gota: se gastará; hablan y hablan, sí, demasiados, pero se venderá hasta el último coche que se fabrique, o se buscará hasta el último cliente que pueda encontrarse aún por fabricar un coche más: por fabricarlo.


(*) En China, la doctrina “Cheng-ming” rectificó los nombres o las palabras para unos objetivos político-religiosos. Para Confucio suponía la base de una reforma social: controlar lo que decían sus conciudadanos.

En la Europa del siglo XVII, el jansenismo, exagerando las doctrinas de San Agustín, limitó el libre albedrío a los predestinados por leyes divinas.
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lunes 1 de diciembre de 2008

EL UNIONISMO


Desde la noche de los tiempos el unionismo ha estado ligado a la asunción de poder; primero de las tribus, luego de los pueblos -en el sentido regional- y, después, de las naciones que condujo al vasallaje del imperio, es decir, a una dependencia feudataria que permitía, además, ese arrimar hombros para proteger y endiosar a una nación.

Por eso, por cierto y por verdad, el unionismo es una herencia de la supeditación convenida, que ha escudado a las grandes naciones más allá de una consideración por lo estrictamente local; y, desde hace unos pocos siglos, ha sido una forma de reafirmar sus economías (el nacimiento de grupos comerciales, o la asociación de empresas: "trust"), de potenciar sus estructuras políticas, aun de levantar a unas frente a otras -por lo que se desahucian las más débiles, se excluyen-.

Si ahora vivimos tiempos más civilizados, por la consecución de derechos y por la división de poderes que propugnaba Montesquieu, tal asociación de países no es un error si buscara intereses más globalizadores de fraternidad o solidaridad; pero eso no se realiza porque, en el fondo, rigen las machacadoras y codiciosas reglas del mercado no perdonando, en cuestión, a nada: las riquezas se obtienen de injusticias, son el resultado de desvenjadas, de presiones de grandes intereses económicos establecidos ya como poder injustificable para la igualdad -de los recursos en pro de una mínima supervivencia- y de la acumulación no regulada o limitada dignamente.

Sí, de forma brillante se habla de seguridad como si, la seguridad, fuera “estar a la defensiva” siempre ante los marginados por las economías cada vez más enriquecidas, más asentadas con poder desproporcionado y más depravadas frente a las que... ni siquiera se tienen en cuenta.
Pero, ¿seguros de qué quieren estar, por firme?, ¿de quiénes y para qué quieren estar seguros estos asociacionismos de riquezas?, ¿acaso de no mirar o de no afrontar la miseria que provocan?, ¿qué consideran que es la responsabilidad?

En un mundo global, refortalecer a Europa sí, pero ¿frente a qué y para qué? Está claro que, según los fines -que suelen ser de refortalecer el “eterno” y provechoso “occidentalismo”-, se instigará más pobreza o desigualdad o no.

Por ello, si se habla de humanidad, es más que indispensable el desmarcarse con unas pautas éticas contra ese “histerismo” economicista del poder; e inculcar, también, un modelo que no, no menoscabe aún más a los excluidos porque, sus carencias -en todos los sentidos-, no son amenazas nunca ante la egoísta seguridad de los que están con mucha riqueza que no corresponde a una digna supervivencia humanitaria, sino son “un resultado” de que están así, porque sólo “sobreviven o sólo se desesperan” de una forma lógica en la miseria.

La emigración, el trabajo infrahumano o clandestino -caldo de cultivo de la explotación- o el crear conflictos sociales de “delincuencia”, a veces son caminos inevitables para los que sólo recurren a sus dignos derechos para sobrevivir o, sin poderlo eludir, con sus mínimas necesidades, no conocen cualquier otro camino.

Así que, lo que es la nueva sociedad, debe atender a eso, a un análisis más social, menos peyorativo frente “a los que recogen las migajas de sus excesos y vicios”, de su “seudobienestar; y, también, se debe pensar que, la mayoría de los países pobres, no son los que especulan o embaucan “a todo riesgo” con plusvalías y con usuras en sus mercados, sino los que no quieren estar al margen de lo que les corresponde mínimamente, y lo exigen -ya sea por manifestaciones pacíficas o violentas-.
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LA IRREVERSIBLE DIFERENCIA EN JACQUES DERRIDA


La “estructura” es para Jacques Derrida un organismo no completamente ontológico sino presente, funcional. Ésta va naciendo junto a la cultura, junto al lenguaje, junto al desarrollo social de los seres humanos y, desde fuera, no es posible determinar el momento preciso pues, tal complejidad, supone una creación en parte deslindada entre la relación ser humano-naturaleza. Digamos que, la “estructura”, obedece a un “centro” de utilidad epistemológica o referencial pero, al mismo tiempo, no evita ni puede evitar las infinitas transformaciones posibles de los conceptos que derivan al acontecimiento desde el cual “se mira”, o sea, “se mira” aun con una nostalgia de ideal o de mito tal “centro de la totalidad” de la “estructura”, que no es sino una equivalencia a la realidad fluyente.

Así pues, un acontecimiento y otro, se encuentran “encima” –de una forma irreversible- de todas las conformaciones –transformaciones- dadas, “encima” para seguir “un mismo juego de desprendimiento” aunque, a su vez, de “redoblamiento” referencial (“las transformaciones quedan cogidas en una historia del sentido cuyo origen siempre puede despertarse en forma de la presencia”).

Ante esta ausencia de un “origen” concreto, de una falta de fijación de lo que se desarrolla, Derrida se posiciona escéptico considerando prejuzgadamente que, los conceptos, debieran estar inmóviles para “alumbrar” ese origen, esa identidad que, para él –en un último término-, es inalcanzable.
Sí, el prejuicio deviene ora por la influencia de Nietzsche, ora por la influencia de Heidegger –mayormente-; en uno los conceptos de verdad se sustituyen por los de “juego interpretativo” (1), en otro se destruyen –por una egolatría existencialista-ontológicamente.

Al signo anarquizante le transfiere, él, la causa de esta desvirtuación del conocimiento; puesto que, el signo significante, se remite a su significado diferente y, así, no puede superar la oposición entre lo sensible y lo inteligible.
Éste se presenta como el gran problema, eso es, el no lograr borrar la diferencia entre significante y significado (y Derrida “inventa” el gran obstáculo del lenguaje: en el fondo, la diferencia entre naturaleza y cultura).

Por analogía discursiva “su” prejuicio nace ahí, en que la naturaleza-cultura ya no puede ser una “estructura”, no, sino que es lo que él “elucubra”, lo que a él -a mejor decir- le “conviene” filosóficamente: obsesivamente el hecho cultural.

Y dicho eso, ahora bien, el hecho cultural –que para esto sí conceptúa- ¿dónde está?, ¿en un mundo?, ¿en este mundo?, ¿en qué mundo?
Se puede afirmar sin duda que se refiere a este mundo, que está hecho “aquí”, en esto que llamamos mundo en general, lo que corresponde a “asentar” sin titubeos que es en esta realidad o… en esta naturaleza.
Sí, claro, es una ya evolucionada relación ser humano-naturaleza la cultura y, por tanto, el lenguaje “espontáneamente” lo corrobora; de ahí que, éste, sea “libre” derivando siempre de ese hecho-relación y, ¿cómo no?, adaptándose también a todos los “nuevos” acontecimientos.

Cierto es que, por este concreto camino, el lenguaje es una conformación inteligible –un orden por sí mismo- pero, siempre, “inferida” por una suma de conocimientos, quiero decir, “inferida” por cierta maduración de la experiencia del ser humano con y en su entorno.

Por eso el lenguaje no, no nace “al lado” –como compañero o amigo- de la realidad “inventándola”, jugando a “crear” realidad –como un dios- o interpretándola, no, sino –desde un principio e... inevitablemente- conforme a la realidad, viviéndola; por lo que, la realidad, más bien “interpreta” al lenguaje al ser, ella, quien de verdad “lo protagoniza” o “lo vive” o “lo deriva”, sobre la base evidente de que está la realidad “antes” del lenguaje y ella y sólo ella, digamos, “lo permite”.

En efecto, existe esa condición y sobreexiste, además, un progreso innegablemente en ella misma; en cuanto que el lenguaje no conoce, el lenguaje no vive, el lenguaje no experimenta nada (2) -el lenguaje no se va “de paseo”-.
De hecho, el lenguaje, podría sí él interpretar si se adaptara a un guión original o a una referencia “fija” o estable –porque se interpreta sobre lo que “ya” se encuentra determinado o hecho-, pero no es así. Lo que razonablemente existe es que, el lenguaje, evoluciona al par o con la realidad; luego es inmanente a ella considerando, asimismo, que en ella “está” el ser humano -no al margen-.

En este sentido, por aclaración, se interpreta lo que es esquivable -lo que sí o no con voluntad se puede interpretar-; y, tal hecho, no ocurre con la misma vida pese a quien pese puesto que, la vida, es una acción fehaciente del vivir la realidad, un estar ya en ella, un ser ella misma -más en claro-.

Derrida –con respecto a lo que sostuvo o aprobó Lévi-Strauss- habla de la vida, en incoherencia, como si fuese una exclusión del hecho esencial, como si fuese un dilema naturaleza-cultura que sólo eso consigue, en efecto, disociar los elementos que la esencializan, infravalorando el mismo soporte gnoseológico: el que “reconoce” que la vida es… conocimiento “se tire por donde se tire” y, en correspondencia, cultura, “pura” cultura o “modelo de una organización natural” –que ya ha de partir y sobrellevar lo natural-.

Bien, con esto delimitado, los conceptos no emulan sino lo que se vive; los conceptos “viven” y, por ser “más vida”, justifican a corto o largo plazo un cambio o una adaptación ineludible, pues tienen por obligado que conformar o actualizar más conocimientos o mejores conocimientos debido a, o por razón de, que no son unos “logotipos” sobre algo que se encuentra plenamente dado -no son guiones en los cuales lo vivido ya está hecho, señalado o preestablecido por... un desenlace-.

Un concepto, eso, un “resultante”, es una expresión vital –no inerte- que cuenta con que es vital de un modo extendido, y no se proyecta él mismo como un ente interreal, únicamente lo proyecta la realidad –desde un principio-. Por lo tanto, “beber” y “bebida”, y lo que suponen, entrambos, son “elementos” o “componentes” de una acción vital; ya se digan de una forma o ya se digan de otra, pero existen “evolutivamente” con una adquisición de un nivel de conciencia.

También, habló Derrida del método con “escepticismo”; luego conceptuaba sin darse cuenta “una acción vital”, de la cual se engendraba su pensamiento o filosofía. Así es, reconocía -ni más ni menos- ese concepto como insoslayable, como existencial; no obstante, ya lo extrapoló a otra concepción vital, a la del “ser es diferencia”, “advertencia” que conllevaba o implicaba una conciencia –en suma- de la realidad.

Quizás el principal error de Derrida haya consistido en eso, en esa manida u obsesiva búsqueda hacia atrás, en su afán por estructurar “de igual manera” –haciendo tabla rasa- lo que antes se determinaba como más primario para el ser humano y lo que “ahora” es “en complejidad” o es “en su natural complejidad”.

Sí, cierto es que, todo signo, ha tendido hacia una sobreabundancia de significados; lo que ocurre es que, esa tendencia, es un hecho natural con la misma naturalidad que los seres vivos, sin remedio, han tendido hacia la hibridación (las primeras células comportaban un significado que nunca “ahora” podrán comportar, porque la realidad “de vida” es más compleja).
Ese prejuicio, el de Derrida, radica en... acopiar conceptos para estructurarlos –o pretender estructurarlos- en una realidad que ha progresado -y progresa-, que “ahora” es distinta en gran parte.
Claro, esto no excluye al concepto mismo ni lo niega, sino al forzado acomodo racional que se pretende.

Y este error, reiterado así, lo muestra también contundentemente Lévi-Strauss: “Cualesquiera que hayan sido el momento y las circunstancias de su aparición en la escala de la vida animal, el lenguaje sólo ha podido nacer todo de una vez”.
Ante esto, es deducible cierta visión “mesiánica” o “de abracadabra” -algo imposible en la realidad- que “revirtió” en el hilvanado pensamiento estructuralista hasta nuestros días.


(1) Para interpretar, primero ha de existir un guión original o un hecho ya delimitado para interpretar y, puesto que ese guión no existe de forma estable en la vida –en cuanto a su “multitud de estados o circunstancias y condiciones” de libertad que las varían-, el ser vivo “vive” la realidad.

(2) Siempre se interpreta lo que ya está al lado, lo que nos exige una guía a voluntad, una interpretación; en cambio, la vida –y el conocimiento intrínseco en ella- “vive”, no es una exigencia ni mucho menos, ni siquiera algo esquivable como lo es toda interpretación.
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martes 25 de noviembre de 2008

ENSAYO SOBRE LA UNIDAD Y EL TODO



1.- EL CENTRO Y EL PRINCIPIO

En la escuela de Mileto se acuciaba la búsqueda del “principio último”; porque, ahí, estaría la causa “eterna” de lo material. Por su parte, Parménides de Elea sostuvo que el ser es eterno, uno, continuo e inmóvil; pero algo material, algo derivado o propio de la naturaleza.
Sin embargo, Platón fundamentó lo existente en Ideas luminosas que, activadas como arquetipos sobre o en la naturaleza, pueden ser alcanzadas por el intelecto o por la razón.
Entonces, en ese sentido o ante esos prejuicios, prevaleció la tozuda polémica del monismo: la existencia de una sola sustancia (la de la materia o la del espíritu).
La filosofía plotiniana se dirigía hacia el Uno; consistente en la unión de las almas con Dios –ejerciendo, así, como núcleo de todas las cosas-. Por otra parte, para Spinoza es Dios el centro y la única conformación que, con sus atributos de “pensamiento” y “extensión”, se manifiesta.

Bien, al hilo, tras esas posiciones “esencialistas” -influidas por la creencia-, Aristarco irrumpió con el sistema heliocéntrico del mundo; Homero y Hesíodo dieron una antropomorfología a los dioses ya como representantes directos del destino del ser humano; aún más, acercándonos a nuestro tiempo, lo característico del pensamiento de Pascal se "fijaba" en el antropocentrismo –su creencia de que el ser humano se adecuaba a algo especial, a lo sutil divinizado, a lo más frágil con capacidad de “sentirse”- (1).
La cuestión indefectible, pues, se aunaba en eso, en tal "obsesión": en la búsqueda de un origen, de un foco o llama que ilumina lo que existe, de una sola ontogenia de la cual todo depende, o sea, que cualquier cosa es emulativa o emulada a partir de ella o que es dirigida por ella.

De hecho, el equilibrio -lo que es o lo que conduce a que lo sea- significa repartición del centro, des-concentración, desaparición o tendencia a la desaparición del centro.
El equilibrio, con claridad, de un contexto cualquiera supone, sí, la compensación por obligado de los entornos, de los extremos, para que sea posible -en realidad- la orientación del equilibrio como tal, el autotelismo inevitable de lo que ha de ser el equilibrio (2), la proporcionalidad.

Entonces algo sigue -se deja equilibrar, "se proporciona" con respecto a "su situación"- a un orden, al orden ése de su contexto existencial por lo que, así, “su todo” le corresponde, circula funcionalmente eximido de su inercia y vinculado, a su vez, a unas interacciones características de “su contexto”.
Por supuesto, algo actúa análogo a “su contexto”: por una analogía de atribución, por una analogía de proporción y, además, por otra de proporcionalidad. Basado, claro, en “su consistencia directa”; algo es análogo al equilibrio que le pertenece, que depara “su contexto”, por lo cual es correspondencia y, asimismo, ocupación de “su funcionalidad”.

Así pues, el centro tiende –es proclive- a dispersarse o a repartirse en lo complejo (se extiende), en lo continuado. El centro, sin duda, no puede ser activo aisladamente, sino que ha de ser inherentemente fluctuación, en homogeneidad hacia los extremos (lo contrario de reducirse a su centro imaginario o intencionado o de inducirse a lo alejado). Digamos que, cada principio en “circunspección” –en interacción mejor-, es lo apriorístico, es decir, lo más directo a su continuidad o las interacciones más próximas o directas.

Por lo tanto, frente a la Teoría del Caos que determina un todo interaccionando sin más, habría que considerar las siguientes contradicciones: Decir que todo está interconectado con todo sería decir -de modo arriesgado o simplista- que todo está interaccionado con todo directamente, homogéneamente, y no es así; desde luego, porque ese todo -de esa teoría- como supuesto concepto generalizado no presenta una base racional al, por evidencia, carecer directamente de “su contexto” o de una delimitación – y la razón, tal instrumento, es en esencia un delimitar-. Así es, la teoría, para que fuese suficientemente racional, tendría que estar delimitada, o sea, delimitado el contexto del cual habla.
Despejando errores, no, no es que ello no sea posible, sino que no está, sí, en un presente al alcance racional o argumentativo; en otras palabras, que no posee los suficientes elementos de “probación”. Teniendo en cuenta que cualquier interacción puede y sólo puede ser decisiva en virtud de unas circunstancias, de las más directas, de “sus circunstancias directas” que, en efecto, luego desencadenarán otras (pero esas primeras, las que sean, serán las que conseguirán o no el que sean decisivas, antes que nada).

De manera que la utilización del “todo generalizado” conduce no a la pormenorización, no a la especificación o a lo que es racional, sino a lo inexpresable o a la confusión dado que, igualmente, podría hablarse del todo del todo vinculado a ciclos diversos, o del todo que integra elementos desconocidos o inexistentes, o del todo ése que contiene aquello que nunca la razón, en definitiva, puede manejar o disponer.
Por ello, es precisa racionalmente una contextuación; de modo que se hable del “todo de algo”, esto es, que -en verdad- se atribuya a algo que existe o que ya está interaccionando existencialmente.
Como ejemplo: existe el “todo de la Tierra” y, desde ahí, se reconoce “su equilibrio”, su interconexión contextual.

Sin restricción, en el contexto humano, también la sociedad adquiere “su funcionalidad de equilibrio” en la medida de que no se dirija nunca hacia una concentración.
De sobra saben algunos políticos qué significa esto, pues la concentración o la centralización de cualquier poder político o de medios de comunicación implicaría paulatinamente la extinción de un modelo o de la necesaria referencia común, o de una administración equitativa o de una información imparcial; también -lo que no debe quedar al margen-, la unificación o la acumulación de riquezas crearía, sin remedio, una servidumbre o una clara o evidente discriminación de los que carecen de recursos causada por los gobiernos o "sociedades" que eso defienden. Sobre todo porque, tales estereotipos administrativos o conformaciones de centralización, “ya conllevan” unas barreras de taxativas desigualdades, de realidades de desigualdad; y porque, incluso hipócritamente, atienden y atenderán –a pleno riesgo para todos- a una competitividad “injusta”: la que empuja o presiona desde los "sistemas" de los países más desarrollados (eso es, lo que hacen los que ahora poseen más armas lo harán los que luego, por tendencia de esa competitividad, posean más armas, o gastarán los recursos inútilmente por lograrlo).
Sin tapujos, la centralidad "ya" es injusta, eso es lo importante; pero lo fue antes, ¿cómo no?, cuando se hizo o se ideó por unos aventajados “mercantilistas” que tenían a favor la utilización de la mano de obra esclava y la protección del Estado, en cuanto que benefició -de una forma directa- a unos cuantos.
Y para mayor error, desde la centralidad, ahora, se pretende crear principios de justicia; bueno, pero beneficiarán esos siempre a los que la han montado o actúan "desde ella" para beneficiarse -lo reconozcan o no- prioritariamente, aunque por caridad o por “efectos colaterales” repercuta en algo a los demás. Quiero decir, lo central -y sus infraestructuras- beneficiará primero -en detrimento de una proporcionalidad- a los que están en él, a los que parten de ese centro.
Si es un aspecto cultural, la sobreprotección de líneas o de modas siempre daña muy gravemente al mismo libre hecho cultural.

Por ello, lo común, lo que sirve para todos -en el contexto total de los seres humanos- es, en efecto, lo des-centralizado: lo que se homogeniza, lo que de veras “se extiende” como justicia o como equilibrio común, sin exclusiones.
Sí, una política común remedia o "congenia" al mismo tiempo las necesidades personales y las sociales en tanto que dispensa –ofrece- los recursos al modo proporcional, eximiéndose de las crispaciones o de la “insolidaridad de fondo” que, en realidad, implica la formación de estructuras privilegiadas con un inexcusable pero inevitable sometimiento.
Sí, por supuesto, con el uso de los centros políticos o culturales, además, se imposibilitarían unas mismas “reglas de juego”, referencias comunes de trato o de convivencia válidas en la práctica para aquellos que no se encuentran en esos centros, por los que se ven obligados –para sobrevivir- a competir con ellos, a emigrar hacia ellos o, en definitiva, a desequilibrar una situación mundial mientras se comprueba que aumentan cada vez más las diferencias entre los “elegidos” por esos centros y los que inevitablemente se encuentran alejados -excluidos por sus normas constitucionales- de ellos.
Al igual que la centralización, cualquier tendencia elitista o sobreprotección-que no puede evitar el centralizar- desmejora una sociedad.

(1) Necesario sería aquí señalar la visión geocéntrica y teocéntrica de la Edad Media.
(2) Reflexiónese la correspondencia entre descompensación y desequilibrio, o entre desproporcionalidad y desequilibrio.





2.- EL TODO Y LAS PARTES

Existe una tendencia, al menos histórica o hermenéutica, que rescinde, con la totalización o con la nominación “totalizante", los aspectos de la percepción conceptual. En efecto, se extrapola la conciencia al patrimonio de los hechos y de sus concepciones, de los hechos enquistados en un contexto inamovible, unidireccional; por la consideración de que únicamente son hechos “totales” –decisivos- por ellos mismos, condicionantes únicos de sí mismos.
Se piensa –desde el positivismo de Wittgenstein-, no sin errores, que la conciencia sólo es una facultad lingüística o que los conceptos sólo comportan "terminaciones", y que éstos operan como categorías independientes desde un “arriba” o desde una "formación única" y no como partes que integran otras.

Así, las categorías se conciben como entelequias o entidades cerradas que "ostentan" o presentan plenitudes, círculos o estructuras totales; pero las categorías no son precisamente contextos, sino que se los atribuyen, aunque nunca se pueden atribuir, no, una en concreto, un todo sin ser al mismo tiempo parte, por lo que ésa no corresponde sólo a una totalidad atributiva, sino una canalización objetiva –que bien diferencia- a efectos de un fin, de algo que existe, de una categorización distributiva.
Por ejemplo, no se puede atribuir a un ser vivo nada sin antes o previamente distribuir los seres en vivos y en no vivos y, una vez ahí, todo conocimiento o todo efecto gnoseológico es posible.

Digamos que una relación de categorías depara un contexto y que cualquier ser, cualquier relación sujeto-objeto, ahí, se lo atribuye para que sea viable un conocimiento; así, se percata de sus caracteres afines o no a ese contexto (con ello se contrasta, se “compara” el ser desde su contexto).
Por lo tanto, no supone necesariamente una categoría un “círculo de relaciones”, pero varias categorías sí.
Vayamos al ejemplo anterior: los seres vivos no pueden sólo encerrarse en la categoría de “especie” que, por cierto, no expresa por sí sola nada (pues únicamente es inherente una categoría con respecto a otra) sino, además, en la de “género” para que se comprenda una y otra (es decir, eso favorece a la existencia una interacción). En cuanto a que -en error- un “círculo de relaciones” ya lo es todo y se caería, así, en el prejuicio predicho; o sea, un “círculo de relaciones” impuesto como una total generalidad no categorizaría –“caracterizaría”- nada y, en consecuencia, no formularía algún contexto. Se hablaría de... nada.

Por otra parte, frente a la categorización, está el concepto; esta unidad coherente de contenido alude, sin duda, a las categorías dentro de su contexto -o las que se adviertan-, y vinculándose a unas en particular para definir, resaltar, un aspecto u objeto, el cual se quiere ya diferenciar objetivamente de los demás –señalarlo “en sus pormenores” como existencia-.
Conceptuar, en suma, es diferenciar y, cuando se consigue el concepto “más diferenciador” de algo con respecto al resto de lo que existe, es no menos que objetivo (por ejemplo, “ser agua”); pero, la mayoría de ellos, son inherentes al mismo conocimiento primario: al interactivo orgánicamente, al instinto y a la intuición.
Todo ser vivo sabe –lo tiene “conceptuado”- con quien ha de procrear –no lo hará, pues, con una piedra-.

En el conocimiento intelectivo, el ser humano amplía sus conocimientos conceptuando aún más con el riesgo, también, de cometer errores al inventarse conceptos irreales y al no “advertir” suficientemente cualquier proceso cognoscitivo de esos que son más difíciles: los de otros contextos más amplios o ajenos a él.

Enfrente a estas aclaraciones siempre es muy necesario el retornar lo que podríamos llamar las “bases” de nuestros criterios o de nuestras ideas, las cuales luego se formalizan en conceptos; es decir, lo que son las categorías.
Como premisa, las más conocidas nos vienen de Aristóteles y de Kant. Pues bien, mientras Aristóteles propugnaba un cierto realismo con ellas –asentándolas de una forma estable, fija o doctrinaria-, Kant las apoyaba desde algo que trasciende –proceso que deriva desde un “a priori” con un “mandato categórico” permitiendo con el tiempo que las ideas trasciendan-.
Para uno son bases constatables en la realidad, que dicen realidad –no juzgan o no denotan afirmaciones o negaciones antes de ser aplicado un silogismo-, digamos que clasifican (las clases en Aristóteles a modo de predicación aristotélica son uniádicas distributivas); para otro, trascienden por medio de las "ideas" desde una esencialidad de idea –porque lo trascendental implica forzosamente esa orientación a partir de esa esencialidad-.

Sin embargo, las categorías sólo se rigen prescindiendo de cualquier principio, pues únicamente prevalecen con la misma “continuidad” de lo real; en efecto, no trasciende el concepto o la categoría siempre y “a secas”, sino con lo que ha producido o comportado se adapta a lo “nuevo” real, ya que un concepto puede desaparecer en un nuevo contexto o su interacción con otros en ese nuevo contexto determina otro –debido a la continuidad- y a atender, esto es, a otro que lo identifique.
Las categorías, en fin, no transmiten una esencialidad unívoca o inamovible, más bien se conectan -son consecuentes- a su nuevo contexto, al que distribuyen y... por modos de acción, por las condiciones de sus interacciones. Así, las categorías “caracterizan” a un contexto, no más; donde, cada “caracterización”, es además una categoría atribuible, en calidad y en cantidad, a algo en particular de ese contexto.

Bueno, sujeto a lo lingüístico, hay quienes quieren –o lo han hecho- distinguir las “figuras de los predicables” –que hacen una identificación entre S y P (1)- de las categorías –o “figuras de la cópula” que hacen una afirmación de existencia-; empero, en la continuidad, tanto la operación como los resultados semánticos de toda operación conservan su carácter continuo –modular-, adaptándose o vinculándose a su nuevo contexto –al que distribuyen y, por tanto, se atribuyen a él-.
Las categorías no aparecen en la predicación (2) –no existe una iniciación tal ahí-; mejor, van asociando –diferenciando- una parte del contexto con otra que... predican cuando lo hagan.

Por último y siguiendo a ese aspecto de la predicación, señalar que, si se concibe la categoría desde un principio de las categorías, claro está, eso conduciría a una equivocación; pues se instalaría ese principio en una "totalidad" y, precisamente, con una totalidad independiente: originaria (por el “dator formarum”).
No obstante, la categoría –que no es inamovible- sólo es una acompañante metódica a la vez que semántica -en variaciones-, es decir, un procedimiento que signa –y por ello orienta- lo que distingue; porque lo ha distribuido primero con una “modulación” de lo que va resultando, contribuyendo y transcurriendo, y con respecto a lo que es y no es algo o, a mejor decir, atiende a modos de acción -a condiciones o a delimitaciones- en un mismo contexto.

(1) Sujeto y predicado -la constante identificación del lenguaje-. El sujeto siempre estará delimitado a “sus posibles predicados”, a unos que están condicionados por el mismo contexto en el cual se encuentra tal sujeto. Eso, por ser y estar, las “figuras copulativas” son forzosamente unas, y se digan o no se digan.
(2) Porque el concepto o el “símbolo sobreentendido” no “aparece” sólo con el lenguaje escrito; es decir, éste por sí solo, no puede categorizar.
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martes 18 de noviembre de 2008

MANIPULACIÓN PSICOLÓGICA
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Antes de la aparición de la escritura el ser humano se expresaba (al igual que cualquier otro animal, pues expresaba vida, “su nivel de conciencia de vida”) gesticularmente con su cuerpo (1), con unos mínimos símbolos verbales y, además, con unas comunes -o menos comunes frente a los demás- actitudes socializadoras; pero, cuando se sirve de la escritura en el milenio IV a. C., entonces, “guarda” sus expresiones, las exhibe y las recupera mnemotécnicamente de un día para otro.
Es decir, cultiva (con un método o a partir de un método, ya con un sistema intelectivo- su expresión verbal; es decir, desarrolla su expresión social (2); es decir, se motiva -surge la “intención social” sujetada a ese método de expresión social- al comprobar que trasciende lo que conoce -que ya no es para sí o para un fugaz presente- o que es valorizado más allá de él mismo.

La escritura, por eso, supuso el decisivo estímulo intelectivo en su inherente orden social -no individual- porque, la evolución, aquí comportara una amplitud de conocimientos sobre el medio; conocimientos que “ahora” se complementaban, que se aunaban favoreciendo, sí, una inesquivable capacidad de comunicar expresiones más conscientes: por constituirle al conocer, en su desarrollo, una responsabilidad, pues sólo a través del conocer más sobre algo se adquiere más responsabilidad, más implicación, más dependencia cognoscitiva sobre ese algo.

Sin embargo, si el dolor se encuentra apegado -por consecuencia- a lo más elemental que vive un ser vivo -puesto que lo que le destruye le afecta-, así, el ser humano no puede evitarlo ni siquiera en su ya nueva determinación consciente y, por ello, se duele inevitablemente, siente la soledad y la necesidad de contrarrestarla con la búsqueda del principio demiurgo de su existencia; claro: vinculado a un sentido antrópico de ése.

El ser humano, que es el que “se duele”, y elige primero el remedio para sí, no precisamente para el Universo debido a que, él, necesita una devoción hacia algo que no sea humano -pero sí permanente-, hacia algo que sí importa, hacia algo que identifica... humanamente.

El hecho es que la religión es connatural a la conciencia y los “dioses” habitan en la misma naturaleza que conoce el ser humano y, por ende, ya desde el principio simbolizaban el cielo, el Sol, el mar, el bosque, etc.
No obstante, ocurrió algo que transformó la religión, alrededor del año 1000 a. C. nace en la ciudad persa de Backtriana el profeta Zarathustra, quien crea el mazdeísmo introduciendo un Poder Bueno atribuido a Ahura Mazda y un Poder Malo atribuido a Angra Mainyu; asimismo introduce los conceptos religiosos de Creación, de Primera Pareja Humana, de Santísima Trinidad, de Diluvio Universal, de Cielo e Infierno y de Libre Albedrío posteriormente utilizados por las religiones monoteístas: por el judaísmo, por el cristianismo y por el islamismo.

Para Zarathustra la maldad es un error ante la creación de un ser humano perfecto, puro; un error que debe subsanarse por medio de la “luz” que concede Mithra o su culto (Mithra ya es mencionado anteriormente en la India por los vedas).

Pero la religión se dirigía a los demás desde donde todo se controlaba, desde el poder: En las primeras ciudades sumerias el templo era el gran centro productor de riquezas, las cuales administraban unos sacerdotes supeditados a un líder religioso o “Señor”.
Así que, en el origen, religión y explotación fueron sinónimos, desde luego, correspondiendo al más poderoso la condición más divina -a la que había de obedecer- o, por “ley”, ante el cual los demás tendrían que ser sumisos.
Y los sacerdotes siempre pertenecieron al más alto rango, a la aristocracia o nobleza, “ninguneando” el dolor de los esclavos en pro de una manipulación precisa para que unos vivieran mejor.

Al igual, en la religión egipcia, el faraón y sus sacerdotes poseían la bendición segura ante el tribunal de Osiris empero, al resto, se les obligaba a obedecer de una forma u otra: con las abnegaciones o con los sufrimientos necesarios -aunque no reconociendo explícitamente que fueran sufrimientos, porque era... malo, en función de que había que estar contento “hacia fuera” en agradecimiento a los dioses y a los que comían un día sí y otro también por medio de ellos-.

La religión ideó, especuló y garantizó el sistema de privilegios que aún persiste; y, de hecho, tuvo que imponer un “miedo o represalia tras la muerte para que, todos, esos privilegios los consintieran.

El que ofrecía el sacrificio a los dioses de seguida, pues, se veneraba.
En los vedas lo preparaba el jefe, el padre de familia con la colaboración de un bramin; éste, un sacerdote especializado en la ceremonia del sacrificio, conocía “especialmente” la concepción panteísta del dios Brahma y, así, poseía los secretos de tal ritual al mismo tiempo que concebía perfecto un sistema de castas.

En fin, en el budismo se debía, por regla, ofrecer también sacrificios a los dioses y obsequios a los sacerdotes; aunque desde la pasividad, desde la no-acción para “no sentir” deseos, desde un estado inmunizado o extrapolado a ciertos sentimientos negativos -o a casi todos- para sentir un supersentimiento positivo y grandioso de paz con una forzada sonrisa eterna ante el nirvana.
El budismo, después, mediante la reforma del rey Asoka, permitió el “ilusionismo” dirigiendo al ser humano al ascetismo en el cual, tras ese aislamiento que restringe los deseos mundanos, se alcanza la paz: como una misantropía -y de hecho lo es- psicológica vistiendo o inventado la compasión con sueños o con ilusiones de meditación; es decir, negando -por el bien de todos- el que uno sienta su dolor porque se considerará un error el que lo sienta, ya sea de injusticia o de no tener su divina gracia meditabunda (¡ah!, y la que sienta el dolor de un hijo al parirlo está muy equivocada).
Comoquiera que se defienda lo indefendible, el reformador Thong-Kaba en el siglo XIV le remitió -influido por cristianismo- al budismo una jerarquía semejante al monasticismo cristiano; con esto, esa religión redentora -como todas- ya cuenta con la adoración imprescindible a un jefe, a un hilo directo con la eternidad, a un Dalai-Lama también y, a su vez, a todos sus rituales de meditación propios de él.

Siguiendo con las diversas religiones:
Del mismo modo, en Centroamérica, los aztecas -aunque lejanos- ofrecían sacrificios -humanos- a los dioses en beneficio de una particular condición guerrera de su imperio; y, en Sudamérica, los incas se guiaron por el poder teocrático de los intereses de su inviolable y supremo Inca.
En la religión semítica el culto a Moloch, en Asiria, requería el sacrificio constante de niños y automutilaciones.
En Grecia, el sacerdocio era exclusivo de la nobleza lo mismo que en Roma, en donde empezó siendo un privilegio de los patricios.
En los celtas, los druidas impartían la justicia, la enseñanza y la curación desde la adivinación y también desde los sacrificios humanos.
En China, el confucionismo deificó al Emperador como “Hijo del Cielo” y, el taoísmo, inducía a todos para beneficio imperial a la pasividad -al monasticismo-, a la no-acción, ya que la acción debería corresponder a los duendes y a los “genios” de la naturaleza.

Así que las clases sociales siempre se originaron por los tejemanejes de la religión (3), pero ésta manipuló el dolor y la insatisfacción -negándola- de los que la aguantaban y les aguantaban las injusticias: recurriendo a unos eficaces estados de positividad que siempre celebraba la resignación o el no hacer nada frente al poder.

La manipulación psicológica de los sentimientos, sin duda, ha constituido la verdadera base o apoyo de los que se pasaban la vida aconsejando mientras que ellos se reservaban muy bien sus privilegios u honores sociales; y consistía, bien, en inculcar que los otros sufrían por sus propios errores -ellos no tenían errores-, o sea, que ya en adelante no fueran tontos y se adentraran en la buena conducta que ellos les predeterminaban exterminando sentimientos o reconocimiento de hechos.

Lo importante, según los ascetas -y según algunos oportunistas psicólogos modernos- es que sigan unos consejos, que vayan para acá o para allá y, claro, con positividad -que significa sentir lo que ellos quieren censurando a quienes les digan lo contrario al margen de ese positivismo de nosequé-.
Los consejos son los que han inventado “lo positivo”.

Bueno, otras veces se habla de un equilibrio con la prohibición de sentimientos a unos sí y a otros no, según convenga o según la moda; otras veces de un equilibrio exacto al de la naturaleza -que no puede existir, no, en cuanto que el ser humano conlleva intencionalidad ya sea con una religión o con otra, ya sea con una psicología o con otra, o con una cabeza o con otra-. Pero, ¡ah!, el ser humano es diferencia y reconocerlo como tal, individualmente, es reconocer al momento que depara su diferencia y la imprescindible autodirección de sus propios sentimientos, de su vida.

En definitiva, la religión ha manipulado con el conformismo el inconformismo que implicaba -en responsabilidad- sus errores, ha jugado con los sentimientos humanos para conseguir, tras tantas guerras que ha provocado, que aún no sean -de hecho- “todos” considerados como personas con los mismos derechos.
Mientras se han muerto de hambre en algún lugar del planeta se les ha llevado imprescindiblemente religión, pero nunca se les ha llevado “por una vez por todas justicia” -eso no les produce tanto negocio o relevancia de poder-.

Cuando con constancia se multiplican las injusticias dan y darán publicidad a sus actos de bondad -sin embargo, de millones que se hicieron a través de la historia nadie los negoció así- y, al final, el fondo, el objetivo fondo es el mismo, pero descubierto ya un buen protocolo de “lavado de conciencia” que se sabe y se sabrá muy bien vender.

La mujer la sido la primera víctima de la religión: su desigualdad de derechos con respecto al hombre siempre ha sido dogmatizada por únicamente la religión, en cuanto a que ni siquiera podía rebelarse ante tal aceptación o resignación porque, rígidamente, quedaba establecida como orden o mandato divino (contravenir a eso la mayoría de las veces significaba la muerte).
La mujer ha cargado con el calificativo de "débil" únicamente por consideraciones religiosas. Y, también, religiosamente una mujer ha de ser: obediente a la familia -cuyo jefe o mandatario era el macho esposado-, calladita -pues se le vetaba meterse en política e intereses guerreros- y reproductiva -por eso nunca le podía negar al marido la cama, si no era mala o no era, como persona, ya una mujer dedicada a sus faenas y a sus obligaciones-.

También, antes de que se decidiera la guerra de Iraq, curiosamente, no se manifestaron los resposables religiosos para que no se llevara a cabo; así es, pretenden luchar contra lo malo pero... le dejan paso, lo consienten: lo dejan “preparado” para que se haga.

(1) De forma especial con las manos; ya que las usaba sobremanera y, con ellas, los instrumentos desarrollaban “per se”, para él, todo un lenguaje simbólico de poder o de seguridad.

(2) El lenguaje es compartido o ayuda a que se supere la inteligencia por “simbiosis” o entre todos los que la comparten.

(3) Los fariseos vivían separados de los impuros o se permitió en la India que unos seres humanos, los parias, prescindieran de una consideración humana, como se hizo con cualquier esclavo durante toda la historia.
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jueves 30 de octubre de 2008

LA IMAGINACIÓN


El nivel de inteligencia de los animales -excluido el del ser humano- se encuentra condicionado o limitado por el instinto, porque corresponde a mínimas acciones y repetitivas, es decir, no se crea más necesidades (necesidades creadas) para actuar y, además, no atiende al entorno en general, a demasiada amplitud; así es, se interesa por cosas muy concretas.
Lo primero que se sabe es, por ello, que posee una reducida y suficiente atención: la que deriva más de su instinto de supervivencia y es asegurada, repetida una y otra vez -a través no de una memoria ampliamente significativa, sino mecánica-, a impulsos instintivos.

Está claro que si un ser vivo tuviera una necesidad vital ajena a esa impulsiva conllevaría una atención mayor al entorno; porque al momento se relacionaría con respecto a él no en función de "lo que le sobrevive", sino de lo que añade por él mismo (por voluntad), contempla, y adquiriría lo imprescindible en el hecho intelectivo: la capacidad voluntariosa de recordar.

Desde eso, sólo una nueva situación biológica-medio habría de provocarle la no-repetición de funciones a algunos de sus miembros orgánicos (con la ayuda probablemente del medio que le eliminaba o le sustituía el resultado a tales funciones) a favor de la búsqueda de otras.
Por ejemplo, que su nuevo medio careciera de árboles y dos de sus extremidades habituadas a treparlos le sirvieran luego, durante un largo tiempo, a una función "más creativa" y también como defensa contra sus depredadores.
El caso es que el erguimiento, la bipedestación, ha sido el único recurso viable -ya es un hecho- por el cual un ser vivo entre tantos fue capaz de iniciar experiencias: por él mismo, por voluntad.
El suceso, tal hecho ayudado por otras particulares circunstancias, consiguió inevitablemente que él ahí prestase más atención a lo que le rodeaba y, eso, significa que se motivaría por seguir experimentándose con el entorno ya de forma decidida, lúdica.

Pues bien, una actividad lúdica duradera no puede por menos que desarrollar otro tipo de memoria menos "mecánica", menos mecánicamente causa-efecto, y más generativa de una percepción sobre el diferente uso de las cosas, esto es, incentivadora de una conciencia que experimenta -para sí- la utilidad, el valor nuevo -el afecto o el sentimiento creado-, la empatía por las cosas -el participar con sus existencias-.

Y eso no es sólo simbólico, es algo más que simbólico; y no es sólo lenguaje o comunicación, es primero autolenguaje o autocomunicación: es un darse cuenta o, mejor, es el sentido de que algo puede ser útil en deteminadas maneras que él mismo maneja (con las manos), que él mismo manipula y descubre.
He ahí que adquiere la capacidad del descubrir, a su voluntad, utilidades para una u otra necesidad y, desde eso, aun para necesidades nuevas.

El ser humano es el único ser vivo que "vive" lo que se encuentra a kilómetros de él; y sólo porque... lo ha retenido de un modo muy particular -propio- en su mente: es capaz de recordar más en suma. Pero, ¿porque? Pues por imágenes, es decir, lo que ve o toca o huele relacionado o referenciado por conceptos, por símbolos -de una u otra índole- significativos -aquellos que no corresponden a la memoria instintiva- que utiliza para recordar.

La memoria significativa o simbólica o intelectiva se basa en que se reproduce una experiencia relacionándose con un símbolo que la hace ser almacenada y, luego, coherente o conectiva a través del mismo o de un parecido estímulo simbólico, se evoca a una experiencia en general.
Por lógica, es de esta manera más probable y en parte ya probada, el recuerdo se "almacena" para ser evocado simbólicamente o referenciado a una experiencia presente o conciencia, como propugnaba Bergson; mientras, está a la espera, en la inconsciencia, para ser después convertido en imagen que provocará asimismo un estímulo simbólico o conceptual.

Se recuerda, de seguida, lo que guarda conexión hasta un presente, pero sólo existe conexión con una obligatoria relación; y una imagen no puede estar conectada en la mente sino por sólo conceptos que son los instrumentos que "recogen" cada imagen.
Por ejemplo: Sobre una mesa hay miles de fotografías -representando a la inconsciencia- y, donde se recoge una o varias que corresponde a lo que se ha vivido en ese instante, es en la construida conciencia a través de la imaginación; y, en efecto, puede rescatarlas porque existe una conexión, un gancho, una capacidad de relación o de identificación, una vía, una simbología constante -un orden simbólico- que le permite "llegar rápido", "encontrar rápido" esas precisas que corresponden a lo que está viviendo en ese instante.
No es "un recoger" sin sentido (o sea, sólo por voluntad), sino sujeto a un sentido simbólico, trascendental en el contexto también intuitivo.

En claridad, la imaginación es la que se remite por ella misma a una coherencia, a la razón; aunque otro aspecto de la imaginación es que puede deformar voluntariamente la realidad fantaseándola: recurrir a construirse como no son las cosas porque eso causa emociones nuevas en un beneficio de huir o de evasión de lo que le daña la realidad y porque la imaginación también ya idealiza, proyecta al futuro ideas deseadas. Eso, pues, es más o menos lo que llamamos fantasía.


Notas.-

El ser humano no recibe información, sino que conecta directamente a su simbología -de su experiencia general- experiencias y, de esa conexión, ya hace información; pero cuando las experiencias las personaliza o las impregna además con su propia simbología. La imagen simbólica no es sólo imagen visual, sino imagen conceptual; en los invidentes es estrictamente conceptual.

La imaginación es, por definición, lo que evoca una memoria organizada o desorganizada pero, en la conciencia, siempre si es organizada con respecto a la realidad puesto que es más o menos entendimiento; y es su instrumento.
La conciencia es lo evocado con un entendimiento, lo organizado -entendido- como memoria simbólica con respecto a lo real, el resultado presente de la atención más o menos voluntaria al medio, o sea, aquél conseguido desde unas experiencias iniciadas para ser resueltas por el mismo sujeto (conciencia implica también siempre algo de autoconsecución); el cual ha contemplado sus nuevas y continuadas funciones orgánicas provocadas en y por el medio.

El recuerdo es la evocación misma, la evocación de experiencias-imágenes llevadas hasta la conciencia; donde interviene el apto consciente del instante (“el apto de un actualizar”) porque sea real (en la imaginación no, pues ésta se encuentra también en los sueños donde grados de inconsciencia reducen que el recuerdo sea real y no deformado).


Lecturas recomendadas: Henri Bergson ("Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia", "La evolución creadora"), John Dewey ("La escuela y el niño"), el cual experimenta que, cuando conscientemente se decide el cambiar una organización de vida en beneficio del progreso intelectivo, el ser humano recurre a todo su potencial imaginativo.





sábado 25 de octubre de 2008

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www.tiempo-naranja.org/revista/spip.php?article148
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miércoles 15 de octubre de 2008

ENSAYO SOBRE LA RAZÓN
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RESUMEN

La razón es la razón y es independiente del interés del ser humano para obtenerla o no (aunque para una concepción egocéntrica el objetivo es frecuentemente ocultarla).
Un animal a otro le dice qué es posible comer, cuál es el mejor modo vital, etc., lo que es decir razones plenamente aceptadas; pero, el ser humano utiliza la palabra para comunicar sobre lo que él está interesado, y no para tolerar las cosas como ellas son: finge, miente y niega sin sentido.
Cuando un científico quiere censurar a otros y no acepta ninguna respuesta o postulado diferente, está fuera de un ámbito racional y de un camino de verdad.




ABSTRACT

The reason is the reason and it is independent of human being interest to get it or not (although for a selfishness point of view the goal is frequently to hide it). An animal tells to another What’s possible to eat, what’s the better vital way and so on, what it’s to say reasons fully accepted; but the human being uses the language in order to communicate about what he is interested and not in order to receive things as they are: he pretends, he lies, and he denies without sense.
When a scientist wants to censure to others, and he doesn’t accept any different answer or postulate, he is out of rational area and out of a true path.












1.- LA RAZÓN: UNA PROPORCIONALIDAD DE CONCIENCIA

Algunos creen que la razón es un planeta al que hay que visitar todos los días o al que de vez en cuando –por modas- se deja de visitar.
No, la razón es ya una propiedad, una condición humana que aumenta bien con unos conocimientos o bien con otros; o sea, con conocimientos diversos: por el mito, por la admiración, por la religión, por el rito, por la costumbre, por el arte, etc. Puesto que el pensamiento se hace de la experiencia o del aprendizaje que conlleva inexcusablemente conocimiento, puesto que el conocimiento ha de recibirse del medio –no de la nada-, puesto que el medio existe al ser el único sustento por el cual se actúa, se interacciona, se comunica su... naturaleza.

No, la razón no es una opción, sino que “ya está” en una proporción mínima y, a partir de ahí, cada cual evita o disimula o, por el contrario, se abre para “producir” un mejor producto –resultado- sobre ella, en calidad. Considérese esto, en cuanto el ser humano piensa ya razona, en cuanto conoce algo también, en cuanto no quiere conocer ése algo en concreto también porque se dispondrá o procederá a otro conocimiento, otro inevitable conocimiento, aunque prescinda de una mejor calidad.

Así, cualquier conocimiento, cualquiera, siéndolo, arrastra o contiene una dosis de racionalidad; bien, el que el mito pueda enseñar por ejemplo.
Pero, por siempre, el mito es racional de base porque sencillamente los elementos por los cuales se enraíza –o se enraizó- son racionales (el descubrir la causa de algo ya hecho o creado, la veneración o protección de ese hecho o el temor o sufrimiento a perderlo). Lo que ocurre, siquiera, es que ciertos conocimientos se dirigen –en cuanto se cohesionan para “aunar” más realidad- hacia el reconocimiento de lo que actúa –siendo realidad- sólo de una forma en determinadas circunstancias; como ejemplos: el respirar, el comer, la evaporación, la deshidratación, etc.
Sí, con esto –con tal disposición- se consigue una razón mayor, un mejor conocimiento consciente de la realidad, una objetividad: una compresión y tolerancia de reglas naturales, ¡eso es la razón!

De entre los miles de conceptos, un concepto subjetivo, desde luego, no es lo mismo que otro concepto subjetivo –ni con el que se le parece- desde otra parte del mundo, porque es –por discernimiento- un concepto subjetivo de.... una “naturaleza” y de una intención subjetiva.
A ver, ilusión no es lo mismo que sueño, por cuanto son dos conceptos subjetivos o usados por la libertad de tal o cual ser humano, pero los dos derivan de una objetividad o hecho común –que se proporciona desde un hecho-, los dos se producen por la esperanza, por la “acción de la esperanza” –en China, en Madagascar o en Filipinas-; pero, mientras en uno actúa directamente la intención (ilusión), en el otro no (sueño).
Claro, digamos que de la "acción" de quienes esperan, de tal capacidad, unos particularmente prefieren llamarle sueño -atendiendo a sus inconscientes-, otros ilusión u otros quimera a medida que sus circunstancias quedan determinadas de una muy personal predisposición o forma – derecho tienen sus sentimientos a que la busquen, ¿cómo no?-.
En cambio, otro asunto es que un chino se dirija a su médico para que le ampute un dedo gangrenado y le hable de la cabeza; he ahí que sólo sirve, sólo lo discierne, un concepto universal –a través de una palabra u otra, ya que se trata de un "contenido" identificativo-: el que contiene la realidad que significa un dedo, no una cabeza, no una serpiente voladora.
He ahí que la razón corresponde a que, en verdad, sea utilizada por comprender o aceptar o conocer la realidad; y no elige ella, sino que es elegida ante todo.

Para cualquier ser humano del mundo el concepto de “frontera” propende a un sobreentendido cuando, al menos, se alude en un contexto físico; en realidad un concepto objetivo es un sobreentendido –como son los conceptos instintivos-.
El mar lo es, todos saben que es una acumulación de agua y que existe para… todos –al margen de lo que se le añada de connotaciones o de sugerencias que, en “suma”, también... son necesarias-.

Desde eso, el racionalismo filosófico que se constató en el siglo XVII no descubrió la razón, sino que se “desembarazó” de un prejuicio establecido en torno a ella, de ése precisamente que insistía e insistía en concebir que cualquier conocimiento contenía el mismo grado o nivel de racionalidad; es decir, se desinhibía del geocentrismo imperante en tanto que no consintió todos los métodos como válidos –el todo vale- y, así, se avino a un discurso más racional, a una argumentación que eficazmente dio el primer paso –después del oscurantismo medieval- para desligar la filosofía y la ciencia de la metafísica teológica.

Cuando se habla de “idealismo” o cuando se defiende, no, no se exime del pensamiento o del análisis racional ya que la idea, eso, es una proyección del concepto (bien, a veces para verificar otro concepto), sino que, como idea, no quiere o prefiere no desligarse del subjetivismo por cuanto también interviene en la realidad social e individual; pero mezcla o “une” o elige confundir los conocimientos por una conformación kantiana o trascendental con las riendas del todo –de los conocimientos no discernidos- sin más, pues, para que no sobre nada -porque atiende a la ilimitada emoción-.

La razón, por supuesto, no reivindica: únicamente se reconoce con unos conocimientos y, tras ellos, con una conciencia conseguida al cohesionarlos –que es otro tipo de conocimientos-.
A veces no se reconoce porque no se llega a un resultado consciente, por falta de comprensión; como es el caso de Schopenhauer cuando propugna que no hay razón de ser de la voluntad y, de inmediato, concluye que ella sólo quiere repetirse. ¡Ah!, pues entonces ahí está una razón, una, una ya al menos: precisamente la de querer repetirse.

La primera falta de reconocimiento empieza en que la voluntad sólo es una “ansiedad de conocimiento” –o por aplicarlo- y, siendo así, implica el ansia misma del pensamiento en su devenir, hacia los posibles errores también.
En otras palabras, aunque ansíe, ansía el pensamiento no la Luna, sino lo que se tiene, no lo que no se tiene y, en efecto, en tal restricción, todos los tipos de conocimiento inevitables.

Por ello, es una trampa el uso partidario de la voluntad para hacer de ella una exclusión de su atribuido sujeto que ya la ejerce así -como un juego sin salida-, pues la voluntad no la posee sino un ser antes que nada, un ser con conocimientos que, para seguir inevitablemente conservándolos o aumentándolos, necesita voluntad: motivación.
Es decir, tampoco es opcional la voluntad, no lo es pero, sin embargo, sí cuantitativamente o los incentivos personales que se le dan para que aumente.
¡Ah!, pero ahí, para que aumente, se requiere una conciencia también de que así se desea, de que a eso se responde, o sea, se requiere una conciencia o ya unos criterios madurados porque, por ellos, se oriente la voluntad hacia algo concreto –considerando que la voluntad no existe sin orientación, sin orientación racional-.
Existe voluntad porque... se dirige a algo.


Schopenhauer, además, sitúa a la voluntad en un proceso únicamente azaroso (un error, pues es lo contrario a la orientación antedicha), como si estuviese existiendo con una establecida independencia con respecto al ser humano -o algo "metarreal" por encima de él mismo-.
La voluntad no, no puede separarse del sujeto que... la dirige.






2.- RAZÓN Y CONCIENCIA

El ser, el “algo que es existencial”, la forma material (1), el ente real (2) sólo puede –por existir- actuar; pero no actúa indistintamente, igual a todo lo que es real, sino actúa de una manera porque el ser y los seres, el acto y los actos, existan.
No actúan, pues, los seres indistintos a través de una monoacción, por cuanto actúan en diferentes circunstancias e interacciones o, lo que es lo mismo, se remiten a la multiacción, a la condición que cada cual presenta ante unos principios del movimiento (quinesionomía).
Es decir, el que actúa, el “actuador” situado obligatoriamente en el espacio y en un contexto interactivo –no en la nada- lo hace a o de una manera interactiva, de una “forma”.
Por eso la razón respeta –no impone- que existe un “actuador” para que se haga la acción –el movimiento- y un modo de hacerlo –no pasivamente, no quieto-.

La razón no, no la ha inventado el ser humano ni la naturaleza sin son –puesto que sería negarle a ella su acción y sus condiciones-; por el motivo de que cualquier sujeto reconoce –inherencia inevitable al existir- que está ya lo que actúa y lo que consigue, lo que produce o, en efecto, “hace” al actuar de un modo –con una “forma”-.

La razón la posee todo ya al existir –por ser actividad al momento conlleva una conformación de actividad-; en cambio, lo que un ser puede o no puede alcanzar es cierta conciencia de razón. Y, más, optará por no lograrla si ha alimentado una sublimación –algo anexo al pensamiento-, un narcisismo excesivo de la emoción que se encamina al desprecio –no al reconocimiento- de su propia naturaleza.

Un ser humano “sabe” que “es” naturaleza, es cierto, y que se suma como un ser vivo dentro de ella; sin embargo, luego con la emocionalidad, por su cultura que se extiende en sus hábitos, con su condición o con su “forma” va imponiendo una uniformidad que él se cree –se sugestiona...negando-.
Entonces, se urde así antropocéntrico en tal creencia, aun considerando que la razón gira en torno a él pudiéndola manipular como quiera, aun considerando que él sólo ha determinado la razón, que la puede así utilizar en pos de su emocionalidad antrópica y, además, que la puede engañar, que la puede… destruir. ¡Lo que hace cierto creer!


Por ello, su voluntad emocional le insta a separarse de la naturaleza ya como “yo” especial, iluminado, poderoso a medida que... niega, riéndose con el “todo vale”, escupiendo a su medio a veces con la frivolidad más deforme o descabellada, más incoherente: destruye bosques, hace desaparecer especies...
Se ríe con su cabezón riente no respetando nada a lo que todo se lo debe.
Pues elogiará, “convendrá”, amoldará y apuñalará a la razón porque él entiende emocionalmente que es suya, ¡suya!, no de la naturaleza, sino ¡suya!, como un dios ahí omnipotente por encima de todo, de lo más grande y de las tinieblas.
De hecho, hasta hace poco algunos Presidentes se reían del Medio Ambiente como de su madre.

En el fondo, por ese contexto, no reconoce conforme su emocionalidad niega, en tanto que habla del “yo” y, más lejos, la naturaleza a rastras, a sus pies deseada suplicante a lo que su corazoncito endiosado pisa; impone para sí, antepone, enciega con pasotismo y, si no, decide la ira temiblemente, morbosamente emocionada con sus armas. Sólo por... ese contexto autosugestionado.
A veces, cuando habla del ser, se sitúa él y todo lo que no es él, el Ser y el Universo, Él y el Universo, cara a cara, frente a frente y la razón, en ese contagiado afán, la adapta a eso; luego como bocazas gritará: “¡La realidad no la percibo (pues... su emocionalidad se impone), yo he creado una nueva realidad!”.

Empero la realidad –con toda la razón de serlo- sólo lo ha permitido a él, sólo ella ha actuado para que él sea, sólo ella “quiere” que eso diga -se lo permite fácticamente, por tolerancia-; y no, no se tranquiliza ni reconoce –al fin- que ella lo ha ofrecido, lo ha “parido”.
No obstante, también el “hijo” con aires de grandeza desea inventarse un tratado sobre él y lo que él crea distorsionadamente, apegado a su emocionalidad inquisidora, reprochando que no la percibe a la madre, no, sino que él –Él- posee la suya: una venida de ninguna existencia ajena a él, como trascendida de su centro inútil o nada, de su propia mentira.

Comoquiera que un tonto se sobrealimente o que un tonto se invente Babias, la realidad únicamente pare realidad, es la realidad –es la razón-, y cada una de las células o sus propias interacciones reciben realidad y, por ello, conocen sin excusas realidad porque, cuando reaccionen, de seguida, su expresión física y natural sean –sin remedio- realidad.

La razón no, no la depara un “más allá”, ni un talante de un soplamocos, ni una emoción cínica de un sí y un no al mismo tiempo, ni algo de un vaso medio lleno o medio loco, ni algo de un perverso que defiende en exterminio “ése no tiene dignidad”, ni algo de un seudofilósofo (filósofo sólo es el que demuestra filosofía: ¡nada más!) borracho u onanista del ser o de su poesía excrementada en digresión: porque no es más que el reconocer que se vive –aunque se niegue- realidad, que se dice –aunque se niegue- realidad.

El ser –algo que actúa-, cualquier ser, éste o aquél, no supone menos ser que el ser humano, y corresponde también a la realidad, a lo que existe real (3) en un contexto... real.
Ahora bien, la realidad tiene –porque sucede con razón, con reglas- sus condiciones, sus “posibilidades” en ese contexto en concreto; es decir, se atiene a unos principios, a unos “universales” con respecto a unas u otras circunstancias: es realidad que se ordena “con” los recursos por los cuales puede ordenarse.
Y esos recursos han de existir porque se ordena, porque sea.

Un universal no se restringe al mismo hecho, a la sustancia actuante, al ser, sino a la “capacidad” real de lo que puede hacer; por lo tanto, no es cierto lo que defendía Ockham (“Que el universal no es sustancia existente fuera del alma”), sino un universal guarda su equivalencia con las “posibilidades reales” a las que se encuentra condicionado por ser.
Por ejemplo, no, no es sólo un universal el movimiento, sino una capacidad concreta y determinada –debido a unas condiciones- por ser más o menos movimiento.
Son universales... las “cualidades” de los elementos, la razón de ellos por expresar el movimiento (la susceptibilidad al calor, a la interacción con otros elementos, etc.).

Una sustancia es, en esencia, lo que comporta una realidad y el desencadenante de una realidad.
El ser humano es una sustancia (universal), puesto que comporta una realidad; aunque lo demás, las otras formas desencadenantes de su realidad también son sustancias con la consideración de que, una sustancia, de hecho, establece una forma de actuar, una distinción y, por ende, una analogía con respecto a otras con una proporción en condiciones semejantes.
Por ejemplo, en “El perro es un animal”, el perro no es sustancia por ser animal sólo sino, por entre otras condiciones, por ser animal. El perro no tiene la única, la aislada, la iluminada condición de ser animal; más bien, por ser animal, al serlo, presenta una condición imprescindible que es la de ser animal.
Por lógica es incierto que perro = animal, como es incierto que máquina = energía, como es incierto que signo = expresión; entremedias hay, se desenvuelven, diversas condiciones para que el perro, la máquina o el signo “sean” un animal, una energía o una expresión respectivamente.

Lo que pasa es que el ser humano es y, aun, retuerce lo emocional, dado a las reducciones y a las sublimaciones.
No, no es que pida un coeficiente intelectual por encima de doscientos, sino que, con menos, por un niño –mediante la enseñanza- se debería avanzar respetando lo que nos rodea o lo que nos conforma, y nunca contra natura. Ser inteligente es demostrar ser inteligente, no decirlo: no decir que se tiene un coeficiente intelectual alto mientras se defienden estupideces -que suele ocurrir-.
He escuchado de “sabios” que la mayor responsabilidad de la educación la tienen los padres; pues no, ¡no y no!: por absoluta lógica la educación de un ser, cualquiera, radica inevitablemente en la cantidad de horas o de tiempo que recibe de cierta educación, y es de sobrada evidencia que, mientras un niño escucha apenas unos minutos a sus padres al día, de la educación de la televisión escucha cuatro y cinco horas al día.
¡No!, a estas alturas que se pretenden cívicas, basta ya de tanta ligereza e irresponsabilidad.

En eso, si se enseña por sistema a desarrollar –anejos- unos conocimientos retorcidos –por mi parte rechazaría tal educación-, entonces, de inmediato un niño podría identificar o aplicar un método de entendimiento así: energía = expresión = animal, adecuado a que la energía expresa un animal, al lado de energía = animal = expresión, adecuado a que es energía un animal que se expresa o es la energía un animal que se expresa, al lado de expresión = animal = energía, adecuado a que la expresión es un animal o un animal energético.

Las reducciones o paralogismos que en algunos científicos y pensadores he advertido conducen a un menosprecio por lo más sencillo a favor de emociones... cada vez más arriesgadas de incoherencia.
Y es que, encima, la moda o el “tonteo manipulador” es lo que anteponen los medios de comunicación a cualquiera que no, que no está a la moda de negocios o seudorazones.




(1) Duns Scoto (o Escoto) pensó que la materia puede existir sin la “forma”, que ésta la da la razón; algo imposible, por cuanto la materia ha de tener una actuación –al ser movimiento-, una manera, una forma de actuar.
(2) Siendo el “ente” (o “étant”) una noción del entendimiento, a veces subliminalmente de lo que no existe, cuando se une a “real” se trata del ser, de lo que existe, de lo óntico real.
(3) Lo que existe es real, posee realidad –actividad- de existencia; en cambio, “existe” la inexistencia como delimitación, no porque exista “realmente”, sino para reconocer que lo que no es real no existe, es “inexistente”.







3.- LA VOLUNTAD RACIONAL O REALISTA

Nosotros, los seres humanos no pertenecemos a la historia en un sentido efectual (1), en un sólo sentido, sino en todos los sentidos que nos hereda el pasado, pues estamos “comprendidos” en él.

El pasado amplía, predispone, desde luego no reduce el progreso más o menos eficaz que implica la humanidad, en cuanto a proyecto, a proyección de sus consecuciones; es decir, lo desarrollado técnicamente le irá al ser humano condicionando y, asimismo, lo que haya conseguido socialmente o culturalmente.
Eso supone que no es un resultado a secas expuesto en el presente, sino un modo de ser, una continuidad de ser, una disposición nueva o sucesiva del ser que condiciona al presente: un plus, un modelo, una tendencia inconsciente o inmanente, una cierta reacción que dispone ya al “vivirse”.
No se localiza de improviso en el presente; mejor, se encuentra facilitado en un presente, en uno en el cual se rehabilita, conoce más y, por ello, depara más conciencia en él; por lo que “controla” cada vez más mientras actúa.
Tampoco está adecuándose para un fin, “ad hoc”, sino se sobrealimenta sin un fin, aunque previendo un suyo propio y otro social de acuerdo con su pasado y con la continuidad de éste que no puede erradicar como sustento.

La voluntad del ser humano quiere comunicar... cultura, quiere “entenderse” como cultura, quiere no renunciar a ciertas tradiciones, de su “tempus mitológico” incluso, de su no-sentirse-solo como estímulo; pero, antes, se encuentra inmerso en toda su “naturaleza continua”, en su precedida comunicación e interacción y, por ello, arrastra o conlleva multitud de conocimientos que lo “determinan” como ser-acto, ser actuado y actuante, ser continuo, ser como una actividad concreta o complementaria de la naturaleza misma.
Aquí es donde Heidegger -en esencia- se equivoca; puesto que el ser (Dasein) no es un ser-ahí, “arrojado ahí”, situado fijamente ahí, no, debido a que no tiene una situación precisa como un ente independiente, solo, como una pretensión óntica (1).
El ser no posee una “torre de marfil” o una casa propia aunque la busque su voluntad, en cuanto a que la esencia del ser consiste en que participa en la realidad o, por tal axioma o evidencia, es esencial para la realidad.

Así, el ser humano –con sus ya conocimientos dados y con sus nuevos conocimientos- va propiciando en su medio una mayor comunicación y entiende, por un lado, la cultura o sus sentimientos y entiende, por otro lado, lo que no puede soslayar como evidencias comunes: conformaciones de hechos que son expresiones de la naturaleza y que él sólo puede reconocer o admitir –o profundizar en ellas si quiere conocer más- sin más remedio.
Por ejemplo, si alguno se le ha muerto su vecino puede admitirlo o negarlo como voluntad, pero “su razón interior” –la de su propia naturaleza-, su racionalidad insobornable o natural ya lo ha admitido (homeostasia).

Por ello, cuando la voluntad admite como conocimiento a la evidencia o a la razón existe... una conciencia –un conocimiento que se responsabiliza de seguir una coherencia-; cuando no, esa voluntad sólo es racional en un principio natural –de realidad-, pero prescinde de un conocimiento en concreto, pues lo eluden sus emociones contra una conciencia en concreto que prefieren postergar o carecer en cuanto que la voluntad anímica prioriza -por comodidad- los sentimientos, sobre todo el sentimiento de antropocentrismo o de sublimación (el ser humano utiliza también referencias o utensilios sólo para sí por la consecución de sus intenciones; lo que un árbol no hace, ya que no se sitúa con respecto a nada, eso no lo decide, sino está directamente e indirectamente influenciado por múltiples aspectos de la realidad y, también, por muchos imprevisibles).
¡Ah!, sin embargo, en ese extremo, se concentra la falta de entendimiento de la realidad, también del “otro”, por solucionar problemas o por fortalecer una coherencia. En este caso la voluntad anímica defiende unos intereses arbitrarios o subjetivos en donde frecuentemente anidan el dogma y los prejuicios.

Los prejuicios omiten el razonamiento, se anticipan a la evidencia o a la demostración, sí, desligan, aíslan los factores que convergen en un hecho; y los ensalzan ya desvinculados del hecho “complementado”.
Es decir, los prejuicios no dan cuenta de la amplitud del hecho como base, sino por intención de efectos aislados, convenidos en forma aforística o subliminal a través de unas emociones puestas en juego. Aquí hablo de la voluntad emocional que entiende tendenciosamente, en un narcisismo alimentado, cada experiencia; y no se preocupa tanto o lo más mínimo por la razón, por la voluntad de razón (2): ese admitir el hecho, ese buscar las causas del hecho y ese atribuir unas consecuencias directas al hecho.

Conque la voluntad emocional se centra más bien en un “yo” en contraste con la voluntad racional que se “des-centra”, esto es, que analiza o busca por medio del hecho todos los factores directamente relacionados en o con él: se abre.
La razón busca y es buscada metódicamente; en cambio, el prejuicio se dirige desde un “yo” y dirige ante todo un “yo” que todo lo justificará (existe también el prejuicio inducido por la tendencia dominante culturalmente en la sociedad; así el que lo presenta no se percata más que de esa tendencia dominante, como le ocurre a ese que va de caza al bosque y ya su percepción es tendenciosa, sólo ve lo que le conviene o le han imbuido).

La razón –también- halla los factores comunes a determinados hechos, de manera que comprende la realidad por patrones o reglas (lex naturalis) por las cuales “se hace”, esto es, la razón entiende el cómo “se hace” la realidad más que el mero concebir de antemano qué es –que sería un prejuicio-.
La molécula de agua “se hace” con dos átomos de hidrógeno y con uno de oxígeno: eso es la razón, el método racional para todos igual. La metodología racional atiende a cómo se comporta el ser o su naturaleza para comprender la realidad antes o por encima de imponerle un significado subjetivo (3) u ontológico o hermenéutico.

No obstante, si los seres vivos mantienen una voluntad taxativa a los cauces de la supervivencia (4) –o sea, se mantienen en una situación realista-, el ser humano –por intereses emocionales o egocéntricos- ha teatralizado una voluntad de la negación –totalmente gratuita a veces-, del engaño.
Por supuesto, es el único ser vivo que especula sobre el engaño, que se ha culturizado en y con el engaño –en esto el tabú ha influido bastante-. Elucubra la utilidad –para él casi siempre- de lo que va a decir; y luego decide en función de esa utilidad.
En ese sentido, su proyecto emocional –en torno a la intimidad- lo sobrevalora por encima de cualquier situación o contexto, o sea, organiza –a su favor; por lo que crea reglas a su favor- lo que va a decir adelantándose al otro, por competir con el otro, con unas reservas o mentiras piadosas que no pongan en riesgo su… proyecto emocional.
Sí, los seres vivos utilizan reservas a medida que actúan, pero no desarrollan una tendenciosidad emocional antes, no predisponen una intimidad como -en bloque- un recurso para controlar a los otros y, por ello, sí, salvan a su favor cualquier suceso o situación.

En resumidas cuentas, las informaciones que ofrece el ser humano no siempre son objetivas o depuradas por una voluntad racional en donde una coherencia garantiza o reconoce una referencia a hechos, sino que, asimismo, existe una voluntad emocional que mitiga o solapa a la anterior impidiendo que se priorice.


Si la ciencia y la razón es amplitud, sin embargo evidente es que se desencadenan proselitismos o grupos intimidados por intereses económicos, nacionalistas, religiosos o políticos –incentivados por premios u honores de conveniencia- que eluden una objetividad y, en consecuencia, la razón se dirige –de forma secuestrada o como dirigismo- hacia una dirección que excluye o destruye irremediablemente a un librepensamiento o a la librerazón en suma –puesto que no debe atarse o incentivarse con tendenciosidades, como se hace en la actualidad, manipuladoras-.


La racionalidad no sólo se tiene, sino también se desarrolla porque se atiende y se prioriza (como el amor o... todo), es decir, la racionalidad se defiende -y en ella el sentido de justicia, de responsabilidad, etc.- y, si se quiere defender una sociedad racional o responsable, obligatoriamente se ha de apoyar a quienes demuestran racionalidades; no, no se puede decir que se defiende tal sociedad si, al mismo tiempo, se ha ningunado y nunca se ha apoyado a un Descartes por ejemplo o a cualquiera que demuestra coherencia.




(1) Heidegger distinguió lo “óntico” –referente a los entes- de lo “ontológico” –referente al ser.
(2) Kant se percató de una diferencia entre el “entendimiento” sobre lo particular y la “razón” sobre lo más ilimitado; pero, en cambio, dio una preferencia al “entendimiento” sin advertir que se entiende emocionalmente un hecho –algo que la razón no hace al entender con prioridad racional un hecho, con pruebas y con argumentaciones-.
(3) Algo de la realidad nunca puede ser “relativo”, por cuanto “ya es” absoluta realidad; y ese término malogrado conlleva negarle esa “absolutez” existencial, por lo cual un antropocentrismo o un convencionalismo dogmático no puede negarla, imponer la no-existencia real de algo. Es como definir calificativamente con “inexistente” cuando se habla de una “existencia” –el término “inexistencia” sólo se utiliza para ratificar lo absoluto de “existencia”, es decir, corrobora o ayuda a ese hecho al usarse como recurso de delimitación.
(4) Este término, a la vez, es equivalente al Principio de Conservación; algo actúa sin duda por continuarse, por sobrevivir, por extenderse, por seguir siendo tras su “insight” o comprensión instantánea o intuitiva de lo precedente. La naturaleza, asimismo, no tiene intención de simulación, de engaño, de enseñar algo que no es suyo, de conspirar contra sus elementos o contra ella misma.








José REPISO MOYANO



ENSAYO SOBRE LA RAZÓN
fue escrito en el año 2002 y publicado en:


Revista de Filosofía Aplicada
RPFA
http://www.geocities.com/filosofia_aplicada/textos.html
Revista cultural y literaria
SOL NEGRO
Revista de cultura y política
PIEL DE LEOPARDO
Revista de cultura EL CEREBRO

Aquí, en este blog, se encuentra corregido.






"La mentira produce flores, pero no frutos".
Proverbio chino









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( UN BREVE ARTÍCULO ÉTICO )






¿ RAZÓN ?



Nunca para tener razón debe aplicarse la censura, el no-reconocimiento, la coacción y la humillación al otro.


Para tener razón no hace falta influencia, ni imagen, ni elegancia clasista, ni pedantería, ni corporativismo, ni presencia privilegiada en los medios de comunicación.


Para tener razón no hace falta convencer, no, con lo superficial, mediante la adulación, mediante la demagogia, mediante las falsas propuestas o promesas (la promesa no sirve en la argumentación).


Para tener razón nunca se pueden negar los hechos, sino sólo aceptarlos si ya verdaderamente -o evidentemente- son hechos.


Negar o ocultar que alguien dice la razón es siempre practicar la sinrazón.


El peor enemigo de la razón es, en claro, ése que insiste mal-argumentando sosteniendo premisas o frases no previamente demostradas y, además, se escuda en que nada es para él la razón, en que él ya no cree en nada, en que es bonito esto, eso o aquello abandonado al facilismo, en que... (en ese lío mental); es decir, se protege con la confusión (siendo, en el fondo, la confusión la semilla de la manipulación).


Para tener razón no se precisa el método de dar consejos, ni hablar de todo para no saber de qué se habla, ni el modelarse a gustos o a simpatías por parecer importante.


Para tener razón siempre la honestidad, sí, está por encima de la perspicacia; y, también, cualquier perspicacia está por encima de la frivolidad.


El desprecio al que razona o al que argumenta bien es el principal cáncer de la envidia; y sólo eso encasilla y destruye: desprecia a ese otro y a sus esfuerzos y a la misma dignidad racional (ética).


Para tener razón no deben excogitarse las premisas o frases no demostradas (prejuicios).


El prestigio de ese que respeta lo racional no debe conseguirse antes de tener razón (como ahora frecuentemente ocurre), sino después.


Sólo se respeta si acepta alguien reglas; luego sólo se respeta si se es racional o si se acepta un "juego limpio de lo racional" -sin ambivalencia ética- con algo.


Para tener razón sólo es necesaria la razón, sólo.








José REPISO MOYANO
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(INTEGRIDAD O EJEMPLARIDAD)




APOLOGÍA DE SÓCRATES


¿Qué hubiera sido de nuestra humanidad, de su sentido humanista, sin Sócrates? Posiblemente un sórdido retraso en muchos aspectos de consideración del ser humano en su dignidad individual.

Antes de Sócrates no se dio una exposición más intensa y sincera del interior humano, ya como primer paso contra el cerco mitológico que lo oprimía para creer en sí mismo por la búsqueda de la felicidad, además de instaurar las reglas en las cuales se sustenta nuestra civilización: los valores de benevolencia consecuentes con los de integridad ("¿Y es justo o injusto devolver mal por mal, como dice la mayoría?" - dice Sócrates -. "Es injusto" - contesta Critón -).

Si Homero había soliviantado al ser humano como héroe contra los avatares de la vida, enfatizándolo en las posibles victorias y derrotas, en fin, como guerrero, Sócrates ofrece un ser humano sin par, de carne y hueso y, por eso, entra en su realidad para conocerle, para respetarle, para admirarle en función de lo que es capaz de resistir y de sacrificar de vanas pasiones y de cerramientos a su ansia por conocer sus designios.
Él es quien, primero, mira al ser humano cara a cara, limpiamente, sin hipocresía.

Su pensamiento, el de alimentarse o el de instruirse en el día a día poniendo en evidencia el vacío del "porque sí", invalidando todo silencio - pasividad por conocer - a través de la discusión-mayéutica, influyó a todos los filósofos griegos más relevantes; por ello, es inconcebible la filosofía griega sin Sócrates, aun cuando haya sido reproducida desde su forma oral o desde su forma verbal con todas sus connotaciones históricas en general.

Pero su importancia radica en el inconformismo que sostuvo, en el rechazo a la respuesta fácil para, así, lograr que se disipen los prejuicios: se ha de argumentar regladamente, desde una coherencia interna, por una razón que no deforme la conciencia de realidad de las cosas.

Argumentar, para él, fue no dejar en paz las posibilidades para demostrar algo contra el silencio o contra lo que no es consecuente con la valentía del "profundizarlo". Ayudaba a que el otro se diese cuenta de un aspecto latente de la realidad y que, eso, le provocara depurarse a sí mismo, eliminarse prejuicios, o sea, construir sus propias ideas, sus propios criterios como una "simbiosis oracular" para alumbrar el conocimiento.

Se le condenó a muerte por el delito de "escudriñar las cosas celestes y subterráneas" y, además, de "corromper a los jóvenes" (he ahí que la religión siempre, desde el principio, ha sido reaccionaria para que nadie piense).
Aunque se defendió con bastantes pruebas de su inocencia y aunque se empobreció - en bienes - a costa de dar cultura a Atenas y aunque fue primordial para la base del pensamiento griego, de nada le sirvió, adelantándose con su vida-muerte incomprendida a lo que más tarde de forma parecida padecería Jesucristo, sin perdón y con desprecio a las palabras libres que no obedecen la sinrazón.

Por último, el mensaje de estos hombres - como él - era que el ser humano sólo se hace corruptible porque prescinde de valores que lo muestran coherente interiormente; por no corromperse será siempre un perdedor, pero hacia dentro siempre un ganador de su alma totalmente.


Lecturas apropiadas a este tema: "Apología de Sócrates" y "Critón" de Platón.